2 jul. 2012

¿Y por qué no hablaste del campeonato de Arsenal?

Es una pregunta que muchos me hacen en Facebook, y algunos en este blog. La respuesta la voy a dejar en manos (en voz) de Juan Carlos Onetti.

Sólo voy a agregar que Arsenal estaba saliendo campeón y yo escribía sobre Heriberto Ariza. ¿Por qué? Para establecer un orden de prioridades, para no sumarme como un imbécil más a parlotear sobre cosas como el fúlbol que, si bien hoy nos da mucha alegria a mí y a mi gente de Sarandí, no es más que un juego, rara vez decente, rara vez hermoso.
Pero cuando es decente y hermoso nos da esa alegría eterna que nos dio a todos nosotros mi equipo Arsenal de Sarandí.
Después vienen los premios, el dinero, los pelotudos como Cavenagui llorando en los diarios porque son un "Desocupado más" y sabemos que lo único que tiene desocupado es el tanque de agua que sostiene con el cuello. Y los que se hacen los GLADIADORES, y los que tatatatatá... poco gol, cada vez menos gol. Viene todo eso, el 90 por ciento de lo que es el fútbol, que  a mí tan poco, TAN POCO, me interesa.
Me van a permitir, pero la alegría de Arsenal me la reservo para mí, la voy a vivir interiormente,  al que le guste bien y al que no, me importa poco.



Réquiem por Faulkner
de Juan Carlos Onetti

Nunca jugó en el glorioso Wanderers aunque estamos seguros de que habría amado ese nombre. Tal vez culpa de los dirigentes, acaso de los seleccionadores. Nunca se preocupó del problema de Laos ni, siquiera, de las próximas elecciones uruguayas. No nos dejó opinión sobre la generación del 45. No hizo testamento acerca de la influencia decisiva de la 45 respecto del futuro de la literatura mundial. El autor de estas líneas se lava cortésmente las manos afirmando que está fuera del asunto, que pertenece a la generación del 44 y desde allí mira, se divierte y, es inevitable, padece.
Se llama, el obituado, William Faulkner. No se volcaron los ómnibus en las calles, el Superior Gobierno no decretó ni un par de días de duelo, las campanas no repicaron con mansedumbre y tristeza. Ni siquiera nos acordamos del plan de buena voluntad.
El difunto sigue llamándose William Faulkner y ése será su nombre hasta que explote la primera bomba nuclear. Nadie, nada después, como es fácil de comprender.
En este momento exacto estará endurecido, vestido de frac, adornado con medallas que alguna pobre gente, que nada podía saber de él, que morirá ignorando el sentido de su olor, le impuso en el pecho y en la solapa izquierda.
Pero esta humillación –incluyendo la definitiva humillación de morirse, también él– pierde importancia cuando pensamos en lo que vendrá.
En el torrente –ordenado y sabio en apariencia– firmado por críticos de prestigio mundial que derramarán lágrimas o correcciones encima del pobre tipo que murió a los 64 años en un granero del Sur de U.S.A., burlándose de una página virgen, con un vaso de whisky bourbon junto al codo.
Nuestros diarios están, felizmente, dirigidos por intelectuales de talento indiscutible y probado. ¿Les costaría mucho manejar una regla centimetrada y establecer cuánto espacio dedicaron a la muerte, al estudio de un genio, y cuánto al match de Peñarol y Nacional?
Si algún rector de la opinión pública se encuentra atareado o perezoso, bastará con que nos haga una seña. Tendrá de inmediato, las cifras correspondientes a 6 de julio, hoy, noche en que escribimos.
Pero, sucede, hace algunos años tradujimos para nuestros amigos de Acciónvarios fragmentos de un reportaje hecho a William Faulkner por El Europeo. Acción lo reproduce hoy, 6 de julio, calificándolo erróneamente de "póstumo”. En aquel tiempo nos limitamos a dar, en un modesto español, lo que menos podía molestar, herir.
Pero en este 6 de julio de 1962 se nos ocurre que nuestro amor por ese finado flaco y tieso merece decir nuestra pobre verdad frente al reportaje completo de El Europeo que reproduce Acción.
Comencemos por afirmar nuestra total solidaridad con las citas elegidas. (Por nosotros, claro). Pero, con muchos años vividos en el periodismo y de él, nos vemos obligados a confesar de inmediato que el difunto de turno, William Faulkner, no actuó en Maracaná ni tuvo nada que ver con ninguna de nuestras generaciones literarias. Por algo impersonal lo reiteramos. La lealtad con el lector es el primer deber del escriba.
¡Ah! El muerto ya hediendo, nunca dijo que sí ni que no. Era, literariamente, uno de los más grandes artistas del siglo. Alguien que no domina el inglés y, mucho menos, el español profetiza que antes de medio siglo todo el mundo culto, bien educado, bien alimentado, estará de acuerdo con una simple perogrullada: la riqueza, el dominio del inglés de William Faulkner equivalen a lo que buscó y obtuvo William Shakespeare. Oiremos de buena voluntad a G. B. Shaw, si se le ocurre terciar en el asunto.
Pero ya hablamos de periodismo y de lectores, ya que estamos perdidos y en algún plano, ustedes también.
Hace algunos años Malcolm Cowley, uno de los críticos literarios más inteligentes y amenos de U.S.A., reporteó a otro difunto que merecía –y lograba– mayor difusión e interés que el muerto del 6 de julio. Se llamaba Hemingway, había cazado elefantes, osos y leones, se había casado varias veces, inventó el Martini Montgomery –15 contra uno– y también una extraordinaria novela: "Adiós a las armas”.
Cowley preparó el terreno y dijo finalmente –"¿Cuál es el novelista norteamericano más importante de nuestra época?”
Hemingway rió unos segundos y mezcló el contenido de las cantimploras que cargaba en el cinturón.
–No puede discutirse, no puede preguntarse. Lejos, muy adelante de todos nosotros, está Faulkner. Yo dejaría gustoso de escribir si me dieran, en cambio, la tarea de administrarlo, de decirle basta y ser obedecido. Porque Faulkner no es perfecto, precisamente por eso. Por continuar trabajando cuando está cansado y borracho, cuando el mundo ha desaparecido y ya no puede saberse si la noche se mantiene protectora – para él– o la mañana llegó para todos los hombres, para el trabajo inquerido, para las preocupaciones no buscadas. Pero si yo pudiera dirigirlo...
Hemingway no tenía aún el premio Nobel. Estamos escribiendo de memoria, sin originales para copiar o traducir. Tal vez por eso, y sin querer, estamos mejorando su estilo.
Las anécdotas son muchas, tontas –en su mayor parte–, como corresponde esperar de un hombre tímido, iluminado alternativamente por la gloria al estilo yanqui y olvidado en la sombra, la soledad auténtica y dichosa. Muchas de ellas deben haber sido reproducidas en estos días. Conviene recordar que cuando le dieron el Nobel en el 50 sus libros estaban ya agotados en U.S.A. desde siete años antes. No había editores ni público que permitieran arriesgarse a nuevas ediciones.
Aunque recientemente reproducido entre nosotros, el casi póstumo reportaje de El Europeo permite algunas prolongaciones de este réquiem.
En primer lugar, define a lo que entendemos como un artista: un hombre capaz de soportar que la gente –y para la definición– cuanto más próxima mejor, se vaya al infierno, siempre que el olor a carne quemada no le impida continuar realizando su obra. Y un hombre que, en el fondo, en la última profundidad, no dé importancia a su obra.
Porque sabe, no puede olvidar –y ésta es su condena y su diferencia– que todo terminará como en este 6 de julio que comentamos; o en cualquier otra fecha que alguien se moleste en elegir por nosotros. Gracias.

(Marcha, Montevideo, 13-7-1962)





2 comentarios:

Matias B. dijo...

Excelente respuesta. Y excelente blog.
Claro, excelentes Onetti, Faulkner y Hemingway.

Saludos y permiso, me quedo.

Anónimo dijo...

Faulkner es mas importante que el futbol, como tambien mas importante que muchas literaturas. No hay parametro. Como Coltrane, yo que se. Pero el futbol, para nosotros, es hermoso, innegablemente. Cavenagui no es futbol, la pulpo de tu primera (y hermosa) novela, si.