18/01/2012

Otro texto de verano

La abuelita de las tortas    

Fue para el verano del 2004, apunto de separarnos (no por falta de amor sino porque ella viajaba a Salvador y yo no podía ir hasta dentro de tres meses), mi mujer de entonces (la misma del texto anterior sobre los 40) Jorlane y yo fuimos a pasar un fin de semana a Villa General Belgrano, en la sierras de Córdoba. Yo había sido invitado a la feria del Libro de Alta Gracia, y al terminar mis compromisos es que nos fuimos.
     Ella estaba fascinada con córdoba y con el paisaje serrano, y yo estaba fascinado con ella. Jorlane es una maravillosa morena nacida en salvador de Bahía, Brasil, que había venido a la Argentina a estudiar español y luego terminó licenciándose en letras. Buena e inteligente (tal vez la mujer más inteligente junto a Amaray ya  Belén (la más linda de todas) que tuve a mi lado), hermosa y cálida, tan inocente que casi nunca se daba cuenta de la mala onda de la gente y confiaba en cualquiera en cualquier situación. Un coctel que la iba a terminar lastimando muchas veces por este lado del mundo.
     Luego de recorrer el pueblito, de comer chucrut y salchichas, de ver eso que, en realidad, es una puesta en escena de algo que no es: Alemania, la invité a comer una “picada de tortas”.
--Vas a ver qué tortas –le dije--, hace cinco años que vengo y la abuelita es una alemana adorable.
--Qué lindo, amor –dijo ella.
     Y fuimos, entramos y nos sentamos. Nos atendió una chica y pregunté por la abuela, pregunté personalmente por ella porque yo sabía su nombre.
     Entonces:
--¿Y abuela X? –dije.
--Está adentro, ahora lo viene a saludar.
     Esperamos y nos trajeron las tortas y el té. Cuando íbamos por la mitad del empalagoso banquete, apareció abuelita X. Dijo “hola” y nos dio la mano. En el momento me quedé extrañado, pero como uno va sólo de verano a esos lugares, pensé que yo tenía un recuerdo exagerado del afecto que, abuelita X, demostraba por mí. Pero estaba casi seguro de que siempre, desde la primera vez, me había saludado con un beso. Lo cierto es que nos saludó con la mano, preguntó si todo estaba bien y se fue, por detrás del mostrador, a lo que supongo será la casa particular de la repostera.
     Terminamos y pedí la cuenta. Le dije a Jorlane que iba a saludar a la abuelita X y ella me dijo que le dijera que le había parecido hermosa y que las tortas eran las más ricas que había comido en su vida.
--Le digo, amor –dije.
     Caminé hasta la barra y pagué ahí. Detrás, sentada, tejiendo, estaba abuelita X. Me adelanté y le tendí la mano, ella me hizo señas para que me agachara, me agaché y luego de darme un beso en la mejilla me dijo algo:
--¿Es tu nueva novia?
--Sí, abuela, hace seis meses que salimos, ¿no es hermosa?
--¿Y la otra?
--Nos separamos al mes del verano pasado.
--Me gustaba más la otra, era blanquita, y esos ojos que tenía, celestes, perfectos. Esta es… no te ofendas, eh… muy…
--Negra –dije--, es negra.
--La otra, acordate, querido, y nos vemos pronto.
--Nos vemos pronto –dije.
     Pero fue recién caminando los pocos pasos que me separaban de Jorlane que sentí ese sabor que tanto sentí luego en Alemania, en Francia, en España, en Italia. En Portugal no lo sentí, ¿qué cosa, no? Oculto detrás de las mil maneras de trabajar con harina, crema y azúcar; algo amargo, muy amargo, algo venenoso, revelaba su verdadera esencia .
--Vamos, querida –le dije a mi negrita.
--¿Y la abuelita X?
--Te manda un beso enorme.

8 comentarios:

Lic. Adriana M. García dijo...

Terrible! Verdadero! Angustiante!
Yo lo viví en "carne propia"... una cabecita negra y un hijo puro de las tierras cercanas (y aliadas) a la innombrable superioridad de la segunda guerra mundial
Mis hijos no me salieron latinos, son medio rubiecitos y de ojos claros.
Podría decir: menos mal, así pueden disfrutar a sus tíos y abuelo. Pero no.
Me retracto. Nada de menos mal. Tienen mi sangre en su cuerpo y en su alma...
Son rubios pero negros de acá (y me toco la cabeza)...

Anónimo dijo...

hago una pregunta, fuera del texto, fuera del amor entre ambos. (perdón)

pero ayer, estaba leyendo a liliana heker, y entre esos, un cuento llamado "el concurso". nose porque, pero el jurado eras vos!! jaja.
es asi? o a muchos escritores les pasa lo mismo?
espero no ofenderte, todo lo contrario!.
cariños.

boyero

Silvia Ramos de Barton - Sommelier dijo...

Hermoso y cruel relato, típico de los pobladores de esos lares, donde dicen se ocultaron varios Nazis y sus descendientes siguen sus costumbres.
Divino recuerdo.
Un fuerte abrazo, MAESTRO.
Silvia Barton

Anónimo dijo...

A mí se me ocurrió querer a un peruano de sangre aymará. La tibia condescendencia de los progres es un veneno gourmet. Saludos Pablo, Mónica

Anónimo dijo...

HOLA...
necesito que me recomienden 3 preguntas que se le "deben" hacer a un artista de pueblo.
mil gracias
boyero

sonia dijo...

es verdaderamente terrible pero una gran verdad no somos racistas en un mundo de
variaciones raciales por mezcla de razas culturas pero la inmensa mayoria quiere tener un niño rubio con ojos azules .Lamentable

Gabriela dijo...

que lo pario, no lo había leído... cuanto prejuicio hay dentro.

a veces x eso no podemos ver.

Matilde dijo...

Pablo, yo lo senti en carne propia durante mi mas tierna infanfancia, soy morena y sufri casi tres años en un jardin de "monjitas alemanas" ¡qué linda combinación!Por suerte a los cinco me rebelé y no fui más ja ja