30 may. 2011

Papeles inesperados de José Campus

Estoy en San Juan. Estoy en la casa de los padres de mi querida Paula Herrera (la artista cachorro, ¿recuerdan?). Bueno, está enorme, no saben. Y siempre hermosa.
No puedo dormir a la noche y por más que lo intento me despierto una vez más. Hoy es claro lo que no me deja dormir, y bueno, son las 02:58 y arriba.
Es que hace unas horas nomás, luego de un paseo en auto, le pedí a mi amiga Claudia (la mamá de Paulita), que me llevara a la casa de la viuda de mi José Campus, allá, casi Chimba. No sabíamos si la íbamos a encontrar. Domingo, e imaginaba yo: día de cementerio o día de visita de su hijo que está internado.
Pero no, estaba. Golpeamos y cuando le dije quién era sus gritos de alegría me llegaron al alma. Nos llegaron, a mí y a Claudia quién, por suerte, habitualmente la visita.
Tomamos mate y hablamos de José, más vale. No le dije lo del disco y lo del tema que le dedicamos con Gabo porque no tenía disco para dejarle. Mate tras mate (rito lento porque Marina lava cada vez la bombilla con un chorro de agua caliente y un trapito) fuimos agotando llantos y suspiros. Hasta que ella se levantó y me dijo, "esto es lo último que escribió Pepe, estaba en su taller", y me alcanzó dos poemas manuscritos. Se los pasé a computadora y me imprimí una copia. Le pedí permiso para publicarlos acá y se los dejo, dos días antes de mi cumpleaños, como un regalo de la vida, para ustedes y para mí.
Mañana voy a dormir a la casa de ella, para el martes acompañarla temprano a hacer el DNI (debe mudarse a Córdoba, por la salud de su hijo y necesita renovar el documento) y luego vamos a ir al cementerio. Mañana, también, reuniré todos los inéditos para encarar el proyecto de una nueva publicación de José Campus Deleuchi. Disfruten, y sepan que me llevo unos 25 libros para vender (reserven rápido: son los últimos hasta que reeditemos). Bueno, van a ser 23, porque uno es de regalo para Belén, por iluminarme en estos días pasados y supongo, ojalá, en los por venir, y otro, más vale, para el arcángel Gabo Ferro.
Los poemas no tenían nombre, así que los enumeraré (el segundo es precioso).

Poema I 

y mi tiempo
juntos
en mis manos

una realidad
después
un sueño
sin horarios


Poema I I

tal vez
eran los dos
apenas         una sombra
desde el principio

los ángeles
temprano los dejaron
caminar hacia el fin de la esperanza

soledad anidó en sus manos
poco a poco en la distancia
ni mínima luz
innecesaria guía en el camino
todo gris de siempre
se volvió negro
sólo una voz desde el desierto
llamó
para darles la única realidad de la 
                                                 existencia

25 may. 2011

El patriota

hoy
25 de mayo
cumplirías un año más
padre
perdí la cuenta desde que moriste
pero sería un año más
que mamá

no podía dormir y me levanté
otra vez
si, ya sé: no hay que comer carne
de noche

pero es otra cosa
viejo
otra cosa

quería decirte lo que entendí:
entendí que gracias
a que pude escribir
ese libro que a veces me parece demasiado
duro
es que puedo recordarte
en paz

la piel morena
los ojos claros
hechos para no encandilarse
cuando se pone el sol
allá en el horizonte del mar
mediterráneo

ese recuerdo quiero
hoy
y ese recuerdo tengo
para darte

feliz cumpleaños
padre
donde quiera
que te haya tocado
eternar

24 may. 2011

La realidad de mi ficción


Muchas veces pienso que escribir me rescató de la peor soledad, de esa soledad que yo tenía pero en la cual yo no me tenía. A ver… rescató mi compañía, me rescató a mí como compañía propia, como compañía de mí mismo.
     Durante mucho tiempo viví en una soledad abrumadora, triste, patética, lastimera, esa de los primeros tiempos de divorciado que a mí me duró muchos años, porque las cosas se me complicaron un poco (la taba en esa época parecía cargada, y caía siempre del lado perdedor). Tenía dos ex-mujeres que habían convertido a mis hijos en ex-hijos, también. Vivía lleno de rencor. No podía ver a mis hijos porque la falta de trabajo me impedía pagar y de la misma manera que sin dinero no hay amor, sin dinero no hay hijos. La falta de trabajo, en el lugar que yo nací, acarrea la falta de dinero que acarrea la falta de un lugar decente donde dormir y comer un plato de algo caliente que acarrea las ganas de volarse la cabeza con una 45 o con veinte gramos de lo que sea o con el culo de una prostituta gorda que sólo pida caricia de amor y nos haga un lugar entre sus enormes tetas. El resultado de todo eso: yo
     Y la solución que se me ocurrió fue peor que el problema mismo: resentirme, y entonces fui alimentando el sentimiento de fracaso, poniéndole rama tras rama a esa hoguera de lástima sobre mí mismo hasta el punto de perder aún más de lo que había perdido. Al punto de perder la fe en mí.
     Eso, como dije, duró mucho. Quince años, para ser exactos. Soportados básicamente con alcohol, y a veces con otras cosas.

     Hubo un día, como siempre hay un día en la vida de un hombre, en que me crucé con un ángel, en el pabellón de ingreso de esa cárcel de Caseros: el viejo Mario C. que hacía una semana me tenía medio obligado a asistir a las reuniones de A.A. que organizaba él, por su cuenta, sin ayuda externa de esa institución ni de nadie. El también me había dado, dos semanas atrás, las fotocopias de El que tiene sed (novela de Abelardo Castillo), y de Don Juan de la Casa Blanca (Novela corta de Liliana Heker) diciéndome que leyera para entender de qué se trataba el dolor que hay en las dos orillas de nuestro problema.
     −¿De pasársela preso? –le pregunté.
     −No, querido, de pasársela drogado, o borracho.
     Yo le tenía respeto a Mario C., todo el mundo se lo tenía. Y luego de leer y de escucharlo una que otra vez me decidí y junté mi primera semana sin drogas ni alcohol, ahí adentro: en la cárcel. Por él, como para que sintiera, no sé, orgullo de mí. Hasta que una noche en que me sentía desesperado, claustrofóbico, me sentí también desamparado por él. Yo lo tenía loco, le ocupaba más de su tiempo que cualquiera. Pensaba que decir toda la perorata de mis sentimientos era lo que me iba a ayudar a estar mejor, o al menos, a pasar el tiempo más rápido. Y estaba meta hablarle desde mi celda al silencio oscuro del pasillo, donde a él lo dejaban estar para que escuchara las confesiones de los que estábamos más necesitados, cuando, harto de mis lamentos, me dijo las palabras mágicas:
     –¿Y porqué no lo escribís?
     Recuerdo que primero me enojé, porque tanto me había insistido para que le contara (a él y al grupo de ayuda que dirigía él) lo que me andaba pasando y ¿ahora me decía que lo escriba? ¿Llevaba recién una semana sobrio y ya se había hinchado las pelotas de mí? Algo así le dije, pero creo que con palabras más fuertes. Y el viejo largó una risita, dos toses secas de tabaco y me lo dijo otra vez, pero de otra manera:
     −Escirbimeló, no seas boludo –me dijo−, que yo lo leo. Hablando sos insoportable, y yo no soy tu vieja para quedarme acá aguantando tu lloriqueos de auto-compasión.
     Y no es que me puse a escribir enseguida. Pero la puñalada se fue infestando, y tiempo después, en circunstancias distintas pero parecidas, me compré la máquina de escribir.
     Fue con el primer sueldo, dos meses después de haber salido de la cárcel. Llegué a la pensión de noche y recuerdo con cuánta ilusión la abrí. Recuerdo exactamente la manera en que puse la hoja, esa primera hoja, de un block que había venido de regalo junto con la máquina, amarillenta, gruesa, áspera. Preciosa. La máquina era nueva, de esas de plástico y hojalata que se siguen haciendo en china (se seguían, acaban de cerrar la última fábrica). Y no me iba a durar mucho tiempo. A esa primera máquina no le andaba el número seis, por eso hoy les saco a mis máquinas de escribir el número seis. También a los teclados de PC que uso a veces para escribir y siempre para corregir mis textos.
     Creo que esa noche no escribí nada, de eso sí que no me acuerdo, pero podría decir que no escribí nada. Pero fue nomás poner la hoja en la máquina y saber que yo podía, en esa pieza de pensión y a partir de ese momento, hacer lo que quisiera en esa hoja, podía ser quien quisiera, podía odiar mucho más a los que odiaba, podía amar mucho más a los que amaba, podía triunfar en el odio y en el amor. Podía escribir sobre la realidad y modificarla en todos los lugares en que no me gusta, o en los lugares en que me sentía traicionado por ella. Podía usar la imaginación de esa manera que me parece a mí más refinada que la de inventar monstruos y magos  o copiar y pegar de un blog o de otros libros: la imaginación que se afina para perforar la superficie de las cosas, esa imaginación. Que enfrenta el desafío mayor de, ahora sí, recortar y reinventar esos espacios de tiempo que separaban dos momentos de la vida que deberían haber estado juntos. Que inventa contexto y recién luego se convierte en texto. Coser, bordar, unir, el texto y mi vida. El texto: mi vida. Hacer de esa realidad una nueva realidad. Y crear un personaje que se separe de mí y viva en esa nueva realidad y que sea también mi compañía. Cuando pude animarme a hacerlo encendí la llama de otra hoguera.
     Fue un principio, muy primario, muy imperfecto, y eso también lo superé. Tiempo después me di cuenta de que, más que el personaje, la historia era mi compañía. Y me dediqué a verlo de esa manera hasta que también lo superé, con el tiempo. Y más tiempo, y más tiempo. Y lo que me pasa ahora es que siento que el lenguaje escrito es mi compañía. Que escribir una palabra tras otra aventurándome en una nueva manera de concebir el lenguaje es lo que necesito para que crezca mi dignidad, para que, poco a poco, vaya naciendo un verdadero Pablo, más real, más noble, más valioso. Necesito escribir, cada vez, como si nunca hubiera escrito. Eso se puede ver en mis cinco libros publicados y se va a ver en un sexto y un séptimo, cuando edite las historias que acabo de terminar. Y espero se vea siempre. Creo que el día que no pueda encontrar una nueva manera de contar, un nuevo lenguaje que me haga compañía, que sea mi aventura y mi compañía al mismo tiempo, creo que ese día sin lugar a dudas voy a dejar de escribir para finalmente hacer eso que tanto me gusta y que me sale tan mal que es tocar la trompeta.
     Con respecto a la juventud, a la estética, a la experimentación, al estilo creo que son, si no tienen el contexto de la necesidad espiritual de quien escribe, sólo palabras. Sólo masitas para la hora del té. En palabras de un perro viejo:

                                                                             Alguna gente es joven
                                                                             Y nada más
                                                                             Alguna gente es vieja
                                                                             Y nada más
                                                                             En el medio están los otros


17 may. 2011

Presentación de la trilogía en la UNQ

La dirección de la UNQ es Roque Sáenz Peña 352, a cuatro cuadras de la estación de Bernal (se puede llegar en tren, con el 85, con el 98, con el 159, con el 22...), y muy cerca de la bajada Bernal de la Autopista.

15 may. 2011

Cansado de gritar por Cris

Acá manda Cristina Fernández de Kirchner
y si no te gusta navegá hasta punta, ¿viste?.

Pido a los trabajadores argentinos:
VAMOS A BANCARLA DE VERDAD
VAMOS, ¿VIERON CÓMO LO PIDIÓ?
VAMOS, ¿VIERON LA INMENSA HUMANIDAD DE SU PRESIDENTE?
VAMOS QUE SI SE NOS CAE ESTA MUJER NOS QUEDAMOS HUÉRFANOS
VAMOS LOCO VAMOS


"Ni extorsión, ni explotación"
 Ni olvido ni perdón, también, porque "este no es un gobierno neutral" "Este es un gobierno de los trabajadores pero debemos llegar a los otros sectores, también"

Querida Cristina, querida Presidente:
Yo sólo quiero agradecerte las palabras de estos días, el amoroso llamado a la reflexión, el comprometido y serio pedido de contexto adecuado para que seas una vez más candidata, para que seas una vez más quién siga liderando nuestra lucha por el país que los argentinos de buena voluntad queremos para nuestros hijos.
Escuché a tantos.
Soporté a tantos... (a algunos hasta los voté)
que ahora escucharte, gozarte, tenerte, llenarme los ojos de lágrimas frente a una radio o al televisor, hinchar el pecho y tener ganas de tocarle el timbre a mis vecinos para preguntarles ¿la viste? ¿la escuchaste? No es uruguaya, ni brasilera, ni boliviana, ni cubana, ni venezolana. es de acá, y creo que es la mejor de todos, de todos los presidentes del mundo. Y es de acá, la votamos nosotros, y si le presentamos las garantías y el contexto adecuado, la vamos a volver a votar porque se presenta otra vez.
Hay que apoyarla de verdad, muchachos, de verdad, compañeros. No sólo con palabras. Desenmascarando a los sindicalistas offshore. Los de De Narvaez, los que fueron creados con fines distintos, contrarios a la gloriosa historia de la lucha sindical argentina.
Más que nunca no le crean a los diarios ni a los noticieros.
¡Miren 678 y a la mierda!
¡o TVR!
o no miren nada
mírenla a ella, loco. MI-REN-LA
Si no ven lo que veo yo (lo que vemos la mayoría) son unos pelotudos, o son unos cagadores. Pero es peor ser pelotudo. OJO AL PIOJO. A LOS PIOJOS. A LOS PIOJOSOS.
Los que aún huelen a bosta siguen agazapados, acechando desde sus cuevas inmundas. Aunque ahora las tengan en Borges al 1500

"Cuando un sindicato se preocupa sólo de sus afiliados sin importarle el daño que le pueda hacer al resto de la sociedad, no es un sindicato, es una corporación"
¡Mamma mía!, cuánto hace que lo siento y lo pienso, y vos usaste las palabras exactas, humildes pero firmes. A nadie ofende tu verdad Cristina. Sólo a los cizañeros.
No falta nada en la argentina hoy, sólo le falta vergüenza a unos pocos, a esos pocos pero peligrosos trolls. 
GORILAS DE MIERDA

Yo no soy un escritor neutral. Yo te banco a muerte Cris. Además cada día, disculpame el atrevimiento, estás más buena, mi amor.

13 may. 2011

La fría oscuridad del universo

Queridos, comparto esta noticia: el 1 de noviembre estará en librerías mi segundo libro de cuentos: La fría oscuridad del universo
Son, en realidad, 16 cuentos y 3 poemas. Saldrá, por suerte, por la editorial Alfaguara. Editado y revisado por mi querida Julia Saltzman, y con las valiosísimas lecturas críticas de Inés Gardland y Marcelo Caruso, dos escritores de mi más alta valoración.
Lo comparto con ustedes y los invitaré, a su debido tiempo, a la presentación.
Saludos, pablo.

10 may. 2011

Pier Paolo Pasolini

de los diarios 1945-47

Entre picos soleados y el silencio
habitual de la cándida campaña
cuido una soledad mortal
en la mortal mañana; que desde siempre
enceguece con su luz estos campos.
Pero en esa monótona luz (¿o sueño?)
corre un hilo de viento: y arde el oro
entre las frondas de remotos fresnos.
¿Y yo qué espero? Nada que no sea
en este espacio abierto al que me vuelvo,
este largo desierto, esta luz fuera
de mí, todo mi sueño, no más lejos
del horizonte... Todo calla.
¿Un niño grita o sueño?, grita o canta,
grita en los mudos campos, estoy vivo,
un  niño grita.

7 may. 2011

Chet Baker: lo fugaz y lo eterno

     My funny Valentine

     Voy a seguir, este mes, con otro icono, otro músico de jazz que ha trascendido al género y, al igual que Coltrane, alcanzó el nivel de popularidad de una estrella de rock. Parecería ser que la fama casi siempre se logra por aspectos ajenos o, al menos secundarios, del arte en sí de determinados artistas. Cuántas veces escuchamos a muchas personas (y hablo de músicos, escritores, personas de la cultura) decir: “me mata la voz quebrada de Billie Holiday, me mata el trágico destino de Jaco Pastorius o de Charlie Parker”. Esas mismas personas que dicen y escriben eso muy pocas veces se sintieron conmovidas por la temprana muerte de quien haya sido, tal vez, el máximo genio que dio el rock: Frank Zappa. Frank Zappa cometió un error: morirse de una enfermedad común y corriente, morirse de cáncer. Chet Baker le debe gran parte de su fama a las dificultades de su vida, a la soledad, a las drogas, al alcohol, etc., es decir, a lo que hacía cuando no tocaba la trompeta. En este espacio de el músico del mes vamos a hablar de algo muy aburrido: Chet Baker tocando la trompeta.
      Chet tuvo dos etapas diferentes en su carrera, marcadas por un break que, según se cuenta, duró al menos seis años, durante los cuales no tocó ni una nota. Creo que entre otras cosas sobrevivió vendiendo gasolina en una estación de servicio. No lo tengo muy claro pero me parece que fue Dizzy Gillespie el que lo ayudó a que volviera a tocar. Era tan sólo prestarle el dinero para que pudiera hacerse una dentadura postiza. Se dice que había perdido sus dientes en manos de unos matones a quienes les debía dinero. No sé si la historia es verdad pero suena lógica, tampoco sé si el buen samaritano fue Dizzy pero suena lógico pensar que de ninguna manera podrían haber sido Mulligan o Davis, a estos dos no les importaba nadie fuera de sí mismos.
      Chet Baker no se destacó por componer (de hecho creo que formalmente no componía). Pero logró, tan solo tocando y cantando, los más clásicos estándar, un lenguaje musical tan propio y refinado que puede compararse, sin pudor alguno, al de las grandes partituras del siglo.

      En ese primer tiempo lo tuvo todo: juventud, belleza, talento, dinero, fama, droga y mujeres. Con su lirismo y su voz acaramelada y triste, enamoró a toda una generación, y si bien hubiera podido detenerse ahí y disfrutarlo, continuó buscando lo que un artista verdadero debe buscar: el fantasma, el dios vivo y verdadero que lo aleje definitivamente de la muerte. Quien no busca a Dios no es un artista, quien no teme a la muerte no puede tocar como Chet Baker. Empezó como James Dean y terminó como Jack Palace. Ése fue el precio que le tocó pagar para ser, hoy, a mi gusto, el arquetipo no sólo del trompetista, sino del músico del jazz.
      Con un registro mesurado (jamás, creo, tocó una nota por encima del do agudo), con un fraseo clásico y frases encadenadas y melodiosas, supo construir un universo personal y sincero, y lejos de hacer música para la historia, hizo música para la vida, para su vida y la vida de sus contemporáneos. Chet Baker tocó con belleza, comprometido tan sólo con la belleza y su revolución radica en que en un mundo que mide el arte en función de la historia del arte y no del valor artístico, de la obra de un artista, logró entrar por el costado más puro. Quiero decir lo siguiente: no puede hablarse de un antes y un después de Chet Baker, pero tampoco puede hablarse de que hubo o habrá otro Chet Baker.

       Su revolución fue pasiva, porque lo que él vino a hacer es recordarle a los músicos que se toca música para los demás, que al igual que la literatura, la música es, o debe ser, el ejercicio de una libertad sobre otra libertad. Y que la manera más segura de respetar a los demás es respetarse a sí mismo. Muchas veces me pregunto por qué lo bueno es bueno, qué hace que algo sea bueno, sea verdadero, en definitiva, hasta qué punto puedo asegurar, por ejemplo, que una obra musical o literaria (hablo de esto porque son casi las únicas ramas de arte que me interesan) es una obra de arte. No lo sé. O en realidad lo que quiero decir es que no podría definirlo. Tengo una sola manera de asegurar eso: lo digo yo y listo, porque yo soy un artista y el precio que pago por ello es demasiado alto para tener que explicar por qué y cómo es que sé que llevo en el alma lo que llevo en el alma.
     Yo toco la trompeta, por supuesto que decir esto es casi una metáfora, pero lo que toco me alcanza para saber de qué se trata el instrumento, lo tirano y delicado que es, lo azaroso e inalcanzable que por momentos se torna un sonido firme, un sonido afinado, un sonido estético y elegante. Chet afinaba un poco bajo el registro, y llegaba a la nota arañando, dándole así a su sonido, una melancolía humana. Chet parece hablar cuando toca y cuando habla o canta, parece tocar. Es lo mismo en él su voz que la voz de su trompeta. Y esa comunión de su voz con su instrumento es lo que le da esa tan buscada “originalidad” de sonido. Lo hace inigualable porque es inigualable. Osea: no se puede tocar como Chet porque habría que ser Chet. No es una cuestión técnica, es una cuestión existencial. En la realidad cultural de los tiempos que corren, un músico estaría más preocupado de que su solo entre en un vídeo de Youtube que en el corazón de quien lo escucha. De la misma manera en la que muchas veces escritores jóvenes (y de más de uno puedo asegurarlo porque lo viví de primera mano) escriben contando los caracteres que le permitirán no sólo jactarse de que el futuro NO les pertenece, sino también de que los hayan publicado. Chet tocó la trompeta. Y además de eso, tocó la trompeta.

      Consumió toda su vida 10 gramos de cocaína, más 10 gramos de heroína por día. Así lo cuenta él en su libro Como si Tuviera Alas, unas páginas autobiográficas escritas con una prosa envidiable, Dios mio, menos mal que no se le ocurrió escribir. Yo me pregunto: con tanta droga ¿cómo hacía para tocar? Escuchen y miren con atención el vídeo, pertenece a la segunda etapa, a la etapa Jack Palace, la etapa, a mi gusto, más introspectiva de Chet, más íntima e interesante, la etapa de la revancha, la revancha de un viejo arrugado, con dentadura postiza y alma de primer arcángel de Dios.
      Perdonen porque el solo de piano está cortado, pero es porque pasa los diez minutos. Pero escuchen a Chet: esta es la mejor versión de My Funny Valentine que yo haya escuchado en mi vida. Escuchen cómo lo canta, cómo lo afina imitando a la trompeta, osea, llegando desde abajo a arañar la nota, tratando, para mí, de reforzar con la voz el vínculo de hálito que lo une a su instrumento. Están en Japón, y Chet está muy cerca del final. Un final del que se hablaron muchas pavadas, y que acaba de quedar demostrado que fueron solo eso, pavadas. Se dice, entre otras cosas, que de estar tan mal por el consumo de drogas terminó tirándose por el balcón de un hotel. Es mentira, lo que en verdad pasó, lo cuenta uno de los músicos, es que en una de sus locuras se fue de ese hotel tras discutir con el dueño y cuando se dio cuenta de que se había olvidado la trompeta, por orgullo a no volver a verle la cara al tipo, comenzó a trepar por la fachada del edificio. Al llegar al cuarto piso cayó al vacío. No quiero decir con esto que no murió a causa de las drogas, mucha gente cree que la droga mata sólo de sobredosis o incitando al suicidio. Las drogas también incitan a la estupidez, nos hacen creer que acciones tan absurdas como trepar un edificio son naturales y lógicas, pero por supuesto, repito, a la reinante clase intelectual de corte hollywoodense a la cual pertenecemos esto no le suena tan poético como la sobredosis.
      Nadie, a menos que esté en un estado físico impecable, puede tocar la trompeta con el sonido que van a escuchar, mucho menos puede tocar una frase tan larga como la que van a escuchar en el medio del solo. El sonido de Chet es netamente trompetístico, no es el fru-fru impotente con que muchos desatentos intentan imitarlo, no disfraza de clarinete a la trompeta, la toca como un trompetista, con toda la potencia y la virilidad que el instrumento exige, en un espectro suficiente, que va desde sus extraordinarias notas bajas hasta el último intervalo que su lenguaje le pide. Haciendo música hasta de los traspiés, convirtiendo de esa manera lo fugaz en eterno.
      El solo que van a oír es memorable, la dinámica que desarrolla, cómo, lentamente, va buscando una línea melódica que seguir y a medida que la encuentra la explota y la exprime hasta agotarla, es la consecuencia de alguien que toca más allá de la técnica, en un balance perfecto de cuerpo, mente y alma. La frase larga de la cual les hablé anteriormente, es casi imposible de improvisar, es casi imposible de inventar en el momento. Creo que Chet encuentra en este solo algo de lo que vino a buscar a este mundo.
      Se dice que el arcángel Gabriel toca la trompeta, siempre me gustó ese nombre y ese ángel por el simple hecho de que es un trompetista. Yo pienso que ahora que Chet se sumó al mismo cielo donde seguro están Louis Armstrong y Clifford Brown, va a ser posible (ya que Dios, amante del jazz y de la trompeta, tiene quien le endulce el oído) que pueda tomarse al fin sus postergadas vacaciones.