La abuelita de las tortas
Fue para el verano del 2004,
apunto de separarnos (no por falta de amor sino porque ella viajaba a Salvador
y yo no podía ir hasta dentro de tres meses), mi mujer de entonces (la misma
del texto anterior sobre los 40) Jorlane y yo fuimos a pasar un fin de semana a
Villa General Belgrano, en la sierras de Córdoba. Yo había sido invitado a la
feria del Libro de Alta Gracia, y al terminar mis compromisos es que nos
fuimos.
Ella estaba fascinada con córdoba
y con el paisaje serrano, y yo estaba fascinado con ella. Jorlane es una maravillosa
morena nacida en salvador de Bahía, Brasil, que había venido a la Argentina a
estudiar español y luego terminó licenciándose en letras. Buena e inteligente
(tal vez la mujer más inteligente junto a Amaray ya Belén (la más linda de todas) que tuve a mi lado), hermosa y
cálida, tan inocente que casi nunca se daba cuenta de la mala onda de la gente
y confiaba en cualquiera en cualquier situación. Un coctel que la iba a
terminar lastimando muchas veces por este lado del mundo.
Luego de recorrer el pueblito, de
comer chucrut y salchichas, de ver eso que, en realidad, es una puesta en
escena de algo que no es: Alemania, la invité a comer una “picada de tortas”.
--Vas a ver qué tortas –le
dije--, hace cinco años que vengo y la abuelita es una alemana adorable.
--Qué lindo, amor –dijo ella.
Y fuimos, entramos y nos
sentamos. Nos atendió una chica y pregunté por la abuela, pregunté
personalmente por ella porque yo sabía su nombre.
Entonces:
--¿Y abuela X? –dije.
--Está adentro, ahora lo viene a
saludar.
Esperamos y nos trajeron las
tortas y el té. Cuando íbamos por la mitad del empalagoso banquete, apareció abuelita
X. Dijo “hola” y nos dio la mano. En el momento me quedé extrañado, pero como
uno va sólo de verano a esos lugares, pensé que yo tenía un recuerdo exagerado
del afecto que, abuelita X, demostraba por mí. Pero estaba casi seguro de que
siempre, desde la primera vez, me había saludado con un beso. Lo cierto es que
nos saludó con la mano, preguntó si todo estaba bien y se fue, por detrás del
mostrador, a lo que supongo será la casa particular de la repostera.
Terminamos y pedí la cuenta. Le
dije a Jorlane que iba a saludar a la abuelita X y ella me dijo que le dijera
que le había parecido hermosa y que las tortas eran las más ricas que había
comido en su vida.
--Le digo, amor –dije.
Caminé hasta la barra y pagué
ahí. Detrás, sentada, tejiendo, estaba abuelita X. Me adelanté y le tendí la
mano, ella me hizo señas para que me agachara, me agaché y luego de darme un
beso en la mejilla me dijo algo:
--¿Es tu nueva novia?
--Sí, abuela, hace seis meses que
salimos, ¿no es hermosa?
--¿Y la otra?
--Nos separamos al mes del verano
pasado.
--Me gustaba más la otra, era
blanquita, y esos ojos que tenía, celestes, perfectos. Esta es… no te ofendas,
eh… muy…
--Negra –dije--, es negra.
--La otra, acordate, querido, y
nos vemos pronto.
--Nos vemos pronto –dije.
Pero fue recién caminando los
pocos pasos que me separaban de Jorlane que sentí ese sabor que tanto sentí
luego en Alemania, en Francia, en España, en Italia. En Portugal no lo sentí,
¿qué cosa, no? Oculto detrás de las mil maneras de trabajar con harina, crema y
azúcar; algo amargo, muy amargo, algo venenoso, revelaba su verdadera esencia .
--Vamos, querida –le dije a mi negrita.
--¿Y la abuelita X?
--Te manda un beso enorme.