11 abr. 2011

Prólogo a José Campus y pequeña nota biográfica de Bustriazo Ortiz

El poeta de La Pampa
(fragmento) por Cristian Aliaga


Juan Carlos Bustriazo Ortiz nació en Santa Rosa, entonces capital del Territorio Nacional de La Pampa, el 3 de diciembre de 1929. Su obra poética, iniciada con (1954-1959), incluye más de sesenta títulos.
De ese conjunto extraordinario, hasta hoy apenas se habían publicado Elegías de la piedra que canta (1969), Aura de estilo (1970), Unca bermeja (1984, 2004, 2006), Los poemas puelches (1991), El libro del Ghenpín (2004), todos en pequeñas tiradas. En 2007 se publicó el disco compacto Hereje bebedor de la noche, que recoge grabaciones realizadas por el poeta.
Bustriazo ha viajado por el fondo de la región pampeana: puestos, estafetas, campos perdidos de la civilización, obradores de Viadialidad y boliches que jamás que jamás figurarán en cartologías formales -como el legendario Temple del Diablo- han sido su país natal.
Baqueano de caminos, parajes y rastrilladas, autodidacta y erudito, nómade en su territorio, siempre en los márgenes, desde su tiempode telegrafista en Puelches, como trovador errante, prendado de peñas folcróricas, bares, extramuros, mujeres de la vida.
Su relación de hondura metafísica con el paisaje, su empatía con los habitantes del campo y los arrabales -y en definitiva su precisión verbal para revelar realidades profundas a través de un lenguaje de efecto chamánico o encantatorio-, sitúan su obra en un lugar impar dentro de la de sus contemporáneos. Él mismo invoca al "Ghenpín" (hechicero) al comienzo de uno de sus libros: "ordénoles la Magia!", dice, imperativo



José Campus
Prólogo a la Antología Esencial, por Pablo ramos

Conocí a José Campus en el año 2004, justo el mes de la salida de mi primera novela. Él había sido invitado por la Universidad de Quilmes y aprovechando que ya lo habían arrancado de San Juan, unos entusiastas amigos de la poesía, de un centro cultural de uan localidad que no recuerdo, lo llevaron de “Convidado de honor” a una de sus reuniones.
     Los mismos entusiastas, no sé por que yerro inexplicable, me habían llevado también a mí; esa misma tarde, a esa misma reunión. Sin ningún poema, con el único objeto de que yo mostrara mi libro. Mostrara, sí, escribí bien. Porque no leí nada (repito, era una reunión de poetas), sólo pasé al frente y levanté el libro para que los demás lo vieran. Y todos aplaudieron. Campus también.
     Las cosas estaban dadas para que el aburrimiento fuera perfecto. Y a la segunda lectura que hizo una mujer muy bien vestida, educada, de voz serena y agradable pero pésima poeta, yo vi confirmadas mis sospechas. No me podía ir: no me quería ir. La gente era hospitalaria, verdaderamente atenta. Y hacían todo eso poniendo dinero de su bolsillo: tenía que hacer el aguante. Teníamos, en realidad.
     Es que yo había ido con mi hijo mayor, que en ese entonces tenía trece años. Él, que siempre fue un verdadero estoico, estaba en silencio, tratando de escuchar. Yo a cada rato le preguntaba “¿Querés otra Coca?” Una seis o siete veces se lo habré preguntado, hasta que me miró y me salió con una de esas que siempre sale: “No te preocupes papá, que no baja con nada” Me reí. Miré al desconocido convidado de honor y le dije a mi hijo “Al menos esperemos al hombre, pinta tiene”
     Y el poeta, que había subido a la categoría de hombre para mí (porque escuchaba a cada amateur con la misma atención y el mismo respeto de quién estuviera escuchando a César Vallejo), pasó al frente. Se sentó y comenzó, sin preámbulos, a leer.

dio la tierra
hombre de brazo manso
y tranquila sombra.


fuerte tallo encuentra españa.

golpea el hacha filosa y corta.

lo olvida
el pájaro
la estrella
y se hunde en la boca oscura de la piedra.
                                                                                                          (leer poema entero)

     Eso leyó, y se le secó la garganta. Tanto que le tuvieron que traer agua. ¡No me olvido más! Y no me olvido porque a mí, con esas pocas palabras, se me había secado el alma. Acerqué mi boca a la oreja de mi hijo y le dije: “Ahora no nos vamos a querer ir nunca, acordate”
     Es que en esos pocos versos yo había sentido mucho. El poema me hablaba de la injusticia del conquistador, de su arrogancia, de su insensibilidad. Me hablaba de la condena del Indio a morir en lo profundo de las minas. De ese olvido invertido, el del pájaro y la estrella. Porque ni el pájaro ni la estrella van a ver más al Indio, porque el Indio va a dejar de ser lo que es. Esa idea de la conciencia de lo que no tiene conciencia (¿no tiene conciencia?), esa inversión del punto de vista que se da tan bien en Campus.
     El Indio no iba a volver a ser más el Indio, se condenaba a desaparecer, la confianza lo condenaba. La mansedumbre lo condenaba. Por culpa de esa tranquila sombra, de ese pasado de tranquilad, por culpa de haber nacido hombre de paz. El poema me hablaba de la muerte del Huarpe, del momento en el cual esa muerte se declaraba así misma para siempre. ¡Y el poema recién empezaba!
     La victoria era que todo esto yo lo sentí en la carne, que el poeta se dirigía y llegaba directo a mis sentidos. Es ahora que lo traduzco en palabras, en racionalización expresada. “Este es un poeta”, le dije en voz baja a mi hijo mayor. “Este es mi poeta” recuerdo que me dije a mí mismo.
     La tarde se extendió y se hizo noche. Fuimos atendidos con sanguches de miga, vino, empanadas, a manos llenas por el grupo de entusiastas que habían apreciado igual que yo ese momento compartido. Un momento de tamaña belleza, de tamaña verdad artística, de tamaña verdad a secas. Con muy pocas cosas puedo comparar la experiencia de haber escuchado a José Campus ese día, tal vez con la experiencia de haber asistido al concierto de Wayne Shorter junto a Herbie Hancock en el teatro Coliseo, con la vez que Liliana Heker me dijo por primera vez que yo podía y debía ser escritor. Tal vez sólo puedo comparar aquel momento a una de esos momentos en los cuales entrego mi vida y soy sereno, confiado, y sé de qué se trata verdaderamente mi fe.
     La lectura de los poemas de Campus son eso: una experiencia mística. Y por eso rechazo en estas palabras cualquier análisis literario, cualquier enumeración de tecnicismos, cualquier exposición de recursos.
     Sólo voy a decir que José Campus entiende perfectamente lo que es escribir, y sea, tal vez, nuestra mejor posibilidad de minimalismo en la poesía. Ese día, él pasó de ser el poeta invitado a ser el hombre de bien. Luego, al poco tiempo, de ser ese hombre de bien a ser uno de mis grandes amigos.
     Su amistad es un orgullo personal, pienso muchas veces que no estoy a la altura de merecerla. Tal vez, porque un tiempo atrás tuve temor de que esta amistad, esta cercanía al hombre, me hiciera perder la dimensión del poeta. Y eso hacía que no pudiera abrirme del todo. No sé.
     Lo que trato de decir es: yo lo leí, pero también lo viví a José Campus. Yo comí en la casa que él hizo con sus manos, sobre la mesa de acero que él hizo con sus manos, sentado en la silla que también él hizo con sus manos. Esa mesa de fierro blando, que se estira para hacerle lugar a todos, que se ensancha para que quepa lo que tenemos todos, que se achica para que parezca enorme lo poco que llevamos todos. Esa mesa de fierro que acaricia. Comí el locro de su pequeña huerta. Fui amparado, protegido. Fui no juzgado. Fui aceptado, yo, que no soy una personal fácil de aceptar. Hablé con su hermosa y joven mujer y entendí más a mi hermosa y joven mujer. Hablé con sus hijos encantadores y entendí más a mis hijos encantadores. Tomé vino y me cuidaron de que no tomara mucho vino. Llegué y me fui detrás del ladrido de no sé sus tantos perros, detrás de manos que me acariciaban la espalda, detrás de eternos “Esta es tu casa, Pablo”
     Me acerqué tanto, digo, que tuve miedo de que el amigo que nacía en esos encuentros nublara ese respeto, acortara esa distancia que me da la perspectiva que nenecito para seguir disfrutando de los grandes escritores. Hasta que un día, no sé en qué circunstancia, José Campus me regaló la lapicera con la cuál escribo ahora estas palabras acá en Salvador de Bahía, a orillas del mar, recordándolo. El regalo tenía una dedicatoria que siempre llevo en el estuche original: “Pablo, yo soy el amigo, ni tiempo ni distancia podrán nunca…”
     “Viejo Brujo”, pensé; porque sentí que me había leído el pensamiento. “Yo soy el amigo…” Ahora tengo las palabras mágicas, un abracadabra, un mensaje privado que tiene eso que a José Campus nunca le falta: la exactitud del aserto. Y recuperé mi distancia, la exacta distancia, esa desde donde puedo seguir apreciando su poesía mientras el calor de su amistad me cobija.

     Este es mi Campus: el que constantemente se transforma. El poeta que consiguió ser hombre y también amigo, y que hasta sabe ser brujo para dar más, y volver a ser lo que más le gusta ser: poeta. Mi poeta para siempre.




5 comentarios:

Anónimo dijo...

QUE MARAVILLA QUE TENGAS PABLO LA GRANDEZA Y EL AMOR SUFICIENTE PARA RECONOCER A ÉSTOS DIOSES OLVIDADOS. CONOCÍ A MARINA, VIUDA AHORA DE JOSÉ CAMPUS, POR TU INTERMEDIO, UN SER ÚNICO LLENO DE AMOR A LA QUE ADORO. GRACIAS POR AQUELLO Y POR ÉSTE RECUERDO. CLAU.

Edit dijo...

Gracias por recordar en tu sitio, a uno de nuestros grandes poetas sanjuaninos.
Un placer leer tus vivencias, con este hombre manso que tan sabiamente nos deleitaba con sus versos.

Luna dijo...

Gracias por esto, por presentarme a Campus. Y así uno va aprendiendo y ensanchando el alma.

hache dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
hache dijo...

Es maravilloso ese fragmento de Campus e infinito el horizonte que abre. Tanto, que "Las Venas abiertas de América Latina" bien podría ser el prólogo al poema; si de inversiones hablamos. Saludos, Pablo, y gracias.