My funny Valentine
Voy a seguir, este mes, con otro icono, otro músico de jazz que ha
trascendido al género y, al igual que Coltrane, alcanzó el nivel de
popularidad de una estrella de rock. Parecería ser que la fama casi
siempre se logra por aspectos ajenos o, al menos secundarios, del
arte en sí de determinados artistas. Cuántas veces escuchamos a
muchas personas (y hablo de músicos, escritores, personas de la
cultura) decir: “me mata la voz quebrada de Billie Holiday, me mata
el trágico destino de Jaco Pastorius o de Charlie Parker”. Esas
mismas personas que dicen y escriben eso muy pocas veces se sintieron
conmovidas por la temprana muerte de quien haya sido, tal vez, el
máximo genio que dio el rock: Frank Zappa. Frank Zappa cometió un
error: morirse de una enfermedad común y corriente, morirse de
cáncer. Chet Baker le debe gran parte de su fama a las dificultades
de su vida, a la soledad, a las drogas, al alcohol, etc., es decir, a
lo que hacía cuando no tocaba la trompeta. En este espacio de el
músico del mes vamos a hablar de algo muy aburrido: Chet Baker
tocando la trompeta.
Chet tuvo dos etapas diferentes en su carrera, marcadas por un break
que, según se cuenta, duró al menos seis años, durante los cuales
no tocó ni una nota. Creo que entre otras cosas sobrevivió
vendiendo gasolina en una estación de servicio. No lo tengo muy
claro pero me parece que fue Dizzy Gillespie el que lo ayudó a que
volviera a tocar. Era tan sólo prestarle el dinero para que pudiera
hacerse una dentadura postiza. Se dice que había perdido sus dientes
en manos de unos matones a quienes les debía dinero. No sé si la
historia es verdad pero suena lógica, tampoco sé si el buen
samaritano fue Dizzy pero suena lógico pensar que de ninguna manera
podrían haber sido Mulligan o Davis, a estos dos no les importaba
nadie fuera de sí mismos.
Chet Baker no se destacó por componer (de hecho creo que
formalmente no componía). Pero logró, tan solo tocando y cantando,
los más clásicos estándar, un lenguaje musical tan propio y
refinado que puede compararse, sin pudor alguno, al de las grandes
partituras del siglo.
En ese primer tiempo lo tuvo todo: juventud, belleza, talento,
dinero, fama, droga y mujeres. Con su lirismo y su voz acaramelada y
triste, enamoró a toda una generación, y si bien hubiera podido
detenerse ahí y disfrutarlo, continuó buscando lo que un artista
verdadero debe buscar: el fantasma, el dios vivo y verdadero que lo
aleje definitivamente de la muerte. Quien no busca a Dios no es un
artista, quien no teme a la muerte no puede tocar como Chet Baker.
Empezó como James Dean y terminó como Jack Palace. Ése fue el
precio que le tocó pagar para ser, hoy, a mi gusto, el arquetipo no
sólo del trompetista, sino del músico del jazz.
Con un registro mesurado (jamás, creo, tocó una nota por encima
del do agudo), con un fraseo clásico y frases encadenadas y
melodiosas, supo construir un universo personal y sincero, y lejos de
hacer música para la historia, hizo música para la vida, para su
vida y la vida de sus contemporáneos. Chet Baker tocó con belleza,
comprometido tan sólo con la belleza y su revolución radica en que
en un mundo que mide el arte en función de la historia del arte y no
del valor artístico, de la obra de un artista, logró entrar por el
costado más puro. Quiero decir lo siguiente: no puede hablarse de un
antes y un después de Chet Baker, pero tampoco puede hablarse de que
hubo o habrá otro Chet Baker.
Su revolución fue pasiva, porque lo que él vino a hacer es
recordarle a los músicos que se toca música para los demás, que al
igual que la literatura, la música es, o debe ser, el ejercicio de
una libertad sobre otra libertad. Y que la manera más segura de
respetar a los demás es respetarse a sí mismo. Muchas veces me
pregunto por qué lo bueno es bueno, qué hace que algo sea bueno,
sea verdadero, en definitiva, hasta qué punto puedo asegurar, por
ejemplo, que una obra musical o literaria (hablo de esto porque son
casi las únicas ramas de arte que me interesan) es una obra de arte.
No lo sé. O en realidad lo que quiero decir es que no podría
definirlo. Tengo una sola manera de asegurar eso: lo digo yo y listo,
porque yo soy un artista y el precio que pago por ello es demasiado
alto para tener que explicar por qué y cómo es que sé que llevo en el alma lo que llevo en el alma.
Yo toco la trompeta, por supuesto que decir esto es casi una
metáfora, pero lo que toco me alcanza para saber de qué se trata el
instrumento, lo tirano y delicado que es, lo azaroso e inalcanzable
que por momentos se torna un sonido firme, un sonido afinado, un
sonido estético y elegante. Chet afinaba un poco bajo el registro, y
llegaba a la nota arañando, dándole así a su sonido, una
melancolía humana. Chet parece hablar cuando toca y cuando habla o
canta, parece tocar. Es lo mismo en él su voz que la voz de su
trompeta. Y esa comunión de su voz con su instrumento es lo que le
da esa tan buscada “originalidad” de sonido. Lo hace inigualable
porque es inigualable. Osea: no se puede tocar como Chet porque
habría que ser Chet. No es una cuestión técnica, es una cuestión
existencial. En la realidad cultural de los tiempos que corren, un
músico estaría más preocupado de que su solo entre en un vídeo de
Youtube que en el corazón de quien lo escucha. De la misma manera en
la que muchas veces escritores jóvenes (y de más de uno puedo
asegurarlo porque lo viví de primera mano) escriben contando los
caracteres que le permitirán no sólo jactarse de que el futuro NO
les pertenece, sino también de que los hayan publicado. Chet tocó
la trompeta. Y además de eso, tocó la trompeta.
Consumió toda su vida 10 gramos de cocaína, más 10 gramos de
heroína por día. Así lo cuenta él en su libro Como si Tuviera
Alas, unas páginas autobiográficas escritas con una prosa
envidiable, Dios mio, menos mal que no se le ocurrió escribir. Yo me
pregunto: con tanta droga ¿cómo hacía para tocar? Escuchen y miren
con atención el vídeo, pertenece a la segunda etapa, a la etapa
Jack Palace, la etapa, a mi gusto, más introspectiva de Chet, más
íntima e interesante, la etapa de la revancha, la revancha de un
viejo arrugado, con dentadura postiza y alma de primer arcángel de
Dios.
Perdonen porque el solo de piano está cortado, pero es porque pasa
los diez minutos. Pero escuchen a Chet: esta es la mejor versión de
My Funny Valentine que yo haya escuchado en mi vida. Escuchen cómo
lo canta, cómo lo afina imitando a la trompeta, osea, llegando desde
abajo a arañar la nota, tratando, para mí, de reforzar con la voz
el vínculo de hálito que lo une a su instrumento. Están en Japón,
y Chet está muy cerca del final. Un final del que se hablaron muchas
pavadas, y que acaba de quedar demostrado que fueron solo eso,
pavadas. Se dice, entre otras cosas, que de estar tan mal por el
consumo de drogas terminó tirándose por el balcón de un hotel. Es
mentira, lo que en verdad pasó, lo cuenta uno de los músicos, es
que en una de sus locuras se fue de ese hotel tras discutir con el
dueño y cuando se dio cuenta de que se había olvidado la trompeta,
por orgullo a no volver a verle la cara al tipo, comenzó a trepar
por la fachada del edificio. Al llegar al cuarto piso cayó al vacío.
No quiero decir con esto que no murió a causa de las drogas, mucha
gente cree que la droga mata sólo de sobredosis o incitando al
suicidio. Las drogas también incitan a la estupidez, nos hacen creer
que acciones tan absurdas como trepar un edificio son naturales y
lógicas, pero por supuesto, repito, a la reinante clase intelectual
de corte hollywoodense a la cual pertenecemos esto no le suena tan
poético como la sobredosis.
Nadie, a menos que esté en un estado físico impecable, puede tocar
la trompeta con el sonido que van a escuchar, mucho menos puede tocar
una frase tan larga como la que van a escuchar en el medio del solo.
El sonido de Chet es netamente trompetístico, no es el fru-fru
impotente con que muchos desatentos intentan imitarlo, no disfraza de
clarinete a la trompeta, la toca como un trompetista, con toda la
potencia y la virilidad que el instrumento exige, en un espectro
suficiente, que va desde sus extraordinarias notas bajas hasta el
último intervalo que su lenguaje le pide. Haciendo música hasta de los traspiés, convirtiendo de esa manera lo fugaz en eterno.
El solo que van a oír es memorable, la dinámica que desarrolla,
cómo, lentamente, va buscando una línea melódica que seguir y a
medida que la encuentra la explota y la exprime hasta agotarla, es la
consecuencia de alguien que toca más allá de la técnica, en un
balance perfecto de cuerpo, mente y alma. La frase larga de la cual
les hablé anteriormente, es casi imposible de improvisar, es casi
imposible de inventar en el momento. Creo que Chet encuentra en este
solo algo de lo que vino a buscar a este mundo.
Se dice que el arcángel Gabriel toca la trompeta, siempre me gustó
ese nombre y ese ángel por el simple hecho de que es un trompetista.
Yo pienso que ahora que Chet se sumó al mismo cielo donde seguro
están Louis Armstrong y Clifford Brown, va a ser posible (ya que
Dios, amante del jazz y de la trompeta, tiene quien le endulce el
oído) que pueda tomarse al fin sus postergadas vacaciones.
4 comentarios:
ESto que haces (lo del musico del mes) es muy lindo, otra faceta tuya genial Pablo. De verdad, hay tipos que laburan de esto, y vos lo haces de corazon, de gusto. Das ganas de escuchar, como das ganas de leer tambien. Y eso no es poco.
la verdad que el solo de trompeta es impresionante...
muy buen análisis, bien llevado por alguien que conoce lo específico de la disciplina, en este caso la música, para que lo pueda entender razonando el que no cuenta con esos elementos, gran aporte y útil para disfrutar más de lo que escuchamos.
una cosa, de onda, no le dediques tanto a los boludos que se regocijan por lo escabroso de los acontecimientos, les hablás bastante seguido y, creo, no vale la pena
Impresionante. El texto le hace plena justicia a un gran artista.
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