7 may. 2011

Chet Baker: lo fugaz y lo eterno

     My funny Valentine

     Voy a seguir, este mes, con otro icono, otro músico de jazz que ha trascendido al género y, al igual que Coltrane, alcanzó el nivel de popularidad de una estrella de rock. Parecería ser que la fama casi siempre se logra por aspectos ajenos o, al menos secundarios, del arte en sí de determinados artistas. Cuántas veces escuchamos a muchas personas (y hablo de músicos, escritores, personas de la cultura) decir: “me mata la voz quebrada de Billie Holiday, me mata el trágico destino de Jaco Pastorius o de Charlie Parker”. Esas mismas personas que dicen y escriben eso muy pocas veces se sintieron conmovidas por la temprana muerte de quien haya sido, tal vez, el máximo genio que dio el rock: Frank Zappa. Frank Zappa cometió un error: morirse de una enfermedad común y corriente, morirse de cáncer. Chet Baker le debe gran parte de su fama a las dificultades de su vida, a la soledad, a las drogas, al alcohol, etc., es decir, a lo que hacía cuando no tocaba la trompeta. En este espacio de el músico del mes vamos a hablar de algo muy aburrido: Chet Baker tocando la trompeta.
      Chet tuvo dos etapas diferentes en su carrera, marcadas por un break que, según se cuenta, duró al menos seis años, durante los cuales no tocó ni una nota. Creo que entre otras cosas sobrevivió vendiendo gasolina en una estación de servicio. No lo tengo muy claro pero me parece que fue Dizzy Gillespie el que lo ayudó a que volviera a tocar. Era tan sólo prestarle el dinero para que pudiera hacerse una dentadura postiza. Se dice que había perdido sus dientes en manos de unos matones a quienes les debía dinero. No sé si la historia es verdad pero suena lógica, tampoco sé si el buen samaritano fue Dizzy pero suena lógico pensar que de ninguna manera podrían haber sido Mulligan o Davis, a estos dos no les importaba nadie fuera de sí mismos.
      Chet Baker no se destacó por componer (de hecho creo que formalmente no componía). Pero logró, tan solo tocando y cantando, los más clásicos estándar, un lenguaje musical tan propio y refinado que puede compararse, sin pudor alguno, al de las grandes partituras del siglo.

      En ese primer tiempo lo tuvo todo: juventud, belleza, talento, dinero, fama, droga y mujeres. Con su lirismo y su voz acaramelada y triste, enamoró a toda una generación, y si bien hubiera podido detenerse ahí y disfrutarlo, continuó buscando lo que un artista verdadero debe buscar: el fantasma, el dios vivo y verdadero que lo aleje definitivamente de la muerte. Quien no busca a Dios no es un artista, quien no teme a la muerte no puede tocar como Chet Baker. Empezó como James Dean y terminó como Jack Palace. Ése fue el precio que le tocó pagar para ser, hoy, a mi gusto, el arquetipo no sólo del trompetista, sino del músico del jazz.
      Con un registro mesurado (jamás, creo, tocó una nota por encima del do agudo), con un fraseo clásico y frases encadenadas y melodiosas, supo construir un universo personal y sincero, y lejos de hacer música para la historia, hizo música para la vida, para su vida y la vida de sus contemporáneos. Chet Baker tocó con belleza, comprometido tan sólo con la belleza y su revolución radica en que en un mundo que mide el arte en función de la historia del arte y no del valor artístico, de la obra de un artista, logró entrar por el costado más puro. Quiero decir lo siguiente: no puede hablarse de un antes y un después de Chet Baker, pero tampoco puede hablarse de que hubo o habrá otro Chet Baker.

       Su revolución fue pasiva, porque lo que él vino a hacer es recordarle a los músicos que se toca música para los demás, que al igual que la literatura, la música es, o debe ser, el ejercicio de una libertad sobre otra libertad. Y que la manera más segura de respetar a los demás es respetarse a sí mismo. Muchas veces me pregunto por qué lo bueno es bueno, qué hace que algo sea bueno, sea verdadero, en definitiva, hasta qué punto puedo asegurar, por ejemplo, que una obra musical o literaria (hablo de esto porque son casi las únicas ramas de arte que me interesan) es una obra de arte. No lo sé. O en realidad lo que quiero decir es que no podría definirlo. Tengo una sola manera de asegurar eso: lo digo yo y listo, porque yo soy un artista y el precio que pago por ello es demasiado alto para tener que explicar por qué y cómo es que sé que llevo en el alma lo que llevo en el alma.
     Yo toco la trompeta, por supuesto que decir esto es casi una metáfora, pero lo que toco me alcanza para saber de qué se trata el instrumento, lo tirano y delicado que es, lo azaroso e inalcanzable que por momentos se torna un sonido firme, un sonido afinado, un sonido estético y elegante. Chet afinaba un poco bajo el registro, y llegaba a la nota arañando, dándole así a su sonido, una melancolía humana. Chet parece hablar cuando toca y cuando habla o canta, parece tocar. Es lo mismo en él su voz que la voz de su trompeta. Y esa comunión de su voz con su instrumento es lo que le da esa tan buscada “originalidad” de sonido. Lo hace inigualable porque es inigualable. Osea: no se puede tocar como Chet porque habría que ser Chet. No es una cuestión técnica, es una cuestión existencial. En la realidad cultural de los tiempos que corren, un músico estaría más preocupado de que su solo entre en un vídeo de Youtube que en el corazón de quien lo escucha. De la misma manera en la que muchas veces escritores jóvenes (y de más de uno puedo asegurarlo porque lo viví de primera mano) escriben contando los caracteres que le permitirán no sólo jactarse de que el futuro NO les pertenece, sino también de que los hayan publicado. Chet tocó la trompeta. Y además de eso, tocó la trompeta.

      Consumió toda su vida 10 gramos de cocaína, más 10 gramos de heroína por día. Así lo cuenta él en su libro Como si Tuviera Alas, unas páginas autobiográficas escritas con una prosa envidiable, Dios mio, menos mal que no se le ocurrió escribir. Yo me pregunto: con tanta droga ¿cómo hacía para tocar? Escuchen y miren con atención el vídeo, pertenece a la segunda etapa, a la etapa Jack Palace, la etapa, a mi gusto, más introspectiva de Chet, más íntima e interesante, la etapa de la revancha, la revancha de un viejo arrugado, con dentadura postiza y alma de primer arcángel de Dios.
      Perdonen porque el solo de piano está cortado, pero es porque pasa los diez minutos. Pero escuchen a Chet: esta es la mejor versión de My Funny Valentine que yo haya escuchado en mi vida. Escuchen cómo lo canta, cómo lo afina imitando a la trompeta, osea, llegando desde abajo a arañar la nota, tratando, para mí, de reforzar con la voz el vínculo de hálito que lo une a su instrumento. Están en Japón, y Chet está muy cerca del final. Un final del que se hablaron muchas pavadas, y que acaba de quedar demostrado que fueron solo eso, pavadas. Se dice, entre otras cosas, que de estar tan mal por el consumo de drogas terminó tirándose por el balcón de un hotel. Es mentira, lo que en verdad pasó, lo cuenta uno de los músicos, es que en una de sus locuras se fue de ese hotel tras discutir con el dueño y cuando se dio cuenta de que se había olvidado la trompeta, por orgullo a no volver a verle la cara al tipo, comenzó a trepar por la fachada del edificio. Al llegar al cuarto piso cayó al vacío. No quiero decir con esto que no murió a causa de las drogas, mucha gente cree que la droga mata sólo de sobredosis o incitando al suicidio. Las drogas también incitan a la estupidez, nos hacen creer que acciones tan absurdas como trepar un edificio son naturales y lógicas, pero por supuesto, repito, a la reinante clase intelectual de corte hollywoodense a la cual pertenecemos esto no le suena tan poético como la sobredosis.
      Nadie, a menos que esté en un estado físico impecable, puede tocar la trompeta con el sonido que van a escuchar, mucho menos puede tocar una frase tan larga como la que van a escuchar en el medio del solo. El sonido de Chet es netamente trompetístico, no es el fru-fru impotente con que muchos desatentos intentan imitarlo, no disfraza de clarinete a la trompeta, la toca como un trompetista, con toda la potencia y la virilidad que el instrumento exige, en un espectro suficiente, que va desde sus extraordinarias notas bajas hasta el último intervalo que su lenguaje le pide. Haciendo música hasta de los traspiés, convirtiendo de esa manera lo fugaz en eterno.
      El solo que van a oír es memorable, la dinámica que desarrolla, cómo, lentamente, va buscando una línea melódica que seguir y a medida que la encuentra la explota y la exprime hasta agotarla, es la consecuencia de alguien que toca más allá de la técnica, en un balance perfecto de cuerpo, mente y alma. La frase larga de la cual les hablé anteriormente, es casi imposible de improvisar, es casi imposible de inventar en el momento. Creo que Chet encuentra en este solo algo de lo que vino a buscar a este mundo.
      Se dice que el arcángel Gabriel toca la trompeta, siempre me gustó ese nombre y ese ángel por el simple hecho de que es un trompetista. Yo pienso que ahora que Chet se sumó al mismo cielo donde seguro están Louis Armstrong y Clifford Brown, va a ser posible (ya que Dios, amante del jazz y de la trompeta, tiene quien le endulce el oído) que pueda tomarse al fin sus postergadas vacaciones.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

ESto que haces (lo del musico del mes) es muy lindo, otra faceta tuya genial Pablo. De verdad, hay tipos que laburan de esto, y vos lo haces de corazon, de gusto. Das ganas de escuchar, como das ganas de leer tambien. Y eso no es poco.

Anónimo dijo...

la verdad que el solo de trompeta es impresionante...

RAUL dijo...

muy buen análisis, bien llevado por alguien que conoce lo específico de la disciplina, en este caso la música, para que lo pueda entender razonando el que no cuenta con esos elementos, gran aporte y útil para disfrutar más de lo que escuchamos.
una cosa, de onda, no le dediques tanto a los boludos que se regocijan por lo escabroso de los acontecimientos, les hablás bastante seguido y, creo, no vale la pena

Juan Salinas dijo...

Impresionante. El texto le hace plena justicia a un gran artista.

Federico Furcy Fondeur dijo...

Muy bueno Pablo. Me sumo...

Fernando Ferreras dijo...

Quedé fascinado con tu análisis. Te felicito por la forma en que escribís y te expresás. Se nota que amás lo que hacés... Como Chet. Un gran saludo

Fernando Ferreras dijo...

Me gustó mucho tu análisis, tu forma de expresarte y escribir. Se nota que amás lo que hacés... Como Chet. Un gran saludo.