29 jun. 2011

Desde el alma

A mis queridos hinchas de River. No desesperar, el Nacional B puede dar estos momentos, este: uno de los más lindos de mi vida.
Los acompaño de verdad, VAMOS LA BANDA, al fin y al cabo el Arse es la banda (bandita) también.

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27 jun. 2011

Una entrevista especial

Me la hizo, hace bastante tiempo, en el 2004, Inés Garland. Ella, además de ser una amiga amada, es una de las escritoras más brillantes que tenemos los argentinos. No hay un libro de cuentos, escrito por un escritor de su (nuestra) generación (me incluyo) comparable a Una reina perfecta. Tal vez El campo de Golf del diablo de Paola Kaufmann, no mucho más.
    Esta entrevista nunca fue publicada, creo, la encontré y así, sin revisar nada, es que la publico acá.
    Sé que es una versión de mí mismo que me da pudor pero, al fin y al cabo, es una versión de mí mismo. Definidor, feliz por la salida del libro, no muy lúcido tal vez. Siempre simpático, eso sí.
Suerte.


La entrevista:

Desde la vereda frente a la casa de Pablo Ramos se escucha música y una trompeta que toca, se detiene, retoma y entra en los acordes de “Misty”, de Errol Garner. Toco el timbre. Pablo abre la puerta con la trompeta en la mano, me hace pasar a su estudio y sigue tocando. Sobre la mesa de trabajo hay una lap y libros de poesía italiana, “Ser escritor” de Abelardo Castillo, “Delirio” de Laura Restrepo, “Signo de los Tiempos” de Romina Doval, una compañera de Pablo en el taller de Liliana Heker. Pablo toca bien. Después de una versión dulcísima de “Alrededor de la Medianoche”, nos hacemos un té y nos sentamos en su estudio a conversar.

¿Cómo empieza tu relación con los libros?
En mi casa no había muchos libros. Mi abuelo materno, que era cantor de tangos y colectivero, era también poeta. Había aprendido a escribir de grande porque se había criado en la calle. Escribía poemas eróticos todavía guardo algunos y letras de canciones. Los únicos libros que había en casa eran un libro de Miguel Hernández y las Obras Completas de Federico García Lorca. Mi relación con la literatura empezó a través de las letras de los tangos. Me considero un tanguero en el sentido más profundo de la palabra, en mi manera de ser, de mezclarme con la gente de barrio, de darme el tiempo para saludar, para cruzar unas palabras. También las letras de los Beatles me influyeron mucho. Alguno se había animado a traducirlas y eran las dos cosas que se escuchaban en casa. Mi abuela no los podía ni ver, pero a mi mamá ya le gustaban los Beatles. Cuando tenía doce años fui monaguillo en la Parroquia de Sarandi. El cura tenía una biblioteca muy particular. Yo seguí el orden de la biblioteca. El primer libro que leí entero fue “La Isla del Tesoro; el segundo “Catriona”; el tercero “Bajo el Volcán” de Malcolm Lowry tardé un año en leerlo y me fascinó. Leí La Biblia, El Coran, La Torah, el Ulises de Joyce. El cura era fanático del teatro moderno. Leí Samuel Beckett. Lo que más profundicé fueron las lecturas de Onetti. Me maravillaron “Diagonal –Esquina -Diagonal”, “El Astillero”. Yo me creía la literatura. Leía La Naúsea y salía a la calle mirando todo con los ojos del personaje, buscaba vivir como él. Yo ya buscaba algo en esa época. Había empezado a tocar la guitarra y armé una banda de rock en la primaria. Me conmovían las letras de Charly García, de Spinetta. Soy un lector de poesía. Creo que todo arte aspira a sonar como un gran poema. 
 
¿Y cuándo decidiste dedicarte a la escritura?
De chico empecé a tocar la guitarra, solo. Les ponía letras a temas de otros. Le puse letra a “Para Elisa”, convencido de que la música era de Fausto Papetti, y al Concierto de Aranjuez al que Julio Iglesias ya le había puesto una letra. Yo la modifiqué y se las daba a una piba de séptimo grado. Las letras que yo armaba eran la cosa más cursi que leí en mi vida labios de rubí, ojos de porcelana azul, pelo de oro: en mis poemas parecía un transformer la pobre chica.
    Creo, de todas maneras que ya escribía en una búsqueda de comunicarme, de compartir. Quería contar mi infancia de no decir, de callar lo que pasaba con mamá, lo que pasaba con papá; mi infancia de mentir. En casa no se hablaba de lo que pasaba. Si a la noche papá no volvía porque le había ido mal o por algo, mi hermano y yo comíamos cualquier cosa en lo de mi tía y mamá no comía. Disfrazábamos todo. Papá estuvo preso en el ’76. Había venido el patrullero a buscarlo y a nosotros nos decían que papá estaba haciendo unos trabajos en la cana, arreglando unas bobinas. Nosotros estábamos todo el tiempo en la calle. Sabíamos perfectamente que lo metían en cana.
    Poemas escribí siempre, pero no consideraba que lo quería hacer en serio.

¿Y cuándo decidiste tomártelo en serio?
Una vez gané una mención en el Fondo Nacional de las Artes con un libro de poemas que tiene algún poema rescatable pero que a mí no me gusta. Lo primero que escribí en narrativa es un cuento que se llama Luces de Colores que está en “Cuando lo peor haya pasado”, el libro de cuentos que ganó los dos premios. Se lo mostré a un escritor amigo y él me dijo que yo podía escribir. Eso fue en el ‘95. Yo en esa época consumía, paraba, consumía, paraba. Y él me mandó a verlo a Abelardo Castillo. Abelardo me habló y me dio algunas críticas, pero yo desentonaba en su taller. Porque no podía ir normal, faltaba, estaba desaprovechando un lugar. Lo hablé mucho con Paola Kaufman y con otro amigo que salía con ella. Pero lo escuchaba al maestro de maestros, a Abelardo en vivo, y eso era mucho para mí. A los tres meses me fui. Después tuve un año de una recaída feroz y empecé a escribir otro cuento y a través de otro amigo entré en el taller de Liliana Heker. A partir de ahí empecé a escribir en serio y empecé la recuperación. Tuve recaídas bastante bravas, pero estaba en los grupos de Narcóticos Anónimos y empecé la verdadera recuperación. Durante los próximos seis años trabajé la novela y el libro de cuentos. Liliana los mandó a Alfaguara y ellos me llamaron y me preguntaron si estaba escribiendo, si tenía alguna otra novela. No les interesaba un autor de un solo libro. Les mandé una sinopsis de la novela que estoy escribiendo y me preguntaron si tenía más cuentos y se los mandé. La editorial no acepta en general escritores nóveles, pero a Julia Salzmann, la editora, le gustó mucho la novela y cuando gané el Casa de las Américas, se decidieron.

Tu novela tiene mucho de autobiográfico. ¿Cómo fue escribir una novela con elementos tan claros de tu propia vida?
Creo que para ser autobiográfico hay que agregar muchísima ficción. El riesgo que se corre es muy grande. Si quiero transmitir un dolor profundo y te cuento tal cual fueron los acontecimientos, no funciona. Pero si le agrego una escena de ficción, como la de la mujer de las uvas al principio de la novela, armo con esa arquitectura de la mentira una verdad que siento en el corazón y así es más probable que logre transmitir lo que quiero. A mí me dan envidia las cosas que vive Gabriel, el personaje de “El Origen de la Tristeza”. Cómo me hubiera gustado a mí vivir toda esa aventura de esa manera. La vida no tiene esa estética.

¿Te generó algún conflicto moral la inclusión en la novela de personajes basados en personas que tuvieron que ver con tu vida?
Yo soy una persona brutal y como escritor no puedo dejar de hacer lo que tengo que hacer. La lectura de mi mamá me preocupaba. Le escribí una dedicatoria recordándole que la novela era una gran ficción, avisándole que se iba a identificar con algunas cosas y con otras no. Mamá leyó prácticamente todo el libro llorando.
    Pero todos los personajes de esta novela están a salvo porque el personaje que narra los ve a salvo. No les echa la culpa. Lo que pasa, les pasa a todos. La renuncia que hace el padre es la de un tipo que tiene una familia, tiene que hacer lo que tiene que hacer. Es una persona que nunca más va a volver a ser el mismo. Este país ha sentado en oficinas a mucha gente de mucha capacidad. Y de hecho todo lo que le pasa a Gabriel está ahí como una preparación. Lo que le va a pasar al personaje al final es muy fuerte y lo anterior es una preparación. A veces la vida es así, cuando algo se termina no es que no venía pasando nada y de repente pasa. Todo se veía venir.
    Yo no le doy mucha importancia a la moral como está preestablecida. Creo que como escritor hay que ser honesto con lo que uno está escribiendo. Escribir sobre mi vida no significó decir la verdad sobre mi mamá, la verdad sobre mí que por otro lado no existe. Uno va a contar una historia y tiene una sensación de esa historia. Si por temor o por cobardía no hace todo lo que tiene que hacer para intentar comunicar y compartir esa sensación, falla. Y la honestidad radica en que cada escena sea puesta por una necesidad de la historia. No hay ningún otro motivo para que algo esté ahí. A mí me interesa mucho rozar el lugar común como lugar estético. Tal vez sea más fácil esquivar esa mención a lo sentimental, pero yo prefiero arriesgar ese roce con el lugar común, con mi intuición como única herramienta y creo que a veces me sale.

¿Por qué “El origen de la tristeza”?
Porque es el fin de la infancia. ¿Y cuál es la alegría de la infancia? Vivir cada momento por sí mismo. El grave conflicto para ser feliz es no poder vivir el momento. Lo que está por delante nos carga de una angustia irracional. Es tan sencilla la felicidad y tan compleja la vida de una adulto. Hay un momento de la novela que a mí me gusta mucho quizás los momentos que pasan desapercibidos son los que más me gustan. El amigo le falla porque se emborracha y él se va deprimido y encuentra una pelota en un potrero y se pone a pasar la pelota por una goma colgada. En diez metió seis, ocho y ya está, se limpia las manos en la remera y se va. Se le pasó la tristeza. Las cosas se ponen pesadas cuando él sabe que dijo una cosa pero va a hacer otra, que no va a ir a jugar al fútbol el sábado aunque les haya dicho a los amigos que sí va a ir, de ahí en más nunca va a ser lo mismo.

¿Qué te motiva a contar una historia?
A veces siento que tengo respuestas que no sé a qué pregunta responden, respuestas muy hermosas. Por ejemplo mi cuento “Porque el cielo es azul”: durante mucho tiempo le di vueltas a la idea de un cuento donde pasaba algo muy fuerte. Alguien quería ocupar ese silencio que se crea después de un momento de tensión insoportable: ese alguien se desviaba de la situación diciendo “qué tontería más grande”. Esa era la respuesta, algo tenía que terminar así. No sabía cuál era la pregunta que recibía esa respuesta. Y la pegunta fue el cuento. En la realidad ese silencio hubiese sido insoportable para el protagonista, lo habría llenado de culpa. El hallazgo de Teresa, al final del cuento, es que decide fingir que no se da cuenta de lo que pasó y habla de la canción de los Beatles: “Porque el cielo es azul me hace llorar. Qué tontería más grande” Y los dos se salvan del peso de lo que acaba de pasar. Para mí eso tiene una magnitud estética que me dio mucho placer encontrar. Lo escribí y saltaba en una pata.

¿Cómo te proyectás de ahora en más?
Lo que más miedo me da es no tener dónde vivir. Esa es mi obsesión, quedarme sin casa. Supongo que es una patología mía estar aterrado del futuro. Sigo siendo una persona de una moral rara. Ayer escuché algo que contó un compañero en los grupos de Narcóticos Anónimos. Llevaba 18 días limpios, y todos los días tiene ganas de drogarse y no se droga. Es motoquero y deja el sueldo para el hijo; vive con la madre ayudando con las propinas y estaba muy contento porque había juntado dieciséis pesos de propina y le iba a hacer fideos a la madre y a la familia. Se levantó temprano y fue al supermercado y se compró los fideos y la salsa y en el grupo dijo “bueno, la verdad es que el queso me lo robé. Porque no me daba para el queso”. Nosotros en los grupos decimos que una concesión lleva a otra y a otra; esa concesión lo puede llevar a consumir. Los demás son muy estrictos en eso, pero yo en mi interior digo “ la verdad, ¿por qué vas a comer los fideos sin queso? Laburaste toda la semana y el queso está ahí”. Otra gente de los grupos piensa que es preferible comer los fideos sin queso y yo todavía no lo puedo ver de esa manera. Ellos creen que el precio es demasiado alto: la amargura, el momento que se pasa. Dicen que el precio que se paga por hacerse el distraído amarga ese queso. Y yo les creo, pero todavía tengo este resentimiento. Tengo que evolucionar. El laburo que se hace en Alcohólicos y Narcóticos Anónimos es impresionante. Hay gente que lleva años sin consumir y todos los santos días tiene ganas de consumir, de robar. Tipos que laburan como burros y no les alcanza para nada, que saben que podrían robar. Y todos los días deciden no hacerlo. Sólo por hoy eligen no hacerlo. Y para mí eso tiene un valor enorme. Ese estado de ánimo, ese borde, de qué lado está uno parado, es algo que muchas veces yo quiero transmitir, como hice en el cuento “Las colinas de la luna”. ¿De qué lado está cada cosa? ¿Dónde está la línea?

¿Y de no ser escritor qué te habría gustado ser?
Músico. O actor famoso. Me gusta mucho la popularidad. Me hubiera gustado ser como Bruce Willis en “Duro de Matar”. El tipo fracasado que tiene la mina más linda. Él vuelve todo roto y la mujer lo besa sin importarle que él está destruido, transpirado, barbudo. Ese romanticismo me encanta. De ser músico me habría gustado ser un músico popular porque ser Stravinsky no debe tener ninguna gracia, me habría gustado ser cantor de tangos: Ángel Vargas, en la época en que tenía todas las minas.

¿Sentís que escribir le da un sentido a las cosas que te pasaron en la vida?
Cuando estoy mal me aferro a esa idea. También me aferré a mis hijos para recuperarme. Pero cuando estoy bien no creo que lo que le da sentido a mi vida sean mis hijos o la escritura. Lo que le da sentido a mi vida es la vida misma.

                                                                                                                                           Inés Garland