15 abr. 2013

Algo que encontré ayer

Debe ser el primer o segundo cuento que yo escribí en mi vida. Supongo que de los 18 o 19 o 20 años, no creo que antes ni creo que después. Aunque no sé.
Lo pasé a word corrigiendole lo menos posible, aunque más vale que corregí algunas cosas. Es un cuento inarreglable, creo. Y supongo que no verá la publicación más que en este medio. Pero para eso nació este blog, para mostrar, de alguna manera, todo lo humanamente que me sea posible, que la escritura es un proceso y nadie nace escribiendo en su máximo nivel. El cuento algo tiene, o será que siento cariño por él,o será que me estoy poniendo viejo. Lo que sea, acá se los dejo en versión ilustrada, jeje.

Historia láctea de la vaquita chupadora

Hubo una vez un pichón de vaca que trabajaba de sonrisa en un supermercado para que los demás compraran un pastito que ni siquiera a ella le gustaba comer. Día tras día, la vaca pichón, se levantaba temprano, se esmeraba en estudiar sus slogans nutricionales (quería ser la mejor), y se cocinaba una chauchas verdes mientras escuchaba (las para ella desgarradoras( baladas del Rey Elvis. Esperaba que su comidita se enfríe y, directamente de la cacerola, se las ingeniaba para tragarlas en dos o tres bocados. Resignada y satisfecha, entonces, salía de su corral rumbo al trabajo. 
     En el trabajo la rutina la llenaba de desolación, aunque asumía la jornada con entereza de reina. Su jefe, un toro viejo y plagado de vicios que jamás osó ni siquiera propasarse con ella, la tenía en buena consideración. Y por más que la viera agachada para levantar y acomodar la mercadería que andaba por el suelo, no se le habría ocurrido ni pensar en extender la mano para tocarle el culo. No, a ella no le pasaban esas cosas. Porque sabía manejar cualquier situación. Ella era distinta, Santa Elena bendita, claro que lo era; aunque nadie pareciera darse cuenta de ello.
Caminaba derechita abriendo los ojos de para en par, buscaba yogures con la tapa abierta para poder suministrarse un almuerzo gratis y, mirándose de perfil en el reflejo del acero de la góndola de los lacteos, soñaba con juntar la plata para hacerse las lolas. Porque ahora había un método natural, unas lolas de milanesa de soja que no traían el cáncer y que no se desacomodaban tanto a la hora de rumiar. Le tenía terror a las enfermedades. Sanita y ordenada como Dios manda: un papa nicolau por semana y todo bien, una mamografía cada dos meses en la tetitas diminutas y todo bien, doble preservativo al torito de turno y todo bien. Una pinturita se sentía ella, y no había razón para que pasara desapercibida. 
Con el correr del tiempo, como nos pasa a todos, dejó de ser tan pichón y pasó a ser una vaca señorita. Todavía sin apuro aunque algo cansada de un trabajo que no cesaba de estropearle la cintura y endurecerle las plantas de los pies (a ella nunca se le iban a formar callos, tan solo durezas que se iban ablandando con masajes de crema y de piedra pómez) trataba de pensar en cosas mejores. Descubrió por casualidad, mirándose al espejo, que tenía una notable sensibilidad para componer imágenes de sí misma. Decidió que debía sacar fotografías y después de varios meses de ahorro y privaciones compró la cámara que le habían recomendado de lo más simpática y que por suerte estaba de oferta. Se hizo habitué de un lugar: El club de la Foto Autobiográfica y  creyó que la buena suerte no tenía límites, sobre todo cuando se enteró de que en ese lugar eran todos admiradores del Rey Elvis. Una gente de lo más feliz, flor de gente pensó: toritos sanos aunque un poco chiquilines, vaquitas de todas las razas aunque un poquito afeadas por su desatinada feminidad, algún corderito descarriado con su pequeña pipa de marihuana y una pareja de dudosos animales de campo que oficiaban de verdaderos chicos malos y tomaban rayas completas de cocaína a veces hasta sin respirar. Una maravilla pensó, lo malo para que exista lo bueno. Es que siempre había sido optimista, y para mejor casi todas las otras tenían dos pliegues de grasa en panza, y ella (apenas con uno( seguro que iba a ser la reina, seguro que iba a encontrar al toro autosuficiente que le diera un ternero y la sacara de su tristeza. Gracias Santa Elena bendita, gracias Abuelita que estas en los cielos santificado sea tu no. A veces confundía las oraciones, también confundía los nombres de sus amigos, de las películas que veía en el televisor. Pero lo importante, le había dicho su abuela un tiempo antes de morir, era no confundirse el nombre del toro montador en el momento del acto. Ella tenía trucos para eso y si era necesario se lo anotaba con birome en la palma de la mano y listo. No podía concentrarse en tantas cosas al mismo tiempo. Lo más importante seguía siendo no engordar demasiado para que no se notase que la pollera arreglada le venía ajustando. Ya tenía treinta y uno, disimulaba la pérdida de dos molares con unas coronas de porcelana y la ansiedad por lo dulce tendía a desesperarla. Había tantas cosas ricas para comer en su trabajo. Pero no, ella agua y agua aunque tuviera que mear cuarenta veces por día.
     Pasó que de tanto frecuentar el nuevo club se fijó en un torito morocho y alto aunque un poco desgarbado que tenía la cara igual a un bamby de calesita. Pero de alguna manera le pareció alentador. Haber dicho se enamoró habría simplificado no tan acertadamente el negocio que ella había tramado en su cabeza. Aunque suene un poco brusco, lo que hizo fue echarle el ojo: tantear que había carruaje y corral y enseñar las pequeñas ubres bamboleantes inflándolas con un poco de orgullo para que no parecieran tampoco más chicas de lo que en realidad eran. Logró llamar la atención y ahí nomás se sacudió las moscas de los cuartos traseros con serenidad y un dejo de lujuria. Quizás él, hay Santa bendita Elena Abuelita que son la misma cosita, sea el que estoy esperando. 
El toro fue cayendo en la trampa del poco a poco. Ella siempre hacía lo mismo: daba primero algunas cosas y negaba otras, iba enredando la tela alrededor de su presa como una araña experta. Por ahí sí, por acá no, a mí esto no me gusta cómo lo preferís vos, cuando pase un tiempo, cuando nos casemos, cuando tengas casa, cuando tengas sueños. Me extraña mosca. El toro la pasaba bien y no decía nada: comía lo que le ponían arriba de la mesa. Pero por alguna razón no terminaba de comportarse como un verdadero marido. ¿Estaría insatisfecho? Hubiera querido preguntárselo, pero le pareció que iba a sonar demasiado servil de su parte. Tenía que acelerar las cosas, había logrado superar el chasco de que el carruaje era bastante viejo y que encima después tuvieron que vivir en su propio corral porque el padre del torito larguirucho los había echado para alquilarlo aduciendo la vagancia incorregible de su hijo primogénito. Vagancia, ¿puede ser que no se hubiera dado cuenta de nada? Santa. Abuelita. Tengan cuidado. Pensó que quizás estaba muy desconectada de los cielos y comenzó a persignarse cada vez que pasaba por el frente de una iglesia. Pensó también que podía ser ella, que en algo andaba fallando. Había que probar a fondo a este torito porque el problema de tener un comensal en la casa empezaba a notarse en la evolución oleaginosa de su cuerpo. Estaba engordando y eso hacía peligrar su plan de vida. Una podía abandonarse un poco a los cinco años de matrimonio pero durante la convivencia previa había que mantenerse en forma.
Trató de no desesperar. Pensá cabecita, pensá; susurraba frente al espejo mágico. Pero fue un día de gran ansiedad en que volviendo del trabajo se había comprado un chupetín sorpresa dietético de los grandes y había decidido caminar hacia su corral para compensar las calorías ingeridas, que descubrió su verdadero talento: podía chupar y chupar durante horas sin siquiera acalambrase. Al chupetín, por supuesto, pero seguro que también a un torito. No a un torito cualquiera al suyo claro está; el de turno sí; uno a la vez por supuesto. 
      Así comenzó un intento diferente. Pasaron meses en los cuales hubieron momentos de verdaderos niveles estéticos de succión. Convencida de que lo estaba dando todo, cosas que a ningún otro le había dado antes, se dedicó enteramente a eso: tratar de satisfacer a su torito. Su boca era la clave y como súper intuitiva que había sido siempre podía sacarla a tiempo, justo antes de que las calorías despedidas entraran a su cuerpo. Entonces el torito compró el diario para buscar trabajo y ella dijo frente al espejo hay Santa Elena hay Abuelita perdón por desconfiar. Trabajaba y trabajaba y el torito buscaba y buscaba y todo parecía encaminado hacia lo que siempre había querido para sí misma. Él conseguiría su ocupación y ella se quedaría definitivamente en la casa a criar al ternero. Seguro que daba envidia de solo verla. Ella y él miembros del mismo club, que compartían el amor por las imágenes de  ellos mismos y por aquel legendario buey con camisas coloridas de cuellos colosales. Comían y danzaban, reposaban y copulaban bajo la vibrante resonancia del Rey: be bop a Lula she´s my baby y ella que seguía trabajando y chupando, cocinando y chupando, limpiando y chupando. Porque todos los gerundios eran de ella. De él todavía nada: el diario y el mate. Ella dale que dale, abriéndose y cerrándose, raspándose y lubricándose los pies duros como maderas mientras los meses pasaban y el torito que buscaba pero no conseguía y el corral hecho un desastre. Y Volvía, y barría, y chupaba, y se abría, se cerraba de noche continuaba de día. Be bop a Lula he´s my baby, be bop a lula shit my baby, be bop a Lula torito no me trabaja y torito no da ternero lo mando ahora mismo derecho al degolladero. Entonces lo hechó, Santa Elena la bendita Santa Abuela adonde estás, no daba más.
     Pasó momentos de suma tristeza. Encerrada en su corral que quedaba en un campo feo, donde la gente no era buena y los toros viejos verdes tocaban bocinas y prometían pasar la lengua en caso de ver que mengua. Lloró y lloró. Descubrió que ya tenía el segundo pliegue de grasa en el abdomen y que ¡Dios Santo! Se insinuaba un tercero. Eso sí que no lo soportaría, ella no tendría tres panzas, hasta dos sí, pero tres. Quién iba a quererla tan deformada. Rezó llorando y también viceversa. Iba pedirle más a la santa, al dios de los dioses, iba a bautizarse, a ser pura de nuevo y hacerlo todo por amor, sólo por amor lo prometo si me mandás un torito que me saque prontito de este trabajo sonrisa porque ya soy grande para agacharme tanto, te cubro con este manto, no vaya a ser que se enfríe mi santa Abuela te obligue, el verdulero me fíe, no puedo perder el tiempo de esta manera.
    Un día pasó el milagro. Terminaba destrozada una jornada de trabajo dónde todo había salido mal. Tenía la cara entumecida de tanto sonreír, los pies hechos un desastre y había soportado como nunca la desidia de sus compañeros. Un estornudo sobre las muestras gratis de cereal confitado, una corona dental que salió volando por el aire justo a la vista del viejo toro supervisor veedor que todo lo ve y hay, cómo decirlo, cómo recordarlo siquiera sin sentir el calor que se sube por el cuello hasta la cara, un pequeño desliz, un tras pié producto de una distracción, es decir, una flojedad intestinal que tardó una eternidad en desaparecer por completo del aire. Había llorado en el baño, había lanzado un mar de lágrimas antes de comer uno de los yogures que había escondido en su bolso, hacer pis y esperar más de una hora para salir de nuevo echa una reina. Caminó ignorándolo todo. Derechita y con los ojos abiertos de para en par. Compro tres kilos de chauchas por un peso y paseó con el carrito moviendo los cuartos con indiferencia, metiendo bien adentro la panza contenida por el suncho que le había agregado a su pollera. Entonces lo vio, es decir, los vio; porque eran dos y rezó en vos baja a la vez que comenzó a acercarse en silencio. Santa Elena de Abuelita ¿no era Bárbara la bendita? decime si es aquel rubio altito, o el pelado el más bajito; decime, que es por amor te lo juro, decime quién de los dos es el futuro. Y sintió que de verdad estaba iluminada, porque la voz del Rey Elvis sonó en los parlantes de la música funcional: te-te-te-te-te-te... Oh... my love… Oh my... lo-o-ve... y uno de ellos le sonrió y ella le devolvió la sonrisa como nunca antes lo había hecho con nadie. Derechita, con los ojos color miel abiertos de par en par, como una verdadera vaca reina respondió automáticamente a la clásica pregunta de ¿cómo te llamás? Y pensó que era una lástima no estar cerca de la góndola de los lácteos para poder mirarse reflejada en el espejo de acero inoxidable.