2 ago. 2010

La verdad antes de la literatura

Hay un texto que escribí que fue fundamental para entender que debía escribir sobre mi padre. Casi nada de él existe hoy en La ley de la ferocidad, pero sin embargo, la novela entera podría caber en este texto. Lo transcribo aquí para que no se pierda entre los originales de máquina de escribir que nunca fueron pasados a computadora.
“Mi padre había terminado de arreglar esta casa en donde vivo tan solo un mes antes de su muerte. Yo la había comprado casi destruida y él, ayudado por un grupo mínimo de personas se había embarcado en la empresa de restaurarla. Obsesivamente, como nunca antes lo había visto trabajar, agotó lo que yo creo fueron sus últimas energías en volver esta propiedad antigua y no muy noble, a lo que él supuso debió haber sido su esplendor original. Tardó un año y superó todas las expectativas posibles. Mi padre era así, no arreglaba las cosas, las renacía. Pero lo que quiero contar está lejos (aunque también se relacione con eso) de ser una enumeración objetiva de lo que fueron las habilidades manuales de mi padre. Lo que quiero contar es una historia que recién hoy, a casi cinco años de su muerte, me aproximo a entender. La historia de un hombre (mi padre) que formó una familia y que nunca pudo habitar en ella. La historia de un padre (mi padre) que nunca pudo comunicarse con sus hijos. Una historia de ausencia, pero también de cómo intentó reparar esa ausencia de diferentes maneras, al final de su vida; y en mi caso (soy el mayor de cuatro hermanos) de cómo eligió hacerlo en esta casa: mi casa, en cada pedazo de madera y de cemento, en cada puerta, piso, instalación; en cada mueble que revivió con sus manos.
Muy mal de salud, con poca vista, casi una sombra del hombre que había sido, llegó al final. Hasta casi el final porque tuve que decirle basta. Es que si no, no me habría mudado nunca. Tal era el grado de perfección con el que quería hacer las cosas. Él, que siempre había dejado todo lo nuestro por la mitad.
Ahora sé que no me di cuenta de lo que hacía cuando le dije que ya no quería a nadie en la casa; que, después de más de un año de obras, quería mudarme. Él nunca hablaba de nada, mucho menos de lo que sentía o de lo que pretendía de mí. Todo había que adivinarlo, y no era fácil sacar algo de su mirada. Los ojos de mi padre eran ojos ausentes, y si reflejaban algo ese reflejo tenía que ver con el pasado en el cual, con toda seguridad, se habían perdido hacía tiempo. Tal vez, desde la muerte de su hermano Juan.
Me mudé y él siguió viniendo por más de tres meses, todos los días, a hacer alguna cosita que le había quedado colgada. Le dije que dejara de venir a trabajar, que viniera solamente a visitarme, se lo dije con severidad, porque si le hubiera dado opción todavía estaría trabajando acá. La puta madre. A eso me refiero cuando digo que no entendí. Nunca llegó a visitarme. Yo le dije basta de trabajar en la casa y fue como si le hubiese dicho basta a su vida. Él sabía que estaba haciendo algo más que reparar una casa, sanaba la relación con uno de sus hijos perdidos; o la fundaba de una vez y para siempre. Esta era la verdadera empresa en la cual se había embarcado mi padre. Una empresa en la que arriesgó todo, y en la cual dejó hasta el último aliento de vida.”
En todas estas palabras hay mucho menos de literatura que de verdad. Yo sentía que mi padre había reparado esa relación tan difícil que tuvo conmigo, y me di cuenta, cinco años después de su muerte, de que lo había hecho a través de una metáfora clara: la casa. Y al darme cuenta de eso toda mi rigidez, todos mis andamios de super hombre, se derrumbaron: hacía años que fingía no darme cuenta de que yo no había reparado mi relación con él, y en definitiva no terminaba de registrar su acercamiento. Y fue por eso que puse la primera hoja en blanco con la intención de aclararlo todo. Esa hoja que transcribí arriba. El dolor que siempre sentí por haberme endurecido tanto necesitaba ser ablandado, para salir, para llorar, tal cual dice Gabriel Reyes, el personaje de la novela. Y como para ablandar hay que revolver, raspar el fondo de la herida aunque duela, hice eso, día a día, noche a noche, dejando salir un caos de palabras que no eran capítulos de nada, que eran trozos de dolor, trozos de alegrías pasadas, trozos de desesperación que más tarde traté de organizar en una estructura de ficción que no escondiera su condición de tal, que mostrara los alambres porque la sinceridad era mi bisturí y yo no quería abandonar la sinceridad. Quería seguir cortando. Guiado por esa brújula, sintiendo a veces que escribía una obra notable, que daba en la tecla, y otras que todo era basura, que jamás iba a lograr que semejante caos se uniera y resultara en libro, avancé hasta que agoté todo lo que tenía que decir. Un año escribiendo sin parar. En cinco máquinas distintas, casi quinientas páginas en cajones y cajas de zapatos. Luego como hizo Mendeléiev con la tabla de los elementos, dejé lugares vacíos donde sentía que faltaba algo, corté y saqué, rellené pero sin forzar y preferí la página con intenciones de eternidad a la perfección de la página (un párrafo, al ser pulido, puede ganar belleza y estilo, pero siempre a costa de perder fuerza. En casi todos los casos esto es conveniente, en el caso de La ley…, muchas veces no. A mi criterio, por supuesto.). Casi un año más hasta que llegué al libro, a este retrato borroso de mí y de mi padre, guiado por esa simple pregunta ¿qué fingís no saber, Pablo? Pero fue trasladándole la pregunta al personaje que lo supe todo. Porque el personaje solito encontró la última pieza, la anécdota final, la de la bicicleta, que fue en verdad escrita antes que nada, que había sido escrita incluso antes que El origen de la tristeza.

Algo así me paso, los saludo. Ramos.

20 comentarios:

Fabián Martinez dijo...

Pablo el post es una perfecta síntesis del libro. Pero la experiencia de transitar el libro no resiste ninguna síntesis. ¨La ley de la ferocidad¨ me develó que todavía existen escritores valientes, con huevos. El libro es sencillamente conmovedor.
Desde San Martín, Mendoza, con una copa de malbec: Salud¡
Fabián

Luna dijo...

Yo soy la La hijaputa que le busca la 5 pata al gato, soy yo.

Ahora entendí de que se trata tu Arquitectura…
Jamás me defraudas, Ramos!
Se trata de vos, únicamente de vos, como tiene que ser…

Estas haciendo una maqueta del pasado con los ladrillos de tus palabras, estas reconstruyendo así, a tu manera, con tu tesoro más precioso, esa misma casa (su más precioso tesoro) que un día tu padre hizo para vos.

Le estás haciendo tu casita, no para mostrarle: mirá yo también puedo!
Le estás haciendo tu casita con las paredes ferozmente rasqueteadas de los silencios, para pintarla con todas las palabras no dichas, para habitarla juntos

Le estás haciendo tu casita bajo su mirada, pero una nueva mirada, una mirada que tarde supiste descubrir en los ojos de tu padre…

Estas haciendo tu casita para él, a tu manera, y él lo sabe… LO SABE
Y en silencio, una vez más te observa, con esa mirada vieja que es nueva para vos. Y quien te dice, tal vez sufre al no poder decirte que ya sueltes los pesados escombros, que ya está, ya está… nunca pretendió una casa perfecta de vos…lo que quería de vos ya está… que comprendieras su mirada, sin palabras….

Muchas gracias Pablo!

Anónimo dijo...

Todo se resume.
¿Que fingis no saber?

duele, duele y pesa como un sombrero de cemento.

M. Schirripa.
Un amigo de un amigo.
Saludos

maria dijo...

A veces las cosas se van hilvanando y no vemos su hilvan hasta mucho tiempo despuès.
Tu libro es conmovedor, este texto es conmovedor; recorrerlos es un placer tanto si uno es un lector ingenuo , o si se detiene a desentramar un arte perfectamente realizado.
un abrazo maestro
maria

Rochitas dijo...

QUE ESPECTACULAR TU ESCRITO...

Santi dijo...

"Tenés razón, Bruno -le digo yo. El drama es que no estuvo.
En 1810".

Con ese punto y aparte Pablo Ramos alcanzó, para mí, la cima de la literatura argentina contemporánea.

jll dijo...

tuve un padre ausente pero que ademas no intento reparar de ninguna forma, esto que leo me hace (ademas de soltar lagrimas) pensar en lo sabio que es tu análisis, (análisis por decirlo de algún modo, relación, vinculo).
solo gracias por esto.

Esasoyyo dijo...

Hace casí dos años murió mi papá. Yo también me puse a escribir en Mayo sobre él pero había algo que no me dejaba satisfecha. Esta frase: ¿Qué fingis no saber? me da la respuesta a lo que estaba buscando. a veces más vale la verdad a la mentira...aunque duela.

Saludos

Anónimo dijo...

Hola Pablo, una vez tu lectura toca un punto que esta escondido en todos, una vez pones palabras a un sentimiento que recorre a todo hombre y que no todos tenemos la posibilidad de describir.
¿cuanto marca, la presencia, la ausencia, el rechazo, el cariño de un padre? ¿Porque nos invaden de tantos sentimientos? ¿porque tengo que terminar hablando del rechazo que el sintio hacia mi? eran las preguntas que hace un año le hacia mi psicologo.
Todavia no pude contestarlas, pero el tiempo, te permite otra vision, hoy entiendo que los padres, nos dejan marcas inborrables, pero no hay una escuela de padres, sino hombres, hombres que se abren al amor de sus hijos, u hombres que transitan la vida sin poder apropiarse de sus creaciones...
a mi me toco ser hija de un tal hombre...

Anónimo dijo...

Conocí las calles del origen de la tristeza, habité en alguna de ellas, la espesura de aquel dolor saturaba al viento.
Gracias Pablo por escribir y emocionar mucho.
Abrazo!
Marina

Julieta dijo...

Pablo te mando un gran abrazo y gracias por compartir palabras.

¡Saludos!

Liza Porcelli dijo...

Hola Pablo, recién vengo de escucharte y verte en la Casa de la Cultura. Ahí me enteré de este blog que nombraste muy al paso. Soy la mujer que te preguntó al final cómo habías armado tu trabajo con Gabo.
Me gustó mucho tu charla, tu honestidad, lo disfruté inmensamente.
Creo que Gabo te acercó un libro mío "Peligro de extinción y otros cuentos incómodos", me dijo que lo leíste. Me mintió?
Muchas gracias por el buen momento de hoy en la Ficción y sus hacedores.
CariÑos
Liza Porcelli

Anónimo dijo...

Que Bueno, Pablo que estas de vuelta en Buenos Aires y que estas cerca. Mi viejo quiere ir a conocer los Tres Ases. El nacio cerca Entrevias, al lado de Docke. Le dije que ibamos a ir al cancha del Arse y tomar vino costero. No creo que vaya.

Gracias por el texto. Dan ganas de llorar porque es verdad. Cuando un escritor triunfa con un lector, y uno puede decir ser eso que no se puede decir y no te deja en paz. Lo que menos importa es la literatura. Y eso me lo enseñaste vos. Gracias.


Santi Asorey

andrea dijo...

Te descubrí en una nota de la revista Ñ del 19/8, tal vez por ser madre o por compartir generación, me llegaste al corazón. Compre los tres libros, pero todavía no me llegó "El origen de la tristeza, quería empezar desde este pero no pude estoy en "La ley de la ferocidad". Te parecera extraño pero me divierto mucho con ese humor que comparto totalmente. Cuando termine los tres veremos...

No pude leer todavía el blog pero supe por otras notas que tenes "talleres literarios" donde puedo obtener información sobre ellos. Te saludo afectuosamente.

Kros dijo...

Hola Pablo:

Saludos dese Quito Ecuador........Acabo de descubrir el origen de la tristeza......lo estoy leyendo simplemente GENIAL, creeme que en un país que siempre fue papelado con la literatura esto es algo que me pone contento sobre todo cuando nadie hace referencias de autores contemporaneos. Muchas gracias por tu libro.

Jorge

PD logre conseguir la ley de la ferocidad tambien pero ese esta pendiente en mi velador

Isabela dijo...

Te amo

indira dijo...

Pablo, estoy leyendo tu última novela. Me gusta que le hayas dado lugar a una mirada femenina y que se vaya completando la historia de la - hasta ahora- trilogía, desde esta voz. Me conmueve leerte. Gracias.

Anónimo dijo...

IMPRESIONANTE ¡¡¡¡¡¡
GABRIEL

a. dijo...

Pablo, estoy conmovida, quizá sigo conmovida, desde la clase de ayer. Gracias por confirmarme que sólo se puede escribir desde las entrañas y porque hay cosas que sino resultan insoportables.
a.

Luna dijo...

Ayer sábado asistí a la Feria del Libro de Montevideo. Primero, antes que nada, fui porque era la presentación del nuevo libro de mi maestro de taller.
Me alegró mucho verlo tan tan emocionado, a tal punto, que confesó que sentía que ESTE era de verdad el primer libro que escribía en su vida. Después de leer allí mismo en la feria parte de él comencé a entender porqué lo decía, realmente su “Nunca acaricies un perro en llamas” (editorial Norma) me pareció su obra mejor lograda y bellísima (no es que las anteriores no lo fueran, pero esta emociona emociona)

Pero también había un segundo motivo, hojear otros libros y bueno…sucumbir si es que no me resistía a la tentación: 2 argentinos, 2 uruguayos y para desempatar 1 americano. De regreso, sentada en el ómnibus, los desempaqué deseosa de asegurarme una vez más que había comprado los correctos y empecé a leer. El primero allí mismo: “Cuando lo peor haya pasado” (perdón Pablo pero voy al revés con tus obras, 1) La Ley de la Ferocidad, 2) El origen de la tristeza, y el último, este). El viaje me alcanzó para leer 8 de sus 11 cuentos.

Hoy domingo (hamaca paraguaya, arbolitos, solcito), emprendí la lectura de los 3 cuentos restantes y, cuando finalicé el libro con la lectura de esta frase:

“-Estás dispuesto a cabalgar de nuevo Mississippi –decía John Wayne.
Por las colinas de la luna y hasta los valles oscuros de la noche –aseguró Mississippi.”,

yo pensé: “no hay de qué preocuparse, uno puede estar en el peor de los temporales que siempre hallará un refugio cálido y familiar en las obras de este autor”.

También pensé: pocos autores colocan siempre a su protagonista-narrador por debajo de sus protagonistas secundarios. Se parece mucho, no a la victimización propia, sino más bien a la generosidad hacia los demás.

Luego, enseguida, emprendí el segundo de los 5 (el americano): “La geometría del amor” recopilación de cuentos de Cheever (realizadas por Fresán). Y tan solo a 6 páginas de la última del libro anterior me topé con esta frase:

“… después oscurece; en una noche así, los reyes de áureas vestiduras atraviesan las montañas cabalgando sus elefantes”.

Fresán escribió seguido a este final (el que había escogido entre todos los de esta obra): “Y nosotros cabalgamos con ellos. Y somos personas un poco mejores –o un poco más afortunadas- de lo que éramos hasta entonces”.

Luego pensé: pocos prologuistas terminan su prólogo con palabras que no sean las de ellos mismos. Sin dudas es un rasgo de generosidad.

Aún no terminé de leer todos los cuentos de este libro Geometrías… de Cheever, pero al cerrar el libro por el día de hoy finalmente pensé: “vaya, qué maravillosas simetrías nos regala la literatura”.

Exitos Pablo!!! ahora en la presentación y difusión de tu último libro.


P.D: Y pal el otro, el Gabo, también hay: un CAPO!