7 mar. 2010

Liliana Heker: la editorial Alfaguara reedita la obra de una escritora fundamental

 Don Juan de la Casa Blanca
Está amaneciendo, pensó con horror; está amaneciendo otra vez. Otro día empezaba y para qué. Para una hora de alegría, un juego, un pequeño y único fragmento de la vida compartido con un hombre que ya no recordaba nada de eso, y que lo volvería trivial, y hasta grotesco, aun si lo recordaba. Lo vio caminar al lado suyo son su ojo tumefacto y sus manchas de sangre seca sobre la camisa blanca, y pensó que unas horas antes había sido hermoso, y había sido feliz. ¿Había sido feliz? Él, no ella, ¿había sido feliz? Un pensamiento cruzó por su cabeza y la llenó de espanto. ¿O era feliz ahora, caminando por vaya a saber dónde y soñando vaya a saber qué, realizando actos que mañana no recordaría, actos que unas horas después lo harían avergonzarse de sí mismo, lo harían despreciarse? Cómo es todo esto, pensó como si rogara. Cómo es.
–¿Qué? –dijo él.
–Nada –dijo ella–. No hablé –aunque en el mismo momento en que lo dijo tuvo la incómoda  sensación de haber estado hablando en voz alta.



 Un poco de mi Liliana Heker
 por Pablo Ramos
I - A la maestra con cariño
Lo dije muchas veces pero lo voy a repetir: la literatura de Liliana Heker es tan importante para mí como la de Arlt, Kafka, Sartre, Pound, Artaud, Castillo, Jobson, Onetti, Beckett, Donleavy, Cary, Chejov, Salinger, Carver, Faulkner, Hemingway, Cheever, y muchos otros. Por suerte muchos. Pero a diferencia de todos los escritores que he leído y que me han marcado profundamente, Liliana Heker (tal vez para este caso en particular, Liliana a secas) es, además, la persona que más ha influido en mi vida, que más directamente se ha involucrado en ella para ayudarme a modificarla, a acomodar la brújula de lo que, en cierto momento, parecía inacomodable.
          Yo no estaría dónde estoy de no haberme cruzado con Liliana, y de ella no haber puesto tanta energía en mí, tanta preocupación, tanto talento. Luego de mi breve paso por el taller de Castillo había caído en un letargo profundo, y si bien sabía que quería escribir podría haberlo postergado indefinidamente. De no haber participado en los talleres de Liliana Heker y de ella no haberme dicho, en el momento preciso, lo que me dijo (ver La anécdota, más abajo), tal vez jamás habría vuelto a intentar la escritura con seriedad. Pero bueno, hay un refrán judío que dice que si la abuela tuviera huevos sería el abuelo. Lo que pasó, pasó; y acá estamos cada uno de nosotros: en el único lugar posible.
         Pero cuando alguien hizo tanto por vos, en un mundo donde la gente hace bastante poco o bastante nada por los demás, el corazón, si está sano, tira. Entonces, ¿cómo hablar de Liliana Heker en este espacio? Bueno, creo que como pueda y con absoluta sinceridad. Porque tengo el privilegio de conocerla y de haber participado por un largo tiempo en sus talleres es que quiero compartirlo, de la misma manera en que lo hice en la entrada anterior.

II- La buena nueva
Se acaban de reeditar sus dos novelas: Zona de Clivaje y El fin de la historia en Alfaguara y Cuentos  en Punto de lectura (Alfaguara bolsillo), por eso es que quiero decirles a los queridos lectores de este blog (que misteriosamente se han multiplicado como chinos) que ésta es una oportunidad enorme de comprar los libros de la Heker y leerlos. O sencillamente de leerlos (entiéndase: robarlos, pedirlos prestados y nunca más devolverlos, combinar con un amigo “yo compro éste, vos aquél y cambiamos”, o decirse: “ya que tengo uno ellos juntando polvo en la biblioteca y nunca se me ocurrió abrirlo, ahora que lo leí en este blog, que es casi como haberlo visto en televisión, lo leo, ¿no?”). Queridos míos: vuelve la oportunidad de disfrutar de punta a punta de una obra descomunal, meterse en las entrañas de los personajes que habitan en sus páginas y que nos van a llevar de la mano a ver las cosas que vemos todos los días como nunca antes las habíamos visto. Hombres talentosos y locos, temerosos y fracasados, tristes y solos. Mujeres intelectuales y duras, o frágiles como el cristal, amas de casa obsesivas y ciegas; mujeres enteras, valientes, que incitan al hombre que tienen al lado a abandonarlas para que puedan cumplir su tan deseado (parloteado) destino, mujeres al límite de la dignidad mientras buscan una llave frente a la puerta de su departamento, o al límite del amor, o al limite de la locura o sencillamente al límite... de la vida. Niñas (es brillante cada vez que la Heker cuenta una historia desde el punto de vista de una niña), que van desde un prodigio de imaginación y ternura (como la Phoebe de Salinger) a la inocente y terriblemente signada hija de la sirvienta de una familia de ricos.
          El ambiente es casi siempre cotidiano y calmo. Un ambiente de supuesta “normalidad” que enseguida pasará a oler raro, y comenzará a desenmascarar la realidad, muchas veces sucia y venenosa, que se esconde detrás de las apariencias. La literatura de Liliana Heker tiene es eso: una mirada sobre algo que uno ve todos los días pero que esa vez (la vez en que se nos cuenta la historia) nos inquieta, no sabemos bien por qué, y entonces lo seguimos mirando, inertes, hasta que un volcán de verdades estalla ante nuestra conciencia estupefacta. Esa posibilidad de adrenalina es lo que muchas veces podemos encontrar en sus historias. Otras veces lo contrario, una ilusión (un cometa, por ejemplo) que parece que sí..., que esta vez..., que allá a lo lejos asoma..., y comienza a diluirse causando una melancolía profunda y bella. Tal vez ese cuento, La noche del cometa, sea una de las metáforas mejor pintadas sobre la aventura humana que alguien pueda encontrar en un libro. Los personajes esperan el paso de un cometa sobre el cielo nocturno y nosotros (lectores) pensamos cuán delgada es la cuerda que nos ata a la vida, cuán débil es nuestra ilusión, qué rápido nos alcanzará la muerte y el olvido. Ese cuento es una obra maestra.
          Otra joya, muy preciada para mí, es la nouvelle incluida en los Cuentos: Don Juan de la Casa Blanca. No es muy común este género en la literatura en español. Don Juan de la Casa Blanca junto con El pozo y Los adioses de Juan Carlos Onetti son muestras magistrales de las posibilidades estéticas del mismo. Sólo haber escrito Don Juan de la Casa Blanca justificaría la vida de un escritor. Pero tranquilos, que hay Heker para rato.

III- Para los que escriben
Amén de disfrutar, lean estos libros tratando de aprender algo sobre el oficio. La literatura de Heker combina dos cosas muy difíciles de combinar: una trama organizada con extrema precisión y un dominio del lenguaje sólo comparable al de los mejores escritores del mundo. Todo se dispone entonces para que el lector quede atrapado en la historia y se regocije a la vez con frases y párrafos perfectos. Frases generalmente largas, de una complejidad difícil de imitar, una escritura envolvente, que asciende en espiral hacia el lugar exacto al que nos quiere llevar, permitiéndonos observar lo que ha pasado desde perspectivas diferentes. Logra que siempre sospechemos lo que vendrá, lo que encontraremos allá arriba cuando lleguemos, si es que hemos de llegar. Esa manera de entender la escritura es muy poco común, sencillamente porque pocos entienden la escritura de esa manera y muy pocos podrían abordarla con tanta maestría. El resultado generalmente es, más en las novelas que en los cuentos, un ritmo de alientos largos, que avanza sumergiéndose y sumergiendo al lector bajo el conflicto, saliendo a tomar aire justo a tiempo, cada vez: el tiempo estrictamente necesario para uno respire y vuelva a sumergirse por voluntad propia.
          Verifiquen que jamás en su narrativa se traiciona ese pacto sagrado Escritor-Lector. Y se cumple perfectamente lo que dijo Jean-Paul Sartre: “La literatura es el ejercicio de una libertad sobre otra libertad” Donde la mayoría de los escritores se toman “Libertades” (no es lo mismo gato montés...) olvidándose del lector, Liliana Heker hace literatura, ejercita su libertad y deja el espacio necesario para que nosotros (lectores), ejercitemos la nuestra.
          Lean avivados. Lean y re-lean los mejores párrafos (los que ustedes consideren mejores) y analicen cómo lo hace. También analicen su finísimo sentido del humor, su ironía, en fin, su poética. Tal vez se les encienda una luz. Y si algo les gusta mucho: cópienlo. Si lo hacen con honestidad, no hay peligro de que se conviertan en una fotocopia, seguramente saldrá algo independiente y nuevo, hay muchos ejemplos notables en la historia de la literatura. Yo la leí con mucha atención, y la imito en lugares que nadie podría reconocer, porque son lugares secretos del alma.

IV- La anécdota
Durante los cuatro años que participé en su taller, Liliana dio a mares su energía creativa en cada martes de lectura. La dio sin medir. Tanto, que el precio que pagó por ese amor fue postergar su propia escritura. Aquellos que se debaten en cuestiones tan inútiles como si los talleres sirven o no de algo, no entienden (o al menos nunca enfocan hacia ahí su “debatirse”) que en un taller como el de Liliana Heker el resultado era positivo desde el vamos, siempre, o casi siempre. Porque la metodología obligaba a pensar en literatura, y lo que es mejor aún, obligaba a pensar a secas.
          Durante el tiempo en que escribí algunos de los cuentos de Cuando lo peor haya pasado, estuve internado en una fundación para adictos en San Isidro, y logré, no sé cómo, que me dejaran salir cada martes para ir a su taller en San Telmo. La condición que me impusieron fue ir acompañado de otro de los internados: el Gitano, no el de La ley de la ferocidad (ése no existe), pero más o menos. Ernesto, el marido de Liliana, le cedía su estudio para que el pibe me esperara ahí. Yo estaba nervioso, pensaba que mientras todos leíamos nuestros cuentos el Gitano se llenaba los bolsillos con las pertenencias de Ernesto, no porque fuera un mal tipo, sino porque tenía un historial largo de ladrón, recuperado sí, pero uno nunca sabe. Y alguna que otra vez falté por miedo o por vergüenza de hacer tanta historia para participar en el taller. Liliana me había dicho una o dos veces que confiaba en mí, que yo tenía talento. Hasta lo había dicho en una revista: era la primera vez que alguien me nombraba en una revista. A mí me estaba haciendo bien ir esos martes, me estaba ayudando a encontrar mucho más rápidamente mis limitaciones narrativas, no sólo con el lenguaje, si no con lo que yo esperaba de la escritura. Entre los compañeros que más recuerdo estaban: la maravillosa Inés Garland, Ezequiel Sirlin (el mismo que mandara mis cuentos al Casa de las Américas), Diego Golombek, Alejandro Torun (Cuate guatemalteco), Romina Doval, Daniel Álvarez, Alejandra Laurencich, Samantha Schweblin, Carlos Carusi, Anibal Morixe, Azucena Galettini y Gerardo Quiros. Algunos hoy conocidos, otros no, pero todos muy buenos escritores y unos críticos implacables.
          En uno de esos martes leí Todo puede suceder, que para todos mis compañeros sigue siendo El cuento del zapato. Alargado, envilecido de pretensiones, pero ya transpirando la misma verdad que había encontrado en el taller de Castillo (ver entrada anterior). La ronda de críticas fue terrible, me dieron duro y parejo, argumentando con acierto, metiendo los dedos en la llaga una y otra vez. Por último llegó la crítica de Liliana. Yo temblaba doble, por la crítica de ella que se venía en esa habitación, y por el Gitano en la otra. Pero empezó suave (una de las pocas veces) y me dijo que ahí, ahora sí, había un cuento brillante, pero que tenía que decidirme a ir en busca de él. Luego se detuvo a analizar cada detalle del cuento desde una perspectiva que en un principio me pareció casi la misma que la de mis compañeros, sutilmente distinta, en realidad. Yo no anoté nada, nunca anotaba nada, tan sólo la escuché y días más tarde, en la tranquilidad del domingo cuando en el internado me dejaban meterme en un altillo con la máquina de escribir, descubrí que había dado el salto, el más grande de todos: por fin la entendía, por fin sabía exactamente a lo que Liliana se refería cuando hablaba del cuento. Claro, me había dicho un cosita que yo había pasdo por alto: "Tu personaje hace muchas cosas antes de encontrar el zapato" Parece una tontería, pero no hay nada más difícil que encontrar la punta del ovillo, y una vez que la encontramos... Hoy mismo creo que hasta dónde lo sabe casi cualquiera, desde dónde es otro cantar.
          Tanto es así que ese cuento se dividió en tres (hoy lo pueden ver en mi libro como Todo puede suceder, Tal vez algún día, Un relato constante). En los martes sucesivos me sentí como más grande, más seguro, y le tomé confianza al asunto. Aprendí a escuchar, mejoré el oído literario. Hasta que entendí lo que es un cuento, cómo debe buscarse, qué es lo que hay que tener en mente y cómo alinear lo que uno tiene en mente con el cuerpo y el alma del personaje principal. Descubrí también que la mirada de la maestra que teníamos se distanciaba un abismo de la mirada, más común y corriente, que podíamos tener mis compañeros y yo. Es muy posible que en La arquitectura de la mentira, publique esas viejas versiones de mi cuento y rescate de mi memoria, lo mejor que pueda, mucho de lo que me dijo Liliana.
          Pero esto sigue: cuando todos nos íbamos me pidió que me quedase cinco minutos a solas, bueno, con el Gitano esperando, podrido pobre, en el estudio de Ernesto (y sin afanarse nada, santo mío) y fue que me lo dijo: “No voy a repetirte más, ni una vez más, que tenés talento. Pero lo que quiero decirte es que el talento no alcanza, que tenés que darte cuenta de que la literatura es fundamental para vos, y de que tal vez exista una posibilidad, siempre mínima, de que vos seas fundamental para la literatura.” Supongo que el empujón habrá tenido la intención de que yo dejara de faltar, y entendí sus palabras como un: “Tratá de venir cada martes, tratá de hacer de éste tu espacio sagrado”.

V- En concreto
Si alguien me desafiara a condensar en pocas palabras cuál fue mi aprendizaje en el taller de Liliana Heker, yo diría lo siguiente: aprendí a entender lo que busco en un texto literario y a ir por ello sin más, y aprendí que buscar eso, que pocas veces se me revela y que tanto esfuerzo y frustración puede causarme, es lo que vine a hacer en la vida.
          Alberto Ginastera recomendaba que, en un principio, es bueno elegir un maestro y tenerlo allá arriba como algo inalcanzable. Yo elegí a Liliana Heker porque admiro profundamente su literatura y porque admiro profundamente su honestidad intelectual. Porque entre los ruidos de un edificio social que se desmorona, que se sigue desmoronando, querido Roberto, por suerte hay escritores que aún tienen la contundencia y la calidad de un cross a la mandíbula.