21 sept. 2012

A los que tengan la edición fallada de EL CAMINO DE LA LUNA

Les dejo acá las dos páginas que faltan, son del cuento MONTAÑAS DE AZÚCAR Y RIOS DE MIEL:


página 130

Quedate tranquilo, es algo emocional, me lo acaba de decir el médico. Nada de que preocuparse. Lo de la tía, seguro. Lindo mío, vos siempre fuiste tan sensible. ¿Te creés que no lo sé? Es tu segunda mamá. No me molesta, querido. Yo en ese tiempo... y ella estuvo con vos, y de esa manera estuvo conmigo. Y ahora sufriendo así. ¿Dónde está Dios? decime. Pero tenés que estar bien. Ella se va sin hijos, nunca se animó a hablar de esterilidad y eso le habrá traído la mala sangre. Descansá hijito, ella se va, se va, la injusticia que eso significa es lo que nos tiene mal a todos.
Su madre no pudo seguir, y fue una suerte para los dos, pensó Hernán, que el llanto la quebrara. Es que su madre pocas veces podía mantener la boca cerrada, simplemente era una incapacidad que tenía. Llorando su madre le dijo algo acerca de una pulsera de oro en el bolsillo de su saco. ¿Qué hacía esa pulsera en su saco?, ¿cuándo la había sacado del placar? No lograba recordar. Guardaba la cadena en la caja forrada de negro. La caja que el psiquiatra le había sugerido forrar de negro para poder enterrar esas cosas malas de las cuales por alguna razón insana no podía deshacerse. Insana era un calificativo suyo, el psiquiatra no habría hablado así, pero cualquier razón que hiciera que no pudiese deshacerse de esas cosas, para Hernán, tenía que ser oscura. Insana. Esa caja negra representaba el afuera de su vida, guardaba bajo su sombra la maldad de esa mujer, el olvido de su padre, y otros muchos monstruos aún con vida, o con poder sobre su propia vida.
 No contestó, mantuvo los ojos cerrados fingiendo no estar del todo consiente. Le pareció
percibir que su madre había hablado así porque supuso….




página 135

tomar algo en el café de enfrente. Y la salida es por allá. Por acá termina en un ascensor que lleva a la morgue. Su camino es por el otro lado.
Hernán la miró extrañado. La enfermera se había llevado la mano a la boca, reía.
−Por acá se va a la cocina, no me haga caso, son bromas propias de esta profesión. Se hubiera visto la cara.
Hernán rió, se adelantó un paso y la besó en la mejilla.
Salió y tomó un taxi. Tenía hambre y pensó en almorzar en alguna parrilla al paso. Había una cerca de Callao y Corrientes que le gustaba y a la que iba seguido. A mitad de camino se dio cuenta de que había dejado el bolso en el baño del hospital. Tanteó en el saco y sintió la billetera, la sacó y comprobó que tenía dinero suficiente. También todas sus tarjetas de crédito. Su madre era una exagerada cuando se trataba de dinero. Volvió a pensar en la enfermera, en las palabras que ella había tenido para él, las palabras que lo habían calmado. Carmen, pronunció en voz alta. El taxista lo miró por el retrovisor pero no dijo nada. Carmen, volvió a decir y el nombre le sonó perfecto para la mujer. Era cálido y a la vez inexorable, era el nombre para esa mujer, sin dudas. Bajó del taxi y se metió en La Academia. Pidió café con dos medialunas y el diario. Tardó un rato en darse cuenta de que estaba en un lugar diferente. Que (otra alarma conocida) había pensado una cosa y hecho otra. Esperó. No tomó el café.
Otra vez en la calle volvió a sentirse mal. Se desabrochó el primer botón de la camisa. Siempre las usaba

13 sept. 2012

Nueva fecha con ANALFABETOS

vengan, la banda suena cada vez mejor!