9 feb. 2013

Cāritās


  Algo que hace un par de años respondí para un congreso de trabajadores de la educación, el cuestionario no lo pongo porque, como siempre, me fui por las ramas. Lo que básicamente se preguntaba era referido a la relación maestros, padres, alumnos, y sobre la importancia o no del amor, del vinculo más allá de la función formal. Esto les respondí:

Ante todo creo que todas las preguntas que me llegaron, a modo orientativo para darme “pie” a este ensayo de apuro, van en una misma dirección, y que por ello puedo intentar, de una manera aproximada, desde mi condición de padre y de intelectual, una discreta reflexión sobre el tema.  Tal vez una humilde, más que discreta, reflexión sobre el tema.
El problema que atraviesa el mundo es un problema moral, eso lo sabemos todos. Y los que creen no saberlo, en realidad, fingen no saberlo.  Cada vez somos menos éticos a la hora de hacer lo que vinimos o elegimos hacer en este mundo. Y, lamentablemente, las promesas y los juramentos, son un rito costumbrista, un resabio de otro tiempo, menos capitalista y menos moderno, más supersticioso y menos pragmático a la mirada del hombre posmoderno.
Bien, yo creo que el hombre posmoderno, si es que puede ser llamado así, da asco. Para él el alma, la ternura, el compromiso, la verdad, la utopía, lo puro y lo sagrado, son cosas arcaicas.  Para él solo vale el presente inmediato, y el “futuro”, si es que se atreve a imaginarlo, se reduce a lo que vaya a hacer mañana, o el próximo mes, como mucho el próximo año. Además el futuro importante, el único concebible para el hombre posmoderno, es el propio. Lo mismo el amor. El mundo que construimos es egocéntrico y egoísta. Cambiamos mitos antiguos por mitos modernos. Dios es ahora Yo. Amor es ahora
Amor Propio. Yo creo que es lamentable, pero también creo que se puede enderezar, porque hay quienes resisten, hay quienes luchan.
Por eso voy a hablar para nosotros: los que aún creemos en esa posibilidad.
La educación primaria y secundaria son, a mi parecer, las claves del futuro. El momento propicio, el único lugar posible, en el cual fundar los cimientos de un hombre y, por los tanto, el futuro de una sociedad. No son sólo palabras, es una verdad grande como una casa.

Cada vez que aparece un niño “problemático”, hiperactivo, preguntón, contestador, inquiero, pensante y curioso, no sabemos en dónde meterlo. O bueno, sabemos: en otra escuela (como me pasa seguido con Julio, mi hijo de 13 años) o en el delicado chaleco de fuerza de un psicofármaco pediátrico o directamente, como acabo de vivir con mi hijo, en un loquero.  
No tenemos ganas, no nos pagan tanto, no vale la pena, o lo que sea, gastar energía por “ese que no deja en paz a nadie” pero la verdad es que ese nos necesita. Y tal vez sea el único en el cual el síntoma se exteriorice. Pero el que no llora no mama, y el que llora se va a la casa o a lo del padre o a lo de la abuela o a la play estation o a la calle o a la mismísima mierda.

Ser padres es nuestro trabajo, ser maestros también, y el trabajo hoy, nos pesa y lo hacemos de mala gana. Les decimos qué hacer sin reflexionar, sin saber de verdad, sin suavidad y sin talento. Los queremos encajar en el mundo, los obligamos a aceptar las cosas y luego las cosas están mal. Inseguridad, hipocresía, engaño y estafa, materialismo y consumismo, dolor y soledad, exclusión y guerra, eso es lo que hay afuera, en eso hay que encajar. Ser soldado es encajar. Ser agente de bolsa es encajar. Y etc., etc., etc. Luego el descalabro. La palabra fracaso. La palabra impotencia. Luego Cromagnon.
No escuchamos a los niños, no escuchamos a los jóvenes, y si alguien viene a decirme que no son dignos de ser escuchados porque aún no vivieron para saber lo que les conviene yo no voy a creer en las palabras de ese alguien, porque tampoco escuchamos a los viejos. Tratamos a los viejos como tratamos a los niños: mal. El capitalismo nos partió la cabeza y luego el alma en mil pedazos. Somos modernos, electrónicamente modernos y habilitados, pero espiritualmente estamos en la edad de piedra y con más posibilidades de retroceder que de avanzar.
Y ahí podría terminar la cosa. Porque es lo que pienso, es lo que me duele. Pero voy a seguir un poco.


Una de las preguntas planteadas hablaba si hacía falta amor para educar o para ser padre. Mi respuesta es ¿para hacer qué cosa no hace falta amor?
En el amor está el secreto del cambio: lo único que yo vi, en el trascurso de mi experiencia como padre de un chico de 22 años y otro de 14, es como  los unos le pasan “la pelota” a los otros. Pero nadie, salvo algunas excepciones que las hay y con nombre y apellido, parece darse cuanta de que lo importante es justamente “la pelota”, o sea, los chicos, o sea, lo seres humanos más indefensos y a los cuales les debemos todo sin tener que pedirles nada.
Creo que ni las familias, ni las escuelas están dando una respuesta a esta soledad en la cual viven nuestros chicos. Una soledad seria, una soledad que los chicos de mi generación (tengo 45 años) no vivimos. Los dejamos solos frente al televisor encendido, solos frente a nuestras discusiones de pareja. Anteponemos, aunque no se note, nuestras necesidades por sobre las necesidades de nuestros hijos. Igual que a nuestros ancianos los dejamos con alivio en manos de otros para casi todo. Y va a llegar un punto en que no los podamos reconocer.
Una vez hice un ejercicio con doce participantes de taller, doce personas a priori sensibles, doce buenas personas que aún gozan de mi afecto y mi amistad. El ejercicio consistía en hacer una descripción de la cara de uno de sus hijos o de su ser más querido, en el momento, de memoria. El 60 por ciento no pudo escribir casi nada, y del 40 restante tan sólo la mitad destacó rasgos “particulares” como una ceja más alta que la otra, un hoyuelo, o cualquier cosa por el estilo. NINGUNO recordaba un cambio reciente por lastimadura o por cualquier cosa de esa última semana.
¿Hacia dónde miramos cuando miramos a los demás?
Seguimos mirando nuestro ombligo. Nuestra tranquilidad es lo que nos importa. Y no es que no los queramos, el tema es que los queremos mal. Y queremos mal todo. Padres, maestros, escritores,  etc., somos primero hombres y mujeres de bien. Luego lo demás... y tal vez, sin ser una persona de bien, sin una enorme capacidad de amar, se pueda ser mecánico dental, ingeniero, astronauta, no lo sé, pero seguro que maestro no. Es más, me atrevería a decir que se puede ser padre, o madre, sin amor, de hecho eso depende en todos los casos de un accidente biológico, pero un maestro “elije” por encima de todas las adversidades, dedicarse a algo sagrado y debe responder por eso, o debe renunciar a eso. No hay vuelta.
La tragedia de Cromagnon fue el síntoma más claro del problema de indolencia que sufrimos los adultos. Del descuido con el cual mandamos a nuestros hijos a los lugares que los mandamos. Los chicos salvándose entre ellos, muriendo por salvar a sus amigos, muriendo ante la desatención y el desamor de quienes debíamos cuidarlos. Creo que fue un antes y un después, para ellos, y para nosotros también.
Las tomas de colegios y universidades, exigiendo como adultos lo que necesitan para ser estudiantes, mirando a los techos para que no se les caigan en la cabeza, midiendo el desempeño de profesores y decanos, haciendo contralor de gastos y presupuestos habla a las claras de algo: los jóvenes desconfían de nosotros, y yo creo que desconfían con razón.


Es hora de cambiar, de acercarse con humildad a nuestros jóvenes y educar con el ejemplo también. Suena tonto pero no lo es. El problema es entenderlo bien. El ejemplo debe ser, tal vez, el anti ejemplo. Esperarlos, escucharlos, ir por la calle y por el aula como si fuera la misma cosa: un mundo sensible y frágil, un mundo lleno de incertidumbre pero también de belleza. Las matemáticas son hermosas, no son difíciles. La lengua es la propiedad más noble del hombre, y su moral la patria más sagrada. ¿Tanto himno y bandera para qué?
Organizarse y acercarse, llevar el aula en el alma, sacarla a la calle, empaparla en la vida. Trabajar duro. Durísimo. Esa es mi solución para padres y maestros. Piensen sino en Alma Fuerte. Y le quedaba tiempo para los sonetos medicinales. Qué hombre tan antiguo hoy. Pero bueno, les dejo algo, y gracias por permitirme opinar tan tontamente.

“Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. 
En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”. 
San Pablo

2 comentarios:

Gabriela dijo...

Un lujo Pablo, ojala el Amor tuviera la fluidez entre nosotros como realmente hace falta, en todos los ámbitos, y para todos, nos sanaría!
Gracias por este post!
un abrazo amoroso.

Susana Ballaris dijo...

Pablo/Me tomó la lluvia, luego de escuchar tus aventuras de personajes;yo, también hice mi aventura de caminar pisando charcos en una decena de calles. Cuando llegué a mi lugar con techo, corrí a abrir tu blog y escribí algo similar. En un blog, que luego hoy ya con sol, no lo puedo encontrar.Lo único que puedo contarte, que la lluvia hizo perder el rojo de mi pelo y las palabras que llevaba anotadas. Seguiré buscándote hasta que puedas saber, que en esas diez calles tuve la loca aventura de poder pensar. Susana Ballaris/asistente al curso del sábado 9 en Rosario 10/03/2013