10 oct. 2011

La realidad de mi ficción


“Anotar lo que sé tanto como lo que espero saber. Describir mi sed de alcohol que comienza a las nueve de la mañana, y que a las once y media ya escapa a todo control. Describir la humillación de beber furtivamente y el sabor amargo de la ginebra; escribir sobre el peso del desaliento y la desesperación; escribir sobre los terrores sin nombre; escribir sobre los penosos ataques de la ansiedad infundada; escribir sobre el horror al fracaso. El esfuerzo por recuperar el aguzamiento de las sensaciones, la sensación de que se ha corrompido un margen de esperanza” (John Cheever, Diarios)

Muchas veces pienso que escribir me rescató de la peor soledad, de esa soledad que yo tenía pero en la cual yo no me tenía. A ver… rescató mi compañía, me rescató a mí como compañía propia, como compañía de mí mismo.
     Durante mucho tiempo viví en una soledad abrumadora, triste, patética, lastimera, esa de los primeros tiempos de divorciado a mí duró muchos años, porque las cosas se me complicaron un poco (la moneda en esa época parecía cargada, y caía siempre del lado perdedor). Tenía dos ex mujeres que habían convertido a mis hijos en ex hijos, también. Vivía rodeado de rencor. No podía ver a mis hijos porque la falta de trabajo me lo impedía. La falta de trabajo, en donde yo vengo, acarrea la falta de dinero que acarrea la falta de un lugar decente donde dormir y comer un plato de algo caliente que acarrea las ganas de volarse la cabeza con una 45 o con veinte gramos de lo que sea o con el culo de una prostituta gorda que sólo pida caricia de amor y nos haga un lugar entre sus enormes tetas. El resultado de todo eso: yo
    Y la solución que se me ocurrió fue peor que el problema mismo: resentirme, y entonces fui alimentando el sentimiento de fracaso, poniéndole rama tras rama a esa hoguera de lástima sobre mí mismo hasta el punto de perder aún más de lo que había perdido. Al punto de perder la fe en mí.
    Eso, como dije, duró mucho. Quince años, para ser exactos. Soportados básicamente con alcohol, y a veces con otras cosas.
    Hubo un día, como siempre hay un día en la vida de un hombre, en que me crucé con un ángel, en el pabellón de ingreso de esa cárcel de Caseros: el viejo Mario C. que hacía una semana me tenía medio obligado a asistir a las reuniones de A.A. que organizaba él, por su cuenta, sin ayuda externa de esa institución ni de nadie. El también me había dado, meses atrás, las fotocopias de El que tiene sed (novela de Abelardo Castillo), y de Don Juan de la Casa Blanca (Novela corta de Liliana Heker) diciéndome que leyera para entender de qué se trataba el dolor que hay en las dos orillas de nuestro problema.
     −¿De pasársela preso? –le pregunté.
     −No, querido, de pasársela drogado, o borracho.
     Yo le tenía respeto a Mario C., todo el mundo se lo tenía. Y un día me decidí y junté mi primera semana sin drogas ni alcohol, ahí adentro: en la cárcel. Por él, como para que sintiera, no sé, orgullo de mí. Hasta que una noche me sentí desamparado por él. Yo lo tenía loco, le ocupaba más de su tiempo que cualquiera. Pensaba que decir toda la perorata de mis sentimientos era lo que me iba a ayudar a estar mejor, o al menos, a pasar el tiempo más rápido. Y estaba meta hablarle desde mi celda al silencio oscuro del pasillo, donde a él lo dejaban estar para que escuchara las confesiones de los que estábamos más necesitados, cuando, harto de mis lamentos, me dijo las palabras mágicas:
     –¿Y porqué no lo escribís?
Recuerdo que primero me enojé, porque tanto me había insistido para que le contara (a él y al grupo de ayuda que dirigía él) lo que me andaba pasando y ¿ahora me decía que lo escriba? ¿Llevaba recién una semana sobrio y ya se había hinchado las pelotas de mí? Algo así le dije, pero creo que con palabras más fuertes. Y el viejo largó una risita, dos toses secas de tabaco y me lo dijo otra vez, pero de otra manera:
    −Escirbimeló, no seas boludo –me dijo−, que yo lo leo. Hablando sos insoportable, y yo no soy tu vieja para quedarme acá aguantando tu lloriqueos de autocompasión.
    Y no es que me puse a escribir enseguida. Pero la puñalada se fue infestando, y tiempo después, en circunstancias distintas pero parecidas, me compré la máquina de escribir.
     Fue con el primer sueldo, dos meses después de haber salido de la cárcel. Llegué a la pensión de noche y recuerdo con cuánta ilusión la abrí. Recuerdo exactamente la manera en que puse la hoja, esa primera hoja, de un block que había venido de regalo junto con la máquina, amarillenta, gruesa, áspera. Preciosa. La máquina era nueva, de esas de plástico y hojalata que se siguen haciendo en china. Y no me iba a durara mucho tiempo. A esa primera máquina no le andaba el número seis, por eso hoy yo le saco a mis máquinas de escribir el número seis. También a los teclados de PC que uso a veces para escribir y siempre para corregir mis textos.
    Creo que esa noche no escribí nada, de eso sí que no me acuerdo, pero podría decir que no escribí nada. Pero fue nomás poner la hoja en la máquina y saber que yo podía, en esa pieza de pensión y a partir de ese momento, hacer lo que quisiera en esa hoja, podía ser quien quisiera, podía odiar mucho más a los que odiaba, podía amar mucho más a los que amaba, podía triunfar en el odio y en el amor. Podía escribir sobre la realidad y modificarla en todos los lugares en que no me gusta, o en los lugares en que me sentía traicionado por ella. Podía usar la imaginación de esa manera que me parece a mí más refinada que la de inventar monstruos y magos  o copiar y pegar de un blog o de otros libros: la imaginación que se afina para perforar la superficie de las cosas, esa imaginación. Que enfrenta el desafío mayor de, ahora sí, recortar y reinventar esos espacios de tiempo que separaban dos momentos de la vida que deberían haber estado juntos. Que inventa contexto y recién luego se convierte en texto. Coser, bordar, unir, el texto y mi vida. El texto: mi vida. Hacer de esa realidad una nueva realidad. Y crear un personaje que se separe de mí y viva en esa nueva realidad y que sea también mi compañía. Cuando pudo animarme a hacerlo encendí la llama de otra hoguera.
   Fue un principio, muy primario, muy imperfecto, y eso también lo superé. Tiempo después me di cuenta de que, más que el personaje, la historia era mi compañía. Y eso también lo superé, con el tiempo. Y más tiempo, y más tiempo. Y lo que me pasa ahora es que siento que el lenguaje escrito es mi compañía. Que escribir una palabra tras otra aventurándome en una nueva manera de concebir el lenguaje es lo que necesito para que crezca mi dignidad. Para que, poco a poco, vaya naciendo un verdadero Pablo, más real, más noble, más valioso. Necesito escribir como si nunca hubiera escrito cada vez. Eso se puede ver en mis tres libros publicados y se va a ver en un cuarto, cuando corrija esta historia que acabo de terminar. Y espero se vea siempre. Creo que el día que no pueda encontrar una nueva manera de contar, un nuevo lenguaje que me haga compañía, que sea mi aventura y mi compañía al mismo tiempo, creo que ese día sin lugar a dudas voy a dejar de escribir para finalmente hacer eso que tanto me gusta y que me sale tan mal que es tocar la trompeta.
     Con respecto a la juventud, a la estética, a la experimentación, al estilo creo que son, si no tienen el contexto de la necesidad espiritual de quien escribe, sólo palabras. Sólo masitas para la hora del té.
    Con respecto a la llamada “literatura del yo”, bueno, la mía está bien alejada de eso, pienso algo sencillo: depende de qué “yo”. Depende de quién sea.
En palabras de un perro viejo:
Alguna gente es joven
Y nada más
Alguna gente es vieja
Y nada más
En el medio están los otros

Gracias Charly, y como diría mi madre: Será.

17 comentarios:

Claudia Chirino dijo...

escribir como si fuera la primera vez, encontrar un nuevo lenguaje, que sea mi compañía y mi aventura...ese día dejaré de escribir...claro Pablo, ya te habrás encontrado con tu esencia real y que está allí adentro de tu alma, la ves?...
abrazo de alma.
clau

en blanco dijo...

IMPRESIONANTE.
gabriel

Anónimo dijo...

Yo también soy escritor (o al menos eso intento serlo) leo y escribo para no morir o para no matar. Creo que es lo único que me protege.
Tengo una hija muy pequeña a la que casi no veo porque estoy desempelado sin dinero y no puedo cumplir con la cuota ni viajar para verla. (Vivimos en diferentes ciudades)tengo bastante material inédito y todavía no he podido publicar nada. Eso me genera mucha frustración, resentimiento, odio y bronca. Quisiera poder dejarte un par de poemas y un par de cuentos para que los evalúes y me des tu crítica sobre ellos. ¿Cómo puedo contactarme con vos para que recibas mis textos?

Pablo Ramos dijo...

Estimado amigo, no pusiste tu nombre
pero podés mandarme 1 cuento y 1 poema, si querés a pabloramosnet@gmail.com
recordame quién sos
y fuerza, loco, todo pasa
p

Insolada dijo...

Hola Pablo.
La primera vez que fui a un taller literario, fui a dos.
Uno era el que habia elegido, en el centro La puerta, me lo habian recomendado.
El otro era el tuyo, que vino como taller invitado a la primera clase.
Después seguí yendo una veces mas, pero quería ir al otro.
El otro, es el tuyo.
Intenté buscar por estos pagos algún número, una dirección. Termino escribiendo en este formulario de comentarios, la posibilidad de ir a tu taller
Mi mail es claro.estabavivo@hotmail.com

Saludos, Noelia

Anónimo dijo...

La escritura es una gran compañía. Escribo para niños y ahora, hoy tengo la cabeza ocupada por esa jirafa que atraviesa la selva para quedarse sola. La continuidad de esa historia ocupa lo mejor de mí y me hace perder a veces la noción del tiempo. ¿Qué tiene que ver con lo que contás? mucho, son distintas formas de traducción de lo real para una cabeza y un corazón que ama las palabras.Mónica López

Gaby Conlazo dijo...

Como dice el tio Fito: Es genial por fin haber tocado fondo porque ya no se puede bajar mucho más ...
Un abrazo muy grande !

Gabriela dijo...

Hombre de batallas....

Y generosamente seguís poniéndote en lugar de otros... a sumar! ( leyendo los comentarios )

Anónimo dijo...

Siempre lo mismo, siempre más de lo mismo: la gloria del escritor maldito pasó de moda y no te enteraste.
El día que dejes de chapotear en la autocompasión vas a descubrir que el mundo (digo, todo lo que sucede más allá de tu ombligo, también existe).
Natalia Albizu, una lectora común.

Pablo Ramos dijo...

Natalia, gracias por tu comentario. Creo que las modas me importan poco. Yo busco lo mío, y tal vez no conecte con vos, para eso existe la diversidad.
Gracias igual porque le comentario es honesto y respetuoso.
Saludos, pablo

Anónimo dijo...

Alguna gente es joven
Y nada más
Alguna gente es vieja
Y nada más
En el medio están los otros

quien escribio eso?
Hermoso tu texto,
abrazo!

Veronica.

Heroedeleyenda dijo...

Solo cuando escribimos(o tocamos o pintamos, etc) atrapamos la realidad, la propia realidad; aunque sea por un rato. Yo por ahora sigo chapotiando en la mar de la duda, rayando media pagina, un parrafo, un renglon, una palabra,en un cuaderno, en una computadora, en la mano, pero sigo intentandolo. Pablo de nuevo tocaste fibras importantes de la existencia y me las trasmitiste. Gracias y de nuevo gracias.

Anónimo dijo...

gracias... que escritor!! magnifico.

P/D:recomiendo el blog de uno que viaja y mucho!
acrobatadelcamino.blogspot.com

saludos.
pablo, interior del chaco.

Fernando Quesada dijo...

Pablo, el texto es hermoso!!! Muchos de mis contactos de Face creo q van a comenzar a leerte por ese texto simple, desgarrador y genial. Comenzás con una cita de Cheever, ese borracho que escribió uno de mis cuentos preferidos que es "El nadador" y terminás con Charles. Que más se puede pedir? Entiendo que a Natalia no le guste tu literatura, a mi nunca me gustó mucho Cortázar y prefiero mil veces a Abelardo Castillo, pero gustos son gustos como decía esa vieja cachonda del dicho popular. Estoy releyendo tu novela "La ley de la ferocidad" que considero sublime. Me gustaría si en algún momento regresás por Mendoza traerte a la Facultad de Filosofía, donde tenés muchos seguidores, no precisamente los profesores de letras... Abrazo y felicitaciones por la nominación al Gardel. Fernando Quesada

Fernando Quesada dijo...

Pablo, el texto es hermoso!!! Muchos de mis contactos de Face creo q van a comenzar a leerte por ese texto simple, desgarrador y genial. Comenzás con una cita de Cheever, ese borracho que escribió uno de mis cuentos preferidos que es "El nadador" y terminás con Charles. Que más se puede pedir? Entiendo que a Natalia no le guste tu literatura, a mi nunca me gustó mucho Cortázar y prefiero mil veces a Abelardo Castillo, pero gustos son gustos como decía esa vieja cachonda del dicho popular. Estoy releyendo tu novela "La ley de la ferocidad" que considero sublime. Me gustaría si en algún momento regresás por Mendoza traerte a la Facultad de Filosofía, donde tenés muchos seguidores, no precisamente los profesores de letras... Abrazo y felicitaciones por la nominación al Gardel. Fernando Quesada

Pablo Ramos dijo...

Fernanda, cuando quieras hacemos algo en Mendoza. Tengo muchos amigos y muchos motivos para andar por allá.
Gracias por tus palabras y abrazo, loco!
p

Agu Durañona dijo...

Hola Pablo, alguna vez la vida me cruzo con vos; yo fui el pianista de Gabo en el disco que hicieron juntos y te conocí en varias fechas, siempre me impresionaste con tu manera de hablar, tan automático honesto espontáneo en lo que decias( cada vez que hablabas, subiendo con Gabo para algún tema...tambien en alguna charla que cruzamos en camarines ). De toque me di cuenta de que había algo bastante único en vos ( me acuerdo que pense que bolas, abrir la propia sensibilidad así, para vivir, para decir cualquier cosa legitima que sentías... ). Y no te leí.
Este verano recién lo hice ( alguna vez fui un lector mas copado, hoy la música me ocupa casi todo ), me compre El origen de la tristeza y me apasione... Ya hace días, y acá estoy leyendo tu blog a pleno...
Nada, iba a cerrar la compu pero se me ocurrió escribirte algo ( porque, leyendote estos días, me estuve acordando del rayo que vi que te alzaba de la chatura, y revivir esa pasion me hizo bien).
Te deseo lo mejor de lo mejor, vi al pasar algo de lo que hiciste en el canal Encuentro; veo que estas a pleno y me alegro mucho.

te mando un abrazo grande, pienso que sos una gran, gran inspiracion para vivir.