13 feb. 2016

Lo que es La Arquitectura de la Mentira



A veces... responder algunos reportajes, dar taller, exponerme tanto al límite de mi certeza, de eso inexplicable que trato de explicar y me enreda los hilos frente a los escritores que participan de mis clases, o frente a un periodista o una mesa en tal o cual  evento literario, a veces, digo, eso me deja vacío.
Verme obligado a sacar a la luz determinados mecanismos inconscientes (que entonces por fuerza dejaran de serlo) de cómo funciona la maquinaria de mi imaginación, me hace daño. De hecho yo ni era consciente de que tal maquinaria existía. Escribía desde las tripas, casi sin usar la cabeza. Escribía porque el silencio, la soledad y la reclusión me dictaban algo que no podía transmitir a viva voz, algo así como un secreto (no su revelación) y ese secreto se iba armando palabra por palabra en la hoja blanca que yo ponía en el rodillo de mi máquina de escribir. Escribía porque el viejo Mario me lo dijo, para agradarle a él, para que él me quiera. O para que mi abuelo Ramos tuviera su apellido al final de un texto literario, o de un tango. Para hacerle honor a esa sangre materna que tanto amo y tanto me ha amado.
 Nunca sospeché que era literatura, nunca sospeché que le podía interesar a alguien más allá de algunos amigos. Eso lo perdí. Ahora, unas pocas personas ajenas o no tanto, mis lectores, esperan algo de mí. Esas pocas personas tienen la dimensión de una multitud. Pienso todo el tiempo en eso, y cuando pienso no soy el que era antes: me margino, me corrijo antes de sacar: me re primo. Creo ahora que la literatura, en el momento de la creación, en el momento del texto primero o primer borrador debe ser un acto de libertinaje. La libertad llega en el momento de corregir lo ya escrito, pero eso es otra cosa.
     Termino ahora mi primer libro de crónicas HASTA QUE PUEDAS QUERERTE SOLO, y es siempre todo un ejercicio aparte recuperar el libertinaje de la escritura. Tuve que dejar otros proyectos, dos novelas que a duras penas venía escribiendo. Tuve que atravesar una crisis de vida, dejar de hacer cosas como atender el teléfono, contestar correos, ir al teatro al cine a la cancha. Tuve que dejar de vivir en pareja, aceptar los caprichos del insomnio, alterar los ratos de sueño con los ratos de escritura, etc, etc, etc. Ojo, tuve que hacerlo pero no lo elegí, Es raro eso. A veces es cansador. La tentación me invita a bajar los brazos. Y si pienso, peor. ¿Por qué me cuesta tanta vida hacer lo que hago?, ¿Por qué no puedo ser un poco menos radical, un poco más medido? ¿La soledad es un precio que tienen que pagar todos los que escriben en serio? ¿Yo soy una persona que escribe en serio? En tal caso, ¿qué es escribir enserio? Y por último, o por principio, habiendo un habla ¿por qué escribir? Estos son algunos de los interrogantes que me aplastan y a los cuales no estaba acostumbrado antes de hacerse pública mi escritura. De hecho, siempre me consideré un encontrador de respuestas. Respuestas que correspondían a interrogantes desconocidos, pero que tenían el valor de funcionar como catalizadores de la emoción. Como fermentos de la más pura de las esencias capaces de elevarlo todo, de inundar el alma sin necesitar ni una pizca más de la inteligencia necesaria para el mero entendimiento de palabras comunes y corrientes que no encierran ni segundas intenciones, ni pretensiones secretas. Es decir, que no sobrarían a un posible lector, sino que lo invitaran a llevar consigo un poco de esa carga pesada pero dulce. Carga que más allá de poder contener toda la tristeza del mundo fuera una especie de alegría eterna, para usar palabras de Borges.
     A veces creo que la soledad no es un precio. La soledad existe de antes, un escritor es básicamente un solitario más o menos disimulado según los casos, pero un solitario al fin. La escritura es la justificación (porque es una soledad que necesita ser justificada), la defensa de esa soledad. Si lo veo así, el círculo cierra perfectamente. Ya que la soledad le dicta las palabras al escritor, y el escritor no puede elegir sacarse esa soledad de encima como si fuera un abrigo pesado un día caluroso.
     Escribo porque al hablar fracaso, es mi lugar común, pero es así, un poco. Cada vez que hablo largamente (cada vez más) siento, aún antes de terminar de hablar, la contundencia de una derrota inevitable. Escribir viene a ser lo contrario de hablar. Al hablar me siento prisionero de lo dicho, las palabras se alejan de mí o yo de ellas y son irrecuperables, apurado muchas veces por las circunstancias y las exigencias (ajenas a mi ser) y por más que me ayuden a salir del apremio del momento dándome pequeñas victorias parciales termino siempre sintiendo esa gran derrota. Una derrota humana, no mía en particular pero que desequilibra mi existencia.
     Escribo entonces para reconciliarme con las palabras. Porque ¿qué otra cosa debería ser una victoria humana más que la reconciliación? Nada. Hay victoria ahí donde no hay vencidos, donde sólo hay vencedores. No confundir esto con una filantropía, la literatura no es un amor impotente. Es algo que nace de todo un ser destinado a otro ser, y destinado también a ser. No entran acá ni la filantropía ni la vanidad. Hoy estamos acostumbrados a que el escritor sea una figura, a veces, de moda. Hay muchos casos tan solo en nuestro país. Salir en revistas, que te saquen fotos, que vendas miles de ejemplares, que ganes un premio importante (prestigioso o no) te pueden inflar el pecho. Pero la hinchazón apenas alcanza para cubrir un interior hueco, vacío. Y en las palabras que escribas te vas a delatar, vas a pagar el precio de tu estupidez.
     Por último los quiero acercar a mi idea de “La arquitectura de la mentira”. Es sencillo: uno construye un texto de ficción de la misma manera en que un arquitecto construye una casa. Uno quiere transmitir intacta una emoción y elige para hacerlo el mejor camino: la creación. Crear no es mentir, crear no es imaginar, es tratar de poseerlo todo, y frente a esa posibilidad puede que suceda el hecho estético. Si sucede hay arte, hay narrativa de calidad. Los cimientos, las paredes, los techos de esta casa no pueden ser meros adornos, meros impactos decorativos, globitos de colores, tortitas para el té. No. Tienen que sostener lo que hay que sostener, tienen que resistir lo que haya que resistir. De esa manera se construye un texto literario, cumpliendo rigores, salvando exigencias. La belleza hay que encontrarla ahí, en la estructura y la concepción de ese todo, en la unidad. De lo contrario corremos el riesgo de que al primer portazo la casa se nos caiga encima y nos sepulte bajo una pila de mampostería barata.
Si se escribe desde lo profundo de nuestro ser (de nuestra soledad) no hay riesgos, lo garantizo. Si se escribe en una mesa de un café de Palermo imbécil, levantando la mano cada vez que alguien nos saluda como si fuéramos una especie de Papa, con nuestra notebook reluciente y nuestro ego más erecto que el obelisco, estamos listos. 
Nada de mierdas a la hora de escribir. Que suenen las teclas de una vieja Hermes 2000 o una Undewood. Ampollas en los dedos, hay que darle y darle a esa cosa, decía Bukowsky, y tenía razón. No se olviden que la casa que construyen no es para que el lector la mire de afuera, es para que la habite. Nada de trucos, nada de sorpresas. Hay que escribir horas y horas y si al terminar cada página uno siente que se ha quedado vacío, que no hay manera de seguir... a poner otra hoja, a mirarla un rato, en silencio, que vamos por buen camino.

13 comentarios:

Nelson Díaz dijo...

Grande hermano! Como te quiero. abrazo desde Montevideo

MAGAH dijo...

Varias cosas, mi gusto por lo que haces crece a diario, cuanto más te leo y escucho.
Soy de las que espera tu próximo trabajo, de las que te mete presión porque quiere más de vos. De l@s que generamos ese malestar en el que pareces sentirte al hacer lo que te ha salvado, junto con la lectura, como vos decis.
Al leerte entiendo que sos "un animal que cuenta" como dice Abelardo Castillo de un buen escritor.
Es maravilloso que escribas porque asi puedo quedarme con tus palabras y sonreir al degustarlas tras cada lectura.
Me identifico con una de las razones por las que escribís, suelo sentir que la palabra hablada "me" traiciona y que sin duda soy mucho mejor, buena, mala y afilada en el papel.
Que gusto que de esta manera, "escritor-lector" formes parte de mi vida como tus lectores formamos parte de la tuya pero con la ventaja de conocer tus facciones, tus gestos, tu mirada, tu voz...
Siento que te espio y vos no me ves!

Daniela dijo...

me gustan tus preguntas.."¿Por qué no puedo ser un poco menos radical, un poco más medido? ¿La soledad es un precio que tienen que pagar todos los que escriben en serio? ¿Yo soy una persona que escribe en serio? En tal caso, ¿qué es escribir enserio? Y por último, o por principio, habiendo un habla ¿por qué escribir?" No podes ser menos radical, porque si no no serias vos; la soledad está, escribas o no; y por que escribir... supongo que esa pregunta nos la hacemos todos los que queremos hacer algo con el arte, yo me pregunto siempre para que pintar?, para que gastar en materiales y acumular cosas que nadie vera..jajja pero igual lo sigo haciendo, no se si es necesidad o que, pero hay que seguir , como hay otros que hacen otras cosas, nos toco eso, o lo elegimos.. Vos segui, que muchos disfrutamos mucho leyendote, y eso es bárbaro! un abrazo

Ana dijo...

Te quiero inmensamente.

MAGAH dijo...

Sos un grande Pablo Ramos, ya he venido como tres o cuatro veces a releer éste texto y siempre encuentro algo nuevo para llevarme, pensarlo y hacerlo mio.

Gabriela dijo...

Venir a leerte, tan genuinas tus preguntas, tan fecunda la soledad,
que al fin y al cabo, es la fertilidad de palabras.
Algún comentario dice que vuelve y se enriquece,
devoradores lectores.
Buscadores en alma ajena, verdades propias.
Vos sabés.

Nosotros, mil veces agradecidos.

Diana Laurencich dijo...

Tenía sed de leer algo que me colme. Ya está. Lo encontré. Gracias.

Ivana dijo...

Yo lo que más te agradezco, es que me des las palabras que a veces no tengo, que me ayudes a descubrir el dolor de la manera que lo viven otros, etc.
Amo tus libros, me desgarran, me alegran, me liberan, me emocionan. Debo confesar que mi preferido es "En cinco minutos, levántate María", me impresiona que hayas podido tomar tan naturalmente la voz femenina o, por lo menos en muchos casos, la mía.

Ivana dijo...

Yo lo que más te agradezco, es que me des las palabras que a veces no tengo, que me ayudes a descubrir el dolor de la manera que lo viven otros, etc.
Amo tus libros, me desgarran, me alegran, me liberan, me emocionan. Debo confesar que mi preferido es "En cinco minutos, levántate María", me impresiona que hayas podido tomar tan naturalmente la voz femenina o, por lo menos en muchos casos, la mía.

Ivana dijo...

Yo lo que más te agradezco, es que me des las palabras que a veces no tengo, que me ayudes a descubrir el dolor de la manera que lo viven otros, etc.
Amo tus libros, me desgarran, me alegran, me liberan, me emocionan. Debo confesar que mi preferido es "En cinco minutos, levántate María", me impresiona que hayas podido tomar tan naturalmente la voz femenina o, por lo menos en muchos casos, la mía.

AnaMarielaZ dijo...

Que placer haberte encontrado! fue gracias a una recomendación que hizo hoy en Radio Mitre la genial Flavia Pitella. Habló de tu libro Hasta que puedas quererte solo. Después de leer tus palabras en el blog, me pregunto si haré bien comenzando por ahí o debería leer antes otras obras. Y ya que estamos, el grupo de música de tu hijo, otro placer. GRACIAS

R. Ariel dijo...

Breves líneas que me ayudan en este momento de confusión. El peor momento para mí, cuando ya estoy exhausto, cuando me asalta la pregunta de si lo que voy a publicar realmente vale la pena. Gracias Pablo.

R. Ariel dijo...

Pablo, no se cuantas veces he venido a releer este texto, no creo que sea importante la cantidad. Vuelvo a él porque lo necesito. Tengo un blog, escribo, no te llego ni a la suela del zapato, mi límite está ahí y punto. Pero lo que te quiero decir es que hay algo que debo tener muy escondido, que no se ve ni lo puedo explicar, algo que tiene un punto de tangencia con las cosas que has resumido en estas palabras, algo que a mi también me pasa, esto de quedar vacío y volver a poner la hoja.
Muchas gracias por todo lo que has escrito, lo he devorado todo. Tu último libro es un tránsito colmado de nudos en la garganta y ojos que se me humedecen.
Gracias.
Ariel