1/8/2014

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HOY TANGOS Y LECTURAS en el POLLOCK

no se lo pierdan!!!!!!!


24/6/2014

El Maestro - San Agustín

El lenguaje, reflexionado en el siglo III por el más grande genio retórico que tuvo la humanidad




1. Agustín: —¿Qué te parece que pretendemos cuando hablamos?
Adeodato: —Por lo que ahora se me alcanza, o enseñar o aprender.
Ag.: — Así lo veo yo: una de estas dos cosas, y estoy de acuerdo; pues es evidente que pretendemos enseñar cuando hablamos; mas ¿cómo aprender?
Ad.: —¿Cómo piensas tú?; ¿no será preguntando?
Ag.: —Entiendo que aun entonces no queremos otra cosa que enseñar. Porque, dime: ¿interrogas por otra causa que por enseñar qué es lo que quieres a aquel a quien te diriges?
Ad.: —Es verdad.
Ag.: —Ya ves que con la locución no pretendemos otra cosa que enseñar.
Ad.: —No lo veo claramente; porque si hablar no es otra cosa que emitir palabras, también lo hacemos cuando cantamos. Y como lo hacemos solos muchas veces, sin que haya nadie que aprenda, no creo que pretendamos entonces enseñar algo.
Ag.: —Yo pienso que hay cierto modo de enseñar mediante el recuerdo, modo ciertamente importante, como lo mostrará esta nuestra conversación. Pero no te contradiré si piensas que no aprendemos cuando recordamos, ni que enseña el que recuerda. Quede firme, ya desde ahora, que nuestra palabra tiene dos fines: o enseñar o despertar el recuerdo en nosotros mismos o en los demás; lo cual hacemos también cuando cantamos; ¿no te parece así?
Ad.: — De ninguna manera; pues es muy raro que yo cante por recordar, y no más bien por deleitarme.
Ag.: —Veo lo que piensas. Mas no te das cuenta de que lo que te deleita en el canto no es sino cierta modulación del sonido; y porque esta modulación puede juntarse con las palabras o separarse de ellas, por eso el hablar y el cantar son dos cosas distintas. Porque también se canta con las flautas y la cítara, y cantan también las aves, y aun nosotros a veces, sin palabras, emitimos ciertos sonidos musicales que merece el nombre de canto, mas no el de locución; ¿tienes algo que oponer a esto?
Ad.: —Absolutamente nada.
2. Ag.: —¿Te parece, pues, que el lenguaje no tiene otro fin que el de enseñar o recordar?
Ad.: —Lo creería, de no moverme a lo contrario el pensar que, al orar, hablamos, y que, no obstante, no se puede creer que enseñemos o recordemos algo a Dios.
Ag.: —A mi parecer, ignoras que se nos ha mandado orar con los recintos cerrados1, con cuyo nombre se significa lo interior del corazón, porque Dios no busca que se le recuerde o enseñe con nuestra locución que nos conceda lo que nosotros deseamos. En efecto, el que habla muestra exteriormente el signo de su voluntad por la articulación del sonido; y a Dios se le ha de buscar y suplicar en lo íntimo del alma racional, que es lo que se llama «hombre interior», pues ha querido que éste fuese su templo. ¿No has leído en el Apóstol: «Ignoráis que sois templo de Dios, y que el espíritu de Dios habita en vosotros»2, y «que Cristo habita en el hombre interior»?3
¿Y no has advertido en el Profeta: «Hablad en vuestro interior, y en vuestros lechos compungíos. Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor»?4 ¿Dónde crees que se ofrece el sacrificio de justicia, sino en el templo de la mente y en lo interior del corazón? Y en el lugar del sacrificio, allí se ha de orar. Por lo cual no se necesita lenguaje, esto es, palabras sonantes, cuando oramos; a no ser tal vez, como hacen los sacerdotes, para manifestar sus pensamientos, no para que las oiga Dios, sino los hombres, y que asintiendo, en cierto modo se elevan hacia Dios por el recuerdo. ¿Piensas tú de otra manera?
Ad.: —Asiento completamente a ello.
Ag.: —¿Acaso no te preocupa el que el soberano Maestro, enseñando a orar a sus discípulos, se sirvió de ciertas palabras, con lo cual no parece hizo otra cosa que enseñarnos cómo se debía hablar en la oración?5
Ad.: — No me preocupa nada eso ya que no les enseñó las palabras, sino su significado, con el que quedaron persuadidos ellos mismos a quién y qué habían de pedir cuando orasen— como dicho queda— en lo más secreto del alma.
Ag.: —Lo has entendido perfectamente; creo también que has advertido al mismo tiempo, aunque alguno defienda lo contrario, que nosotros, por el hecho de meditar las palabras, bien que no emitamos sonido alguno, hablamos en nuestro interior, y que por medio de la locución lo que hacemos es recordar, cuando la memoria, en la que las palabras están grabadas, trae, dándoles vueltas, al espíritu las cosas mismas de las cuales son signos las palabras.
Ad.: —Lo entiendo y acepto.
CAPITULO II
El hombre, mediante palabras, expresa su significado
3. Ag.: —Estamos, pues, ambos conformes en que las palabras son signos.
Ad.: —Lo estamos.
Ag.: Y bien: ¿puede el signo ser signo sin representar algo?
Ad.: —No lo puede.
Ag.: —¿Cuántas palabras hay en este verso: Si nihil ex tanta superis placet urbe relinqui (Si es del agrado de los dioses no dejar nada de tan gran ciudad)?
Ad.: —Ocho.
Ag.: —Luego son ocho signos.
Ad.: —Así es.
Ag.: —Creo que comprendas este verso.
Ad.: —Me parece que sí.
Ag.: —Dime qué significa cada palabra.
Ad.: —Sé lo que significa si (si), mas no hallo otra palabra con que se pueda expresar su significado.
Ag.: —Al menos, ¿sabes dónde reside lo que esta palabra significa?
Ad.: —Paréceme que si indica duda; mas si es duda, ¿en dónde se hallará si no es en el alma?
Ag.: —Conformes por ahora; mas sigue con lo restante.
Ad.: Nihil (nada), ¿qué otra cosa significa, sino lo que no existe?
Ag.: —Tal vez dices verdad; pero me impide asentir a ello lo que anteriormente has afirmado: que no hay signo sin cosa significada; ahora bien, lo que no existe, de ningún modo puede ser cosa alguna. Por tanto, la segunda palabra de este verso no es un signo, pues nada significa; y falsamente hemos asentado que toda palabra es signo o significa algo.
Ad.: —Me estrechas demasiado; pero advierte que, cuando no tenemos que expresar algo, es una tontería completa proferir cualquier palabra; y yo creo que tú, al hablar ahora conmigo, no dices ninguna palabra en vano, sino que todas las que salen de tu boca me las ofreces como un signo, a fin de que entienda algo. Por lo cual tú no debieras proferir hablando estas dos sílabas, si con ellas no significabas nada. Mas si, por el contrario, crees ser necesaria su enunciación, y que con ellas aprendemos o recordamos algo cuando suenan en nuestros oídos, ciertamente verás también lo que quiero decir, y que no sé cómo explicar.
Ag.: —¿Qué haremos, pues? Diremos que con esta palabra, más bien que una realidad, que no existe, se significa un cierto estado de ánimo producido cuando no ve la realidad, y, sin embargo, descubre, o le parece descubrir, su no existencia.
Ad.: —Quizá es esto lo que yo trataba de explicar.
Ag.: —Sea ello lo que sea, dejémoslo, no sea que demos en algún absurdo peor.
Ad.: —¿En cuál?
Ag.: —En que nos detengamos, sin que nada nos detenga.
Ad.: —Ciertamente es una cosa ridícula, y, sin embargo, no sé cómo veo que puede suceder; mejor dicho, veo claramente que ha sucedido.
4. Ag.: —En su momento comprenderemos más perfectamente, si Dios lo permitiere, este género de contradicción. Ahora vuelve a aquel verso e intenta, según tus fuerzas, mostrar el significado de las demás palabras.
Ad.: —La tercera es la preposición ex (de), en cuyo lugar podemos poner, a mi entender, de (desde).
Ag.: —No intento que digas por una palabra conocidísima otra igualmente conocidísima, que signifique lo mismo, si es que significa lo mismo; mientras tanto, concedamos que es así. Si este poeta, en vez de ex tanta urbe (de tamaña ciudad), hubiera dicho de tanta, y yo te preguntase el significado de de, sin duda alguna dirías que ex, como quiera que estas dos palabras, esto es, signos, significan una misma cosa, según tú crees; pero yo busco si es una identidad lo que estos dos signos significan.
Ad.: —Yo creo que denotan como sacar de una cosa en que había habido algo que se dice formaba parte de ella, ora no exista esa cosa, como en este verso sucede, que, no existiendo la ciudad, podían vivir algunos troyanos procedentes de la misma, ora exista, del mismo modo que nosotros decimos haber en África mercaderes procedentes de Roma.
Ag.: —Para concederte que esto es así y no enumerarte las muchas excepciones que, tal vez, se oponen a tu regla, fácil te es advertir que has explicado unas palabras con otras palabras, a saber,unos signos con otros signos y unas cosas comunísimas con otras comunísimas; mas yo quisiera que, si puedes, me muestres las cosas que estos signos representan.