22 feb. 2011

A pedido de los alumnos que no viven en Bs. As.

Va el "famoso" ejercicio de diálogo. Son 6 etapas y las preguntas las hacen mediante "coments" y por ese medio las respondo.
Los que lo hacen conmigo abstenerse, plís, que no me sobra el tiempo. Esto es gratis y para todos los que quieran y no puedan pagar clases o no puedan llegar hasta talleres o lo que sean (estén en manicomios o en cana). Recomiendo leer el cuento de Hemingway, está en internet. Lean atentamente lo que propongo, es largo de leer y por lo tanto va a quedar largo acá en el blog, pero es así. Este no es un blog para los que no les gusta leer, para eso hay otros.
Los que no lo saben, yo diseñé este ejercicio para escribir los diálogos de Andrea y Gabriel en LA LEY DE LA FEROCIDAD, y me dio resultado: hacerlo así.
Las etapas siguientes serán dadas los últimos días de cada mes. Son más cortas y más divertidas.
Bueno, acá abajo va. Buena suerte

DIALOGO ETAPA I

Uno
El ejercicio propone una manera particular y bastante conducida, en principio, de escribir un diálogo como primer paso para la escritura de un cuento. Hay que tener en cuenta ciertos aspectos teóricos, una situación de conflicto (que en este caso va a ser dada por mí pero que puede reemplazarse sin que esto perjudique al ejercicio) para desarrollar dicho diálogo y una forma particular (por etapas) de llevar a cabo el ejercicio.

Algo importante es que iremos de la máxima prohibición a la máxima libertad posible.

Dos: Algunas aspectos teóricos
Cualquier escritor tiene una voz narrativa media, tanto en primera o tercera persona. El hecho de introducir un diálogo es, en medio de esa cadencia particular, un acto violento, casi un asunto de otra índole. Ya que, en medio del ensueño continuo de nuestra voz narrativa media, hacemos irrumpir una voz extraña: la voz de uno de nuestros personajes.

Para tener una clara dimensión de lo que acá se dice, hay que tener en cuenta que si bien un personaje es un ego experimental (y por lo tanto artificial), conviene que lo tratemos como a uno real, o sea, como a alguien a quien le debemos respeto.

Lo que en rigor sucede en realidad cuando construimos un diálogo es que nosotros nos desdoblamos en dos o más personajes. Pero como tenemos claro lo que queremos decir, usamos a esos personajes como títeres para que entre ellos, disimuladamente, armen los fragmentos de lo que será nuestro discurso personal acerca de. Esto es un error terrible. Ese artificio casi siempre se nota y espanta al lector, y con razón. Este ejercicio va a intentar destruir nuestro yo (escritor) y construir un yo para cada uno de nuestros personajes tal cual lo podría hacer un buen actor de teatro. Sin olvidarse que, en definitiva, se trata de actuar. Pero se trata de actuar bien.

Recuerden lo que le dijo Laurence Olivier a Dustin Hoffman, se encontraron no sé en dónde y el protagonista de Midnight Cowboy le contó que para sacar ese caminar tan extraño de su personaje se llenó de piedritas en los zapatos y terminó con los pies destrozados y sufriendo como un mártir durante los sets de grabación. A lo que el gran actor inglés le respondió “¿Y por qué no actuó, hijo mío?

***

Un texto literario tiene al menos dos partes bien demarcadas: el indirecto libre, que es la voz del narrador (en todas sus variantes de tiempo y tono que ésta necesite adoptar). Y la voz directa, que es la voz propia de nuestro personaje durante el diálogo y a veces el monólogo interior.

Es importante comprender que no es arbitraria la elección de uso de una u otra, sino que debe partir de una necesidad profunda. De la sapiencia de que “al revés no funcionaría”. Pienso que debemos hacer hablar a nuestros personajes sólo cuando al intentar contarlo de otra manera el texto perdiera fuerza, o cayera en una pesada explicación y se diluyera como un cubo de sal en la inmensidad del océano, o sea, sin pena ni gloria.

He diseñado una herramienta sencilla para medir el nivel de profundidad o interés de un diálogo entre al menos dos personajes. Y vamos a usarlo en este ejercicio cada vez que yo indique hacerlo en los pasos subsiguientes a esta introducción.

Para saber si un diálogo es lo suficientemente valioso como para ponerlo en nuestro cuento o novela podemos pasarlo mentalmente al indirecto libre. Si este paso no me produce mayores complicaciones es posible que ese diálogo sea de segunda categoría, que sea un diálogo chato, que no diga nada más que lo que en rigor dice, que no tenga mar de fondo, que sólo sea lo que se ve y nada más. Algo así como un iceberg de telgopor flotando a merced del viento: mucha alharaca y nada por debajo, nada que temer, nada de lo cual cuidarse ni por lo que preocuparse. Hasta el lector más sensible golpearía contra él sin siquiera acusar recibo.
Ejemplo de un posible mal diálogo:

–Hola, ¿cómo estás? –dijo él.

–Un poco cansada –le contestó ella.

Si yo lo pasara al indirecto libre no me causaría mayor dificultad. Ni gramatical, ni semántica, ni se perdería información ni quedarían licuadas tales o cuales emociones:  “Él la saludó y le preguntó cómo estaba. Y ella le contestó que un poco cansada”.

Ejemplo de un excelente diálogo:

–Está bien –dijo el hombre–. ¿Qué decidiste?

–No –contestó la muchacha–. No puedo.

En este caso (extraído de "El mar cambia", de Hemingway), lo que obtendríamos al pasar este diálogo al indirecto libre no es bueno: “El hombre le dijo que estaba bien y le preguntó qué había decidido, a lo que la muchacha le contestó que no, que no podía”. La sensación es que el indirecto libre patina, y que necesitaríamos explicar muchas cosas en el campo de lo informativo y de lo emotivo también para lograr un efecto similar, tan sólo similar pero siempre inferior, al que logramos con la voz directa.

Fíjense que ese Está bien que dice el hombre parece más la respuesta exteriorizada al pasar, o sea, sin querer, de un monólogo interior que lo viene torturando. Es como un “Está bien, se lo digo”; “Está bien, vamos al grano”, o algo así. Y la respuesta de ella, lejos de ser una rigurosa respuesta, está doblada, vencida, obligada por la gravedad de su propio mar de fondo y deriva en un tímido No, primero; y en un contundente y semi explicativo, No puedo, después.

Pienso que Hemingway, nuevamente, elige bien. Pienso que Hemingway casi siempre elige bien. Pero ese es otro tema. Sería muy bueno que analizaran los ejemplos y que buscaran otros.

Tres: el ejercicio en sí. Etapa 1/6

Conflicto a desarrollar en el diálogo:
Para la escritura de nuestro diálogo, planteo una interpretación libre de la situación desarrollada por Hemingway en su cuento “El mar cambia”. No obstante, la situación puede ser reemplazada por dos personajes de un cuento propio. En este último caso se deberá escribir aparte cuál es dicha situación y el perfil completo de los personajes que en ella actúen.

 Situación dada: una joven pareja dialoga en un bar. Ella ha sido invitada por otra mujer a pasar una noche en un barco, a navegar de noche. No se sabe bien qué puede pasar a bordo. Pero él conoce a la otra mujer, y sabe que sus intenciones son sexuales, y ha descubierto que, de alguna manera, a ella (la mujer que tienen enfrente, la mujer que, también ha descubierto en ese instante, ama) le ha despertado al menos curiosidad el estar con otra mujer.

 Perfil de él: 30 años, profesor universitario de filosofía que ha sido un estudiante brillante. Muy atractivo. Siempre profesó el “amor libre” desde un plano ideológico, nunca personal. Ahora sale con la alumna que está con él en el bar y por más que ha esquivado siempre sentir que la amaba ese sentimiento creció, pese a todo: pese a él mismo y es ahora incontenible. Aunque no está dispuesto a reconocerlo, no puede soportar la idea de que ella se vaya en barco con otra mujer pero tampoco se lo puede decir, porque eso significaría admitir sus sentimientos y admitir que su teoría del amor libre fueron sólo palabras, una justificación de la cual siempre sacó ventaja: puro verso. Durante el diálogo, está dispuesto a manipularla para detenerla pero nunca iría al nudo del conflicto de lleno. Nunca.

 Perfil de ella: 22 años, alumna de él. Un sol de mujer (así de corta) Aceptó la propuesta de la chica de ir a pasar una noche en el barco. Si bien no sabe qué va a pasar, está dispuesta a vivir una aventura. No siente que esté haciendo algo malo. Ama a su compañero y quiere hacer lo que él siempre le dijo: tener más experiencias, etc. Durante la charla de bar ella se va a dar cuenta de que él quiere manipularla para que se quede. Esto le va a producir un doble conflicto, por un lado va a sentir por primera vez que él la quiere de verdad y se va a sentir en un lugar de poder (veamos qué hace con eso). También se va a desilusionar un poco de él, va a ver por primera vez un costado mezquino y se va a decidir más todavía a vivir esta aventura

 Lugar: un bar que él conoce. Desde el bar se ve la costa (puede ser Mar del Plata, la Costanera de Buenos Aires, Montevideo, etc).
 Época: actual.
Forma de escribir el diálogo:
Esto es lo más importante del ejercicio, ya que de esto dependerá la calidad del resultado final:
 Disponer de buena calidad de tiempo para hacer bien el ejercicio (al menos una hora por día de TOTAL tranquilidad)
 El ejercicio solamente se hace a mano. Nada de computadoras ni máquinas de escribir. Para meternos en los personajes debemos elegir lugares y objetos que nos identifiquen con ellos. Por ejemplo, tratándose de él, podemos elegir un lugar apartado de la casa como por ejemplo un estudio o un sitio específico del living; la elección de la pluma y el papel tiene que vincularse de algún modo con la idea que tengamos de este personaje, por ejemplo: hojas lisas, una lapicera de determinado estilo y color, etc. Para el caso de la mujer el procedimiento será el mismo: un sitio distinto, objetos que nos remitan a su perfil (escribir en el escritorio de una habitación; usar una lapicera distinta, más informal, más femenina, empleando hojas rayadas de un block; encender un velador, un sahumerio, etc.)
 Hacerlo aunque parezca una tontería. Ya que es una tontería muy útil.
 Si se incorporan otros elementos teatrales el ejercicio puede mejorar: ponernos zapatos distintos, cambiarnos la ropa, elegir la música, crear un clima (vale travestirse, inclusive, pero ése es el límite)

Comienzo del ejercicio
Situarnos en el lugar elegido para él. Tomamos la lapicera y escribimos “Él:” y luego de los dos puntos abrimos un paréntesis. Inmediatamente después de ese paréntesis nos largamos a escribir un monólogo interior de ese personaje en primera persona. Debemos escribir lo que ese personaje piensa, siente, desea, teme, ama, odia, de ella y esa situación en ese preciso instante, de corrido, sin hacer literatura, sin vacilar y sin corregir. Sin detenerse. Ni siquiera podemos parar y releer. Escribir verborrágicamente, al menos tres cuartos de carilla. No importa que esté bien escrito, porque cuando pensamos no es necesario que conjuguemos bien, si estamos desesperados pueden salir pensamientos como: “Es toda mía para mí” . ¡Y eso es muy válido en esta etapa del ejercicio!

Repito: este monólogo debe tener una extensión mínima de tres cuartos de carilla y en ese momento, vamos a intentar sentir la cresta de la ola de la emoción de nuestro personaje y vamos a cerrar el paréntesis y ahí mismo, inmediatamente después de haber cerrado ese paréntesis, escribimos la entrada de diálogo de él que no podrá tener más de cinco palabras. Cinco palabras como máximo. 5 (cinco) palabras o menos. No SEIS. 6 (seis) está mal. ¿ENTENDIDO?

 Hay que recordar siempre el perfil de los personajes, ya que las características dadas van a evitar que los mismos vayan al choque o nombren el conflicto abiertamente. Hay que recordar que son personas inteligentes que se aman.
Es importante insistir acerca de la naturaleza de las entradas de diálogo, que deben ser espontáneas, escritas apenas cerramos el paréntesis y que no tienen por qué ser coherentes. Por ejemplo: cerramos el paréntesis del monólogo de él y a continuación escribimos: “Los cuellos largos”. ¿? Esto es muy válido en esta etapa también.
En caso de que nos salgan más de cinco palabras en la voz directa, no debemos corregir. Simplemente después tacharemos las palabras que sobren. Recordar que en la voz directa debemos evitar ir directo al grano.
En esta etapa del ejercicio no hay nada de descripciones de lo que pasa en el bar ni nada accesorio a lo anteriormente dicho, por ejemplo, nada de esto: “dijo él mientras le hacía un gesto al mozo”. Esas cosas se sumarán en las siguientes etapas del ejercicio.
Luego de escribir lo de él nos trasladamos, sin esperar ni hacer pausas, a la parte de la casa que hayamos elegido para ella y hacemos exactamente lo mismo desde el punto de vista de ella. Aquí se emplearán los elementos elegidos para este personaje (lapicera y hojas determinadas, etc.). Y por supuesto que lo que ella piense y sienta va a ser una consecuencia directa de lo que acaba de decir él.
Una vez hecho esto, si queremos podemos descansar; si no, continuar con el segundo monólogo interior de él seguido de la segunda entrada. Lo importante es no dejar pasar tiempo entre lo que dice él y lo que responde ella.

CONTINUARÁ...
Para continuar el ejercicio, se deben llevar al Taller (o mandar por mail ESCANEADOS) los manuscritos originales, no tipearlos ni corregirlos. (para esto hay que avisarme, le voy a dar a 4 por mes, los 4 primeros)

19 feb. 2011

Kollasuyo

En quichua quiere decir algo así como lugar Kolla. Y es el sitio que ocupaban los aymara-hablantes en el imperio Inca (Pacífico de Chile y Perú, la zona oeste de Bolivia y noroeste argentino) Vivir esta epoca de carnaval, desde el desentierro hasta el entierro es algo impresionante. Es el tiempo de la albahaca y la harina, el tiempo de vivir oculto de la mirada de Dios, el tiempo del desenfreno y la libertad hasta casi el libertinaje. El tiempo de soltar las penas, de no pensar. Cada comparsa con su Cacique y su postulante a reina. Con su ritmo auténtico, nada que ver con imitaciones de los ritmos uruguayos o brasileros. Algo más elemental, más a tierra. De hecho, la tierra (Pacha) es la madre de todo, incluso del carnaval. Esto es muy fuerte acá en Salta. Salta es Kolla, eso lo saben todos, pero casi todos  tratan de olvidarlo porque esa verdad no le conviene a nadie. Son los reyes de la calle en estos fines de semana (prometo fotos la semana que viene) y son los hombres agachados en los tabacales durante el resto de los días.
    Acá una foto en mi querida Rosario de Lerma (prometo más, y prometo contarles las cosas que estamos haciendo acá, muchas, muy interesantes y en todas están invitados a participar). La comida típica, basada en el maíz. Una guagüíta hermosa (las mujeres acá son incríblemente bellas) que no me quiso decir su nombre, sólo me dijo "ese es mi tío" y señaló al chico que es el dueño del comedor "Rincón del encuentro" donde, en la foto, estamos con Gonzalito Heredia que vino a darme una mano para recuperar el único cine (hoy abandonado pero intacto) del Valle de Lerma.
   Esta es una zona tabacalera, principalmente, pero también hacen honor a la Quinua, al Maíz (por supuesto) y al ají picante. La coca para coquear se trae de Humahuaca, pero del lado boliviano, misteriosamente no crece de este lado de la frontera.
Los Aymara fueron anteriores y casi precursores de la cultura Inca. Ellos, mucho antes de la llegada del español, conocían la agricultura, y la preservación y mejora de especies (sabían, por ejemplo, que la temperatura de la tierra es más importante que la del aire para las plantas), conocían la anestesia (chicha y coca activada con Jista, una especie de ceniza de papa andina) y la crujía. Inventaron las asequias y los lagos artificiales, y el concepto de vivero o microclima. Y vivían relativamente en paz ya que conquistaban, en primera instancia, con la negociación.
El coqueo es cultural, coqueando (la hoja de coca mascada, Akulli, no es droga y es lo máximo a la hora de escribir o manejar muchos kilómetros en altura) uno se relaciona con los demás. La Jista o su sutituto moderno: el bicarbonato, se ponen en montoncito en un plato y uno debe mojarse el meñique y levantar lo que a él se quede pegado.
Sin más, les dejo la fotos y vengan al NOA argentino. La diversidad cultural es tan impresionante que uno siente que no vive en un país, si no que vive en un universo compuesto de muchos y diferentes mundos. A veces milenarios y maravillosos como el Kollasuyo.



18 feb. 2011

Aclaración importante

Queridos y queridas, el texto que publiqué abajo (Palabras preliminares) fue escrito hace más de dos años. Tranquilos que no me pasó nada. Estoy con dolores del palo de la moto, pero limpio.

15 feb. 2011

Hasta que puedas quererte solo

Queridos hermanos: gracias por tanto comentario crítico, tanto amor responsable. Gracias a ustedes me di cuenta de que esta historia del odio me estaba desviando. No vengo pasando buenos días, no tiene que ver conmigo sino con sustos que me da mi madre: la salud de mi madre.Todo está bien ahora, mi madre también, vuela el jueves a Buenos Aires,.Doy gracias a Dios.
    Borré todas las entradas que nada tenían que ver con este blog, que lo habían (me habían) desviado del objetivo de origen. Sé escuchar, aunque no responda comentarios.
Entonces me dije: ¿que puedo dar? y la respuesta es siempre la misma: lo único que tengo para darles es lo que escribo. Y entonces me acordé de un libro que le prometí primero a mi amigo Sergio Olguín, y luego a mi hada Julia Saltzman. A ninguno le cumplí, es que no puedo escribir lo que se espera que escriba, qué voy a hacer.
    Es un libro que lentamente avanza (ya lo terminaré), de crónicas de adictos en recuperación, más exactamente de los grupos de NA y AA.
    Cada vez que escribo un libro, antes de escribirlo exactamente, le hago un prólogo, una broma que luego no publico, una broma para mí que me permite enfocarme en el libro. Escribo ese prólogo como si el libro estuviese terminado y fuera de otro.
Entonces voy a compartir el prólogo de este libro que llevará, tal vez, mi mejor título: Hasta que puedas quererte solo

Algo importante.a partir de ahora este blog y mi correo publicado va a ser revisado por dos amigos. Sencillamente vana filtrar insultos y no me voy a enterar de nada. Un minuto sin escribir por estos temas, es mi verdadero fracaso.


Palabras preliminares

En noviembre de 1997, bajo el agobio de una primavera particularmente calurosa, llegué por primera vez en mi vida a un grupo de autoayuda. Recuerdo que mi mujer de entonces, la madre de mi hijo menor, me dejó en la recepción de la parroquia la Consolata, en La Paternal, y se volvió a casa para cuidar a Julio que por ese entonces era un bebé de brazos y se había quedado solo durmiendo. Me dio un beso y me deseó buena suerte.
    Yo me quedé en el hall, sin entrar del todo al pasillo que conducía a los salones donde se reunían distintas personas. No había ningún cartel y por nada del mundo me habría animado a preguntar. ¿Qué preguntar? ¿Acá es para drogadictos? Ni loco, pensé, antes me muero.
    Para distraerme me puse a ver la cartelera de actividades de la parroquia, no quería volver temprano a casa y decepcionar nuevamente a mi mujer. Ella estaba contenta, había averiguado todo y le habían dicho que los grupos de Narcóticos Anónimos eran uno de los mejores lugares para dejar de consumir cocaína. Yo la consumía junto con lo que viniera desde los dieciocho años y ya por ese entonces tenía treinta y uno. Estaba cansado, el consumo me había arrastrado por todos lo lugares habidos y por haber, desde hospitales hasta la cárcel. Más de una vez había estado a punto de perder la vida. Había perdido trabajos, amigos, matrimonios, ya casi nadie confiaba en mí y mucho menos me tomaban en serio.
    Miraba los horarios de catecismo, las misas a pedido, los horarios de secretaría y me olvidaba, como hacía siempre, de qué era lo que había ido a hacer a ese lugar. Recuerdo esa sensación, ese vacío particular, ese estar a la deriva. Quedarme horas y horas en un lugar, habiendo olvidado por completo para qué había ido. De golpe una persona, un hombre, algo más de cincuenta años, tostado de lámpara, con unas cadenas y unas pulseras enormes de oro enchapado, salió de uno de los salones y al verme se vino derecho al humo. Me saludó y me preguntó si venía para los grupos.
    Qué grupos, le contesté. Los de catecismo no, flaco, me dijo el cincuentón, y largó una carcajada que retumbó en las paredes de hospital que eran (y son) el anexo de la secretaría de esa parroquia.
    Me reí también y el tipo me pasó la mano por el hombro y me acompañó a la reunión y me presentó como el recién llegado.
    No recuerdo su nombre, no recuerdo su voz, ni si era alto, se me hace que sí, o si era gordo o flaco. Sólo el bronceado y las cadenas, sólo el final y el tono de las palabras que dijo para compartir su experiencia conmigo en el ritual común de bienvenida que se les hace a todos los que entran en esa confraternidad por primera vez.
    Entré y me quedé. Junté casi dos años limpios antes de su primera recaída. Junté casi un año limpio antes de la segunda. Y después necesité de una internación para poder parar. Junté un año y dos meses en la internación, y desde ahí pude juntar más de seis o siete meses sin volver a consumir, sobre todo alcohol (pero en cada recaída volví y volví a los grupos, y cada vez fui recibido sin juicio, con respeto, con silencio al contar el dolor absurdo de ver que siempre se tropieza con la misma piedra. Los compañeros me recordaron que yo me debía respeto, y cuando, avergonzado, cantaba mis recaídas, las palabras eran casi siempre las mismas. Estábamos enfermos. Nos descuidábamos un poco y estábamos otra vez en el horno. Esto es sólo un día a la vez, alentándome así a empezar de nuevo.
    Parece que el momento en el cual se da que tengo que comenzar a escribir este libro hubiera sido planeado. Pero no, no fue planeado. De alguna manera coincidió en forma y circunstancia con una serie de recaídas personales que volvieron a ponerme alerta, que me hicieron pensar, dos días antes de firmar el contrato por este libro, que era hora de volver a encarar el problema como la primera vez que lo encaré: en serio, con toda la voluntad (buena voluntad), que me sea posible.
    Casi siempre un adicto, un alcohólico (que son para mí muy parecidas) saben exactamente por qué vuelven a tomar. Hasta se podría decir que en secreto, su mente lo planea, y él o ella, va concediendo terreno a una idea que crece como un árbol podrido. Y si en un principio ese crecimiento da la impresión de estar bajo control, rápidamente ese control ilusorio o esa ilusión de control (parte de la trampa, parte del autoengaño del adicto), se convierte en una energía ingobernable y letal.
    Más o menos rápido según las personas, según las circunstancias, pero igual de feroz al final del trayecto. Todos los adictos sabemos como empezamos, ninguno de nosotros sabe cómo ni cuando va a terminar. Por eso me parece necesario empezar este libro así, porque el libro va a hablar de personas que como yo, luchan día a día para seguir adelante.
    Que amanecen agradeciendo, sencillamente por el hecho de estar limpios, abstinentes. Un adicto que no consume por 24 hs son 24 hs de milagros ininterrumpidos, es un número contra todos los pronósticos, algo fuera de lo normal, algo que se mantiene a flote pese a tener todas las características dadas para el hundimiento.
    Y de estas personas va a hablar este libro y esas mismas personas van a hablar en este libro. Las que se recuperan, las que rompieron las reglas y torcieron el destino y terminaron con el mito de que adicto se es para siempre.
    Escribo estas palabras y la máquina de escribir apenas me responde. Tengo las manos endurecidas. Hace unas horas me gasté el dinero destinado a la cuota alimentaria de mi hijo menor en quince gramos de cocaína y una botella de medio litro de whisky, y hace unos minutos nomás que terminé de tomarme todo. Estoy torpe mental y físicamente, y quiero dejar registro de esta torpeza, que es un verdadero fondo al cual llegué. Pienso ahora, y lo sé, que estoy muy cerca de volver a arruinarme la vida. Mi mujer se mudó a la casa de unos amigos. Hace dos noches ya, y es lo mejor que pudo haber hecho; al menos sé que esta vez estoy con una mujer normal que no se queda a repartir trompadas, que se corre y me habla al otro día con tranquilidad, tratando de llamarme a la razón. Que escribir no alcanza, que lo que tengo es algo serio, que necesito ayuda, que vuelva a intentar con lo que me dio resultado una vez, ese tipo de cosas. Y ese tipo de cosas que pueden parecer pensamientos tan obvios para cualquier persona es lo que yo necesito oír. Porque la gente como yo abandona las cosas cuando le están saliendo bien, y abandona, por supuesto, los tratamientos que le están saliendo bien.
    Escucho música y escribo, supongo que voy a escribir toda la noche y supongo que este prólogo o esta confesión, como quieran llamarlo, desde ahora va a atravesar el libro o ser parte importante de él. Porque se me acaba de ocurrir que sería valioso llevar un registro de cómo evoluciona mi nueva recuperación, y de qué manera se van dando mis días mientras grabo y desgrabo las historias de otros adictos, mientras escucho de logros y recaídas, mientras recorro grupos, fundaciones, cárceles, hospitales y todo lugar donde un ser humano esté luchando por seguir siendo un ser y por seguir siendo humano. Mientras comparto el despertar de los recién llegados que descubren con alivio la palabra enfermedad, palabra que puede ser temida por muchas personas pero que el día que nosotros la escuchamos respiramos con alivio. Porque nos sentíamos deficientes morales, seres perversos que sufrían y hacían sufrir a los demás, hasta ese día, el primer día en que escuchamos que estábamos enfermos, y que la enfermedad se podía tratar, y que el consumo compulsivo podía parar, y escuchábamos a esos compañeros que hablaban de tres cuatro cinco diez quince años sin drogas ni alcohol, ¿años sin drogas ni alcohol? ¿Cómo es eso? La vida sin drogas ni alcohol era imposible, aburrida sin sentido, mejor morir, mejor seguir igual, mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. ¿Cómo es eso? Mejor sufrir que disfrutar de la vida sin drogas ni alcohol. Así de grande es el problema, así de sutil la locura, así de incurable la enfermedad que doblega al adicto que no conoce la recuperación.
    Este libro pretende ser un homenaje a los que me mostraron el camino y a los que siempre están ahí cuando los necesito, un homenaje a su dolor y a su coraje, pero sobre todo pretende, y me hago cargo del romanticismo o lo que sea que esto implique, ser un mensaje de esperanza para el que todavía está sufriendo: el adicto o el alcohólico que no puede parar de consumir.
    Ah, ahora sí, no es que me haya olvidado, es que a propósito las quise dejar para el final. Las Palabras que me dijo el compañero cincuentón, ese que el azar quiso que yo nunca vuelva a ver, ese del cual no recuerdo casi nada. Excepto el bronceado y el oro falsos. Pase lo que pase vos vení, me dijo, que acá te vamos a querer, hasta que puedas quererte solo.