31 ene. 2013

Algo que publiqué, hace tiempo, en revista Brando


Color Carmín  
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola (…) y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara…”

Rayuela - Julio Cortázar


              Solo la boca

Una mujer lo puede tener todo: un pelo profundo y pesado, una piel tersa, delicada y sensible como las alas de una mariposa. Dos tetas perfectas con o sin sostén, un culo armado y poderoso bajo jeans, bajo polleras y que no desilusiona ni un gramo al desnudarse. Puede tener la estatura ideal para sus medidas, la cintura exacta que doble en el momento exacto para luego recuperarse dando esa amplitud tan impresionante que las convierte en madres y que tanto nos calienta (porque la reproducción como función primordial del sexo está metida en los genes y que se puedan abrir a tal extremo conscientemente nos aterra pero inconscientemente nos calienta). En fin, una mujer puede tener aparentemente todo y, sin embargo, fracasar como objeto de deseo, fracasar como conjunto de seducción.
Si bien es verdad que un hombre se derrite tras el bamboleo de una falda corta que termina de pasar y se aleja ahuecando el alma a cada paso, tras esa redondez esbelta que oculta un universo lleno de promesas y de paisajes electrizantes, que levanta la libido y la furia irracional de lo masculino hasta nublar la razón, hasta enajenar esa parte del cuerpo que es mirada y que nos hace olvidar que ese culo pertenece a un ser sensitivo (el imperativo es el de penetrar, transformar y por lo tanto destruir ese objeto de deseo. Eso es lo que un hombre quiere, no poesía, “así es este amor”). Así mismo el mismo hombre puede tragar saliva cincuenta veces tratando de civilizar (reprimir) el impulso mencionado, frente al subibaja de unas tetas que vienen bajo el calor de la calle Corrientes con una medallita de San Antonio pegada a la piel por medio de una caprichosa transpiración que se ha formado entre las pecosas montañas. Y el hombre imagina cosas también ahí, enajenado ahora él, con esas partes a su vez enajenadas de tal o de cual mujer. En estos casos la imaginación puede volar tan alto (o tan bajo) hasta llegar al máximo vigor (hablando en decibeles), hasta hacer que nos avergoncemos de lo que estamos pensando. Pero todo este proceso, que no dura nada en armarse, tampoco dura nada en desarmarse, y si no se levanta la vista y se completan los anteriores objetos de deseo femeninos con una cara (y voy a demostrar que una cara de mujer es fundamentalmente su boca) todo el otro conjunto femenino como ser erótico, a mi humilde parecer, se derrumba.

             La dueña de la boca

Antes de describir mi boca de mujer y de hablar de su dueña me gustaría aclarar que estoy de acuerdo con la feminista mexicana Lagarde en que el concepto de puta es una categoría de las culturas patriarcales que sataniza el erotismo de las mujeres, y creo que, al hacerlo, consagra en la opresión a las mujeres eróticas. En este ensayo el concepto de puta está usado completamente al revés, porque para mí es un concepto precioso y no es la primera  vez que hablo de ello de esta manera. En el único cuento erótico que escribí: “El día que te lleve el viento” un hombre que acaba de vivir un momento sexual muy particular con una desconocida tratando de olvidar a otra mujer, termina diciendo “putas” con alegría, con una sonrisa de punta a punta del alma.
Yo soy igual. Y quiero que ella, la mujer que habita mi cama, la mujer dulce que quiero que se adueñe de mi cama y a la que voy a serle fiel, sea bien puta.
Aclarado esto sigo.
La boca es el centro visual por excelencia de la cara de una mujer, al menos de su cara de puta sutil, terrible o implacable. Y es que sólo hace falta una boca pintada de rojo para que una cara sea sólo una boca y una boca sea todo un rostro de mujer fatal. Un pelo pesado ayuda. Pero los ojos, la naricita, los pómulos, completan, no mucho más. Los ojos, por ejemplo, por sí solos, hacen a la cara de una mujer tal vez bonita, pero tan sólo bonita: para la abuela y la madre, para el padre que la vio crecer, para los hermanitos menores. Dudo que los gatos cerveceros de la esquina le dediquen muy seguido una masturbación a esos ojos. A esa boca lo puedo asegurar.


Mi boca de mujer tiene que ser mas bien grande, de gestos personales (sobre todo a la hora de hacer el amor, más precisamente en el momento exacto de la penetración, algo en ella –en la boca- tiene que suceder), de sabor dulce, de labios que sepan morder labios, labios con carne, que sepan relajarse a la hora de besarnos, que sepan retirarse lentamente formando la circunferencia perfecta que acaricie lo amado al chuparnos, al comernos. Una buena boca sabe comer no sólo a un hombre, si no que sabe comer frente a un hombre. No hace nada casual pero hace que todo parezca casual. Es esa que parece haber sido diseñada tan sólo para el pecado, esa a la cual no le permitimos comer una fruta, chupar un helado, morder una lapicera, fumar, sin imaginar el cambio de cualquier objeto por el mismo objeto: el nuestro. Una buena boca puede suplir la falta de los elementos eróticos más contundentes, puede hacer de la mujer un ser perturbador aunque ella no tenga casi nada más que esa boca.

            Con esa boca

Después del orgasmo el hombre, cualquier hombre, cae, según su edad, por diferentes períodos de tiempo. Los muy jóvenes por corto tiempo, es verdad, y para ellos (como lo fue para todos) la boca, puede ser demasiado peligrosa.
A mi edad (tengo cuarenta años) ya puedo controlar esas cosas. Pero el período de tiempo entre la primera y la segunda vez, y sobre todo, entre la segunda y la tercera vez, lógicamente, se ha alargado un poco. Mi mujer es hermosa, negra, con todos los atributos de una raza poderosa, mística, sexual. Luego de amarla paso un tiempo mirándola como si un milagro hubiera sucedido en mi cama, pero eso no altera ni adelanta los tiempos de mi virilidad. Su boca sí, es ella quién vuelve a levantar las velas cada vez, es todo lo que necesito para empezar a disfrutarla de nuevo.
Con mucho menos tiempo y en casi todos los casos, los besos femeninos en el pene logran una erección completa, brutal, y si no sabemos cuidarnos nos pueden poner con mucha facilidad al borde de la eyaculación. Y hay mujeres que adoran eso, y las mujeres que adoran eso son adorables por eso, y cuando eso sucede y nosotros, como caballeros que debemos ser (caballeros-machos, porque eso les gusta y nos gusta) avisamos que el tiempo se termina, que ya no hay control posible, y ellas abren los ojos y sin desocupar esa boca nos dan a entender que todo está bien, que vale eso, porque de a dos vale todo cuando lo quieren los dos, tenemos el orgasmo más impresionante de nuestras vidas, inundamos la boca deseada, amada, la desbordamos, y no podemos más que soñar con que alguna vez se repita lo que parece irrepetible.
Y sí, qué vamos a hacer. Después acabar todos queremos ser poetas, y pensamos palabras hermosas, y tal vez se las decimos. Para ellas. Para sus labios que “parecen murmurar mil cosas sin hablar”. Y entonces nos miran de nuevo, con esa cara, que es esa boca, y volvemos a tragar saliva: la poesía no se puede decir con los dientes apretados.

28 ene. 2013

Una carta de un alumno, sobre Gabriel y su ley de la ferocidad



La profesora Carmen de Luca, de la Escuela Cooperativa Amuyén de Mar del Plata, les mandó leer La ley de la ferocidad a un grupo de alumnos secundarios. Yo conocí a alguno de ellos, no al chico que firma esta carta. Tenían que hacer un trabajo con la novela, este chico no pudo, y escribió mucho más que un trabajo, escribió esto: MEMORABLE.
Gracias, Santiago, espero tener el honor de conocerte algún día.

Análisis personal del libro “La ley del a ferocidad”, de Pablo Ramos.

Voy a intentar romper con el esquema planteado para un trabajo práctico. De hecho, no se ni dónde lo dejé, pero realmente no me importa. Intentar dejar en crudo lo que sentí al momento de leer este libro me parece lo más real que puedo hacer en este momento.
Nunca antes una obra literaria había golpeado tan adentro mío como para hacerme quedar en vela toda una noche. Pocas veces leí un libro hasta el cansancio último, y nunca en mi vida había llegado a odiar a un personaje ficticio de una novela (y tampoco me imaginé hacerlo).
Pienso que toda persona que haya tenido una muerte muy cercana, relación con alguien que haya tenido alguna adicción puede saber de lo que hablo al haber leído a Pablo Ramos. El autor describe con precisión “de reloj suizo”, como le gusta decir a él, cada estadío de una enfermedad que avanza y arrastra no solo al enfermo, sino a sus relaciones, su salud, su vida personal, su familia, esposa e hijos. Gabriel, el protagonista, es un enfermo sexópata, alcohólico y adicto que purga sus culpas en un padre que al parecer en su puta vida estuvo. Y eso no es más que otra etapa de una enfermedad: culpar a otro de la mierda propia.
Es increíble como Pablo Ramos pone en letras el cinismo, la Ferocidad sin límites. Esa ferocidad que cada uno de nosotros tiene consigo misma, pero aplacada por normas sociales, ferocidad que encuentra Gabriel, como cualquier persona, al estar pasado de cocaína, de alcohol y que alcanza su punto máximo al querer ser más que su padre (porque todos queremos ser más que nuestros padres. Queremos superarlos, poder decir ‘yo cuando sea padre no voy a ser como él).
Lamento que este análisis quede hecho en una especie de carta, Carmen. Pero la realidad es que me hiciste leer un libro para aprobar una materia de colegio, y me encontré con algo mucho más que una novela. Golpeó directamente en mis entrañas. Me hizo sacar cosas a la luz que no pude ver nunca, respecto a mi papá. Veo en Gabriel a mi viejo, a una persona totalmente arrepentida que no le queda otra más que purgar culpa en los demás. Y esto me ayuda a mí, como hijo, entender la carga que puede llevar él desde sus hombros, a entender una persona enferma por dentro.

Algo que me gustaría remarcar es esa imagen de Gabriel rompiendo la bicicleta que su padre le estaba haciendo “sorpresa” para los Reyes Magos. 
No se si recordás el libro, pero su padre le dice que bicicleta era para el hijo de un peluquero y Gabriel se enfurece tanto que intenta destruirla. ¿Quién nunca sintió tanta furia y celos de nuestros propios padres y termina siendo una mentira piadosa? ¿A quién nunca un padre le mintió así y uno se sintió poco querido, desalmado y al final de todo decimos ‘la puta, che. Eso era para mi y yo me enfurecí?. Es la imagen perfecta de la picardía que tienen nuestros padres para con nosotros y no sabemos interpretar. Y que muchas veces, esas picardías o mentiras piadosas, terminan siendo un escándalo familiar.

Son las 3.54 de la mañana y estoy terminando de escribir esto. Me parece que voy a faltar a tu clase para poder dormir un poco más, Carmen. Te agradezco por hacerme llegar esto que sin querer, de forma directa, marcó algo en mí. Y aprovecho este lugar para poder decirte gracias por este año. Sé que soy insoportable, que tengo la boca más podrida que Gabriel pero me parece que pudimos entablar una excelente relación de alumno-profesora. Es algo que me llevo de este colegio y no me lo va a sacar nadie jamás.

PD: Si lo vamos a hacer en forma de carta… ¿por qué no ponerle una postdata?

PD2: Siempre te enojaste porque falto a tus clases, pero malditos sean los lunes, por dios!.

                                                                                                                Santiago Vellini

25 ene. 2013

Mis talleres en la querida Rosario

Habitantes de la Chicago argentina, no pierdan esta exclusiva oportunidad de ser famosos y ganar dinero convirtiéndose en extraordinarios ganadores. El mundo les rendirá pleitesía, las generaciones futuras honrarán vuestro nombre, y todas las estrellas de cielo serán opacos puntos lejanos en la fría oscuridad del universo comparado con la luz eterna y el brillo de vuestro nombre. Joder!


24 ene. 2013

Los ángeles también deben morir

Algo que le dice el Carlón en su diario a su amigo el Polaco.
El polaco es el que narra la novela que hoy escribo LOS ANGELES TAMBIEN DEBEN MORIR, y que encuentra el diario de los días del ángel (El ángel del bar, ¿recuerdan?) cuando debe hacerse cargo de su compleja familia.
acá está esta rareza mística
:

Tres cosas están en poder del hombre: las manos, los pies, los labios
Tres cosas no están en poder del hombre: los ojos, las orejas y las ventanas de la nariz
Hay tres cosas penosas de oír: la blasfemia, la maldición y la mala noticia
Hay tres cosas agradables de oír: la bendición, la alabanza y la buena noticia
Tres miradas son malas: la mirada del adultero, la mirada del ladrón y la mirada del avaro
Tres olores son malos: el olor del aire corrompido, el olor del viento pesado y el olor de los venenos
Tres olores buenos: el olor de las especias, el olor de las fiestas familiares, y el de los perfumes de pino y lavanda
Tres cosas son malas para la lengua: la habladuría, la calumnia y la hipocresía
Tres cosas son buenas para la lengua: el silencio, la reserva y la sinceridad